La brecha verde de América Latina, a vista de pájaro
12 de noviembre de 2025
Vista desde arriba, Paraisópolis, la más extensa favela de la ciudad más grande de Brasil, es un círculo gris. Alrededor del precario conjunto de casas, se erigen las amplias residencias y los edificios de lujo del barrio de Morumbi, uno de los más ricos de São Paulo.
En los libros de texto escolares de Brasil, es común encontrar juntas las imágenes de estas realidades contrastantes, ya que sirven para ilustrar el desequilibrio económico. Pero hay un aspecto menos obvio de la desigualdad de la imagen: aparte de pobre, Paraisópolis es gris. Además de rico, Morumbi es verde.
Esto es importante, porque vivir en zonas arboladas conlleva una serie de beneficios. La presencia de vegetación reduce el calor, y quienes viven rodeados de ella suelen tener mejor salud mental y realizar más actividad física, por ejemplo. Pero, en las megaciudades latinoamericanas, la cobertura arbórea va acorde con las divisiones de clase, según expertos en planificación urbana y ecología de las seis ciudades más grandes de la región.
Investigadores de São Paulo (Brasil), Ciudad de México (México), Lima (Perú), Bogotá (Colombia), Buenos Aires (Argentina) y Santiago (Chile) aseguran que el crecimiento urbano desordenado, la ausencia de políticas públicas y la escasez de recursos han dejado a los barrios pobres sin un número adecuado de parques, espacios verdes y árboles en sus calles. Todo esto es algo que puede apreciarse desde arriba, utilizando imágenes satelitales, con las que podemos identificar dónde se encuentran las zonas verdes y grises en cada ciudad.
Menos árboles, más calor
La Molina y San Isidro son dos de los barrios más verdes de Lima, la capital de Perú. Ambos se encuentran en una zona acomodada. A pesar del clima árido de la ciudad, prácticamente han duplicado su cobertura verde desde la década de 1980, según un estudio reciente que utiliza imágenes satelitales para medir la densidad de la vegetación en diferentes barrios.
En barrios periféricos, como Carabayllo y San Martín de Porres, ha ocurrido lo contrario: la vegetación ha ido disminuyendo a medida que la ciudad iba expandiéndose. El verde paisaje natural fue sustituido por una urbanización densa y precaria.
El mismo estudio también compara las temperaturas en barrios con más y menos vegetación, confirmando que los más verdes son significativamente más frescos, lo que significa, en definitiva, que las personas que viven en zonas más ricas y arboladas están menos expuestas al calor extremo.
"En algunos barrios, las casas tienen techos de calamina. Sin suficientes áreas verdes y con la presencia de este tipo de material, la temperatura aumenta. Esto provoca estrés térmico. No es lo mismo que vivir en un barrio con más áreas verdes y materiales de construcción más adecuados", explica a DW Dámaso Huaroto, profesor de Ingeniería Ambiental de la Universidad Científica del Sur (UCSUR) y uno de los autores del estudio.
Esta realidad que destaca Huaroto no ocurre exclusivamente en Lima, sino que es una característica común de la vida en las megaciudades de América Latina. Durante décadas, la migración masiva dio lugar a un patrón de crecimiento urbano que, al carecer de una planificación adecuada, creó zonas residenciales extensas y densamente pobladas en las afueras de las ciudades. Con el espacio ocupado por autopistas y edificios residenciales, a menudo no queda sitio ni siquiera para árboles en las calles, y mucho menos para espacios verdes más extensos.
"En los barrios marginados, casi todo el espacio se necesita para viviendas. Cuando las ciudades crecen demasiado, las viviendas comienzan a ubicarse demasiado lejos [de las zonas centrales], lo que requiere desplazamientos. Incluso los espacios que no se utilizan para viviendas terminan utilizándose para el transporte", comenta a DW Francisco de la Barrera, investigador del Cedeus (Centro de Desarrollo Urbano Sustentable), un centro de investigación de planificación urbana con sede en Santiago, la capital de Chile.
El acceso a espacios verdes y la desigualdad de ingresos
Un estudio realizado por De la Barrera y otros seis investigadores ha cartografiado las zonas verdes de varias regiones de Chile. Además, el trabajo calcula cuántas personas viven lo suficientemente cerca de una de estas zonas como para poder llegar a ella en un breve paseo. En Santiago de Chile, la región con más espacios verdes accesibles es la que rodea el Cerro San Cristóbal, el parque más grande de la ciudad, una zona con ingresos más altos.
