Colombia: entre el dictado de Washington y las buenas intenciones de Europa | Política | DW | 10.02.2004
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Política

Colombia: entre el dictado de Washington y las buenas intenciones de Europa

Son muchos y muy complejos los factores que mantienen vivo el conflicto colombiano. Europa puede y debe hacer más que dar consejos, pero Colombia carece de un concepto diplomático serio hacia Europa.

El presidente colombiano Alvaro Uribe en el seno del Parlamento Europeo.

El presidente colombiano Alvaro Uribe en el seno del Parlamento Europeo.

El conflicto colombiano es uno de los problemas más complejos del continente americano: en lo político, en lo social, en lo económico y en el campo de la seguridad. La llamada "internacionalización" del conflicto adquiere, cada vez , más importancia a la hora de manejar la crisis y buscar soluciones. Un Informe Nacional de Desarrollo Humano, diseñado por Naciones Unidas, considera que "las relaciones exteriores han sido el detonante de la compleja crisis colombiana, y es ante todo allí donde el futuro del país tendrá que definirse".

Especial atención se presta al narcotráfico que, aunque no generó el conflicto armado, sí exacerbó los problemas del país latinoamericano. Por él, Colombia pasó de ser un país "modelo" a un "estado colapsado", un vecino molesto, un dolor de cabeza para los Estados Unidos, un proveedor del vicio, una economía en déficit creciente y con una guerrilla que, a más de comunista, es "narco terrorista", dice el estudio. Ahora es Colombia "una amenaza regional" en donde se bate un cocktail de narcotráfico, guerrilla, ultraderecha y terrorismo. La cocaína rasgó al país entre dos fuerzas destructivas: la económica de los consumidores estadounidenses y europeos y la política de Washington.

Intereses internacionales afectados

La inercia del conflicto interfiere con los intereses estadounidenses en suelo colombiano. Además de la amenaza guerrillera y del tráfico de drogas, las acciones armadas afectan más y más otros intereses de la comunidad internacional. A menudo hay ataques a la industria e infraestructuras petrolera, carbonífera y de gas, secuestros y/o asesinatos de ciudadanos nacionales y extranjeros, entre ellos varios alemanes y una constante exasperación del orden público en todas las fronteras colombianas: Venezuela, Brasil, Perú, Ecuador y Panamá.

El interés mundial en la extraordinaria diversidad de Colombia, sobre todo, en la Amazonía y la Orinoquía, choca con el hecho de que estas son tierras marcadas por la guerra interna. La vigencia del Derecho Internacional Humanitario que es capital para la comunidad internacional es, por ende, negada por el brutal enfrentamiento. El especial interés del mundo civilizado en proteger a la niñez, la mujer, las minorías étnicas y los oficios sensitivos (periodistas, sindicalistas, defensores de derechos humanos) que son duramente golpeados por el conflicto preocupa a todo nivel. El flujo creciente de refugiados, legales o ilegales que huyen al exterior intranquiliza ya a varias naciones. Colombia posee además, la mayor cantidad de desplazados internos del mundo: 4 millones. Y, por último, el terrorismo.

Plan Colombia: "garrote y zanahoria"

Por su parte, las consecuencias del fallido proceso de paz bajo el gobierno de Andrés Pastrana, han sido tan positivas como negativas: auto desprestigio creciente de la guerrilla ante la opinión nacional y mundial; mayor polarización; descrédito de la vía negociada; y la premisa tan comprensible, como simplista, de que "si no se pudo a las buenas habrá que hacerlo a las malas". Por eso llegó Alvaro Uribe a la presidencia colombiana y cuenta - aún - con el apoyo del 80% de la población. El hastío de la violencia guerrillera y paramilitar llevó a los colombianos a optar por "la mano dura".

Esa coincidencia estrechó la alianza entre Washington y Bogotá, acentuó el componente "garrote" del llamado Plan Colombia y le añadió el tinte "antiterrorista". La alianza implica más apoyo y mayor injerencia de Washington en el conflicto, pero también más atención a sus prioridades: la droga y el petróleo, por un lado, el respeto a los Derechos Humanos, por el otro.

Colombia, sin duda, tiene un interés genuino en acabