La bufonesca gloria de Boris Johnson | Europa | DW | 23.07.2019
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Opinión

La bufonesca gloria de Boris Johnson

Boris Johnson es el nuevo primer ministro de Reino Unido, tras haber sido elegido presidente de los conservadores. Robert Mudge se pregunta cómo fue que las cosas salieron tan horrendamente mal.

En 1999, Boris Johnson le dijo a su jefe, Conrad Black, el dueño del diario Daily Telegraph y de la revista The Spectator, que se olvidaría de su carrera política para asumir el cargo de editor de este último semanario político. De hecho, se lo prometió. Pero no cumplió.

Rompiendo su palabra, Johnson se presentó como candidato a diputado por Henley (Oxford) en la lista del Partido Conservador, y ganó la elección en 2001. 

Así comenzó la carrera política de Johnson, cuyo último lo ha llevado al umbral del número 10 de la Downing Street.

Mentira tras mentira

La lista de mentiras y calamidades, que son tan naturales en Johnson, es bastante larga. Solo para que no lo olvidemos: este es el hombre que se vio forzado a disculparse por un editorial publicado en The Spectator mientras él estaba a cargo, editorial que responsabilizó erróneamente a fanáticos borrachos del Liverpool por la tragedia de Hillsborough en 1989, en la cual 96 hinchas fueron aplastados hasta la muerte.

En 2003, el líder de los conservadores, Michael Howard, por razones que seguramente solo él conocía, dio a Johnson dos puestos en el gabinete en las sombras: vicepresidente partidario y ministro de Artes. Un año después, Johnson fue sacado de sus puestos, tras conocerse que unas denuncias que le atribuían un romance con una columnista del The Spectator, que Johnson había desmentido tajantemente, eran ciertas.

Robert Mudge.

Robert Mudge.

Este es el hombre que describe a las mujeres que visten burkas como parecidas a "buzones" o "ladrones de bancos". O el que dice al electorado que votar por los conservadores hará "que su esposa tenga los pechos más grandes e incrementará sus posibilidades de comprar un BMW M3". Comentarios de este tipo tienen a sus seguidores muertos de risa y refuerzan su creencia de que Johnson es la antítesis de sus aburridos colegas y rivales de Westminister.

Quiere a la UE, pero no la quiere

En 2001, este señor dijo que Reino Unido debería permanecer dentro de la Unión Europea (UE), porque "ha traído beneficios palpables a Gran Bretaña en libre comercio y en libertad de movimiento para los británicos, que también se han podido establecer libremente en otros países de la UE; salirse significaría una pérdida preocupante de influencia". Sí, también me estoy frotando los ojos con incredulidad. En 2003, dijo en la Cámara de los Comunes: "Soy fanático de la Unión Europea. Si no tuviéramos una, deberíamos inventarla".

No estoy completamente seguro de lo que quiere decir con "inventar" y en realidad no quiero saberlo, pero en ese momento parecía que incluso él reconocía las ventajas de formar parte de la UE. Era broma. En 2018, dijo que permanecer en el mercado común era una "locura". En 2016, dijo que estaba a favor de quedarse. En 2012, que quería seguir dentro de la UE. Y más recientemente, su campaña "Vote Leave" (o vota salir), con vistas al referéndum por el "brexit"  afirmaba que "Gran Bretaña tendrá acceso al mercado único después de que votemos por salirnos" de la UE.

A propósito, ¿se acuerdan del lanzamiento de la gira del autobús "Vote Leave", en donde Johnson repitió una y otra vez que la UE estaba estableciendo normas sobre la forma que debían tener los plátanos? ¿Y que Reino Unido entregaba semanalmente 389 millones de euros a Bruselas, seguido por aquello de "mejor con ese dinero vamos a financiar nuestro Servicio Nacional de Salud"? Pues, la cifra no es real. En verdad Londres entrega 152 millones de euros semanalmente.

Un pescado como argumento.

Un pescado como argumento.

Un pescado ahumado en escena

Pararse frente a un autobús rojo de dos pisos a entregar declaraciones sin fundamento es una cosa. Pero, pararse en un escenario blandiendo un pescado ahumado supone pasar a otro nivel. En la última ronda de votaciones del Partido Conservador, la semana pasada, Johnson se presentó con un trozo de arenque envuelto en plástico que le había enviado un ahumador de pescado de la isla de Man.

Johnson aseguró que las regulaciones de la UE requieren a los proveedores de arenque mantener sus productos frescos dentro de una bolsa con hielo cuando son despachados, aumentando los costos. Eso no es verdad. Las regulaciones de la UE se refieren al pescado fresco, no al pescado ahumado. De hecho, es la Agencia de Normas Alimentarias del Reino Unido la que dice que los fabricantes de alimentos deben transportarlos de manera que sean comestibles. Esto podría requerir una bolsa de enfriamiento. Por cierto, ¿mencioné que la isla de Man no es parte de la UE?

Dejando de lado, por un momento, las mentiras descaradas, lo que debería preocuparnos de este comportamiento bufonesco -que Johnson ha llevado hasta la perfección- es que está siendo asumido y tolerado por una buena parte del país. Admito que soy parcial ante las excentricidades de los ingleses, pero no olvidemos que este señor ha visto coronada su aspiración de convertirse en el próximo primer ministro británico.

Ya fuimos testigos de la calamidad que fue su actuación como secretario de Exteriores. ¿Se animan a imaginar cómo manejará la actual crisis entre Reino Unido e Irán sobre el petrolero incautado por las autoridades persas? Me dan escalofríos de solo pensarlo.

Podría seguir, pero mi salud mental ya se ha visto seriamente afectada. Reino Unido está con el agua hasta el cuello y no será fácil salir de este atolladero. Las fisuras que han surgido en los últimos tres años -no solo en el Partido Conservador, sino en todo el sistema político y la sociedad en general- han dañado profundamente al país, tanto a nivel doméstico como internacional. Con Boris Johnson como primer ministro, el abismo espera. (dzc/rml)

Autor: Robert Mudge

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