En las regiones más pobres, la accesibilidad disminuye. Este es el caso, por ejemplo, de algunas zonas de la comuna de San Ramón.
Investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) han detectado una realidad similar en la Ciudad de México. Su conclusión es que, cuanto más vulnerable es un lugar desde el punto de vista social, menos parques y plazas hay para sus residentes.
La razón, al igual que en Chile, es la enorme demanda de viviendas. "La especulación inmobiliaria en estas zonas ha llevado a las empresas constructoras a maximizar sus beneficios aprovechándose de la necesidad de vivienda de la población. Aprovechan cada metro cuadrado disponible", afirma Luis Zambrano, ecólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Sin embargo, Zambrano también señala una aparente contradicción: algunos de los barrios más pobres están muy cerca de zonas de vegetación preservada, lo que da lugar a una elevada cifra de superficie verde per cápita, un patrón contrario a lo que cabría esperar y que también se puede encontrar en otros lugares.
Vegetación en las afueras, pero a menudo inaccesible
Aunque existe una correlación entre riqueza y cobertura verde, los barrios pobres y periféricos no siempre son densos y grises. En algunos casos, son en realidad los lugares con más árboles de la ciudad en números absolutos.
De vuelta a São Paulo, por ejemplo, el barrio de Cidade Tiradentes, en el extremo este, tiene más vegetación que las zonas ricas del centro. Lo mismo ocurre en otros barrios de las afueras de la ciudad, como Parelheiros, en el extremo sur. En estos lugares, la vegetación es abundante, pero solo en lugares de difícil acceso, como las colinas empinadas.
Para Luiza Fernanda Tamas, gestora medioambiental graduada por la Universidad de São Paulo (USP) y residente en la ciudad, vivir cerca de este tipo de vegetación no garantiza el acceso a zonas verdes urbanizadas y agradables. "Soy del extremo norte de São Paulo, del barrio de Morro Doce, cerca del parque Anhanguera, cerca del pico Jaraguá, donde hay restos de la Mata Atlántica", dice, mencionando algunos de los espacios verdes más grandes del municipio. "Pero en el barrio hay mucha aridez y suelo impermeable. En la calle, por donde camina la gente, no hay árboles".
Una situación similar se da en Bogotá, la capital de Colombia. El barrio de Usme, en el extremo sur, tiene la mayor cobertura verde por habitante, según una investigación realizada por Jéssika Zambrano, ingeniera topógrafa de Bogotá, que actualmente cursa un doctorado en la Universidad Federal de Paraná (UFPR) en Brasil.
El extremo sur de la capital colombiana, al igual que el extremo norte de São Paulo, está rodeado de reservas naturales y colinas, pero sus zonas residenciales son densas y escasamente arboladas, con un crecimiento demográfico rápido y desordenado. "Aunque Usme tiene esta vista del parque, los bosques y las montañas, la pobreza sigue siendo la característica fundamental del barrio", relata Jéssika. "Estos árboles no están ubicados en las calles, sino en las afueras, y la gente no tiene acceso a ellos, solo los ve desde lejos".
Los retos de la densidad
A primera vista, Buenos Aires, la capital de Argentina, parece una excepción positiva. Un estudio realizado por la fundación sin ánimo de lucro Bunge & Born ha cartografiado los espacios verdes de todo el país, y el área metropolitana de Buenos Aires fue una de las pocas en las que las personas más pobres y las más ricas vivían, en promedio, a una distancia similar de un espacio verde.
Sin embargo, según Antonio Vázquez Brust, uno de los autores del estudio, esto se debe a que hay muy pocos parques en la ciudad, e incluso las zonas más ricas están densamente pobladas, con la excepción de las urbanizaciones cerradas, que cuentan con abundantes espacios verdes que no son de acceso público.
Una solución, según un estudio de caso publicado por Bunge & Born, sería convertir espacios como aparcamientos privados y depósitos, que ocupan espacio en algunas de las regiones más densas, en plazas verdes.
Otras sugerencias mencionadas por los investigadores entrevistados incluyen favorecer las especies autóctonas en los espacios públicos, con el fin de reducir los costos de mantenimiento, y, lo que es más importante, involucrar a las poblaciones marginadas locales en el debate público sobre dónde y cómo se deben desarrollar nuevas infraestructuras verdes.
Los detalles sobre la metodología utilizada para elaborar los gráficos de este artículo están disponibles aquí
(ms/cp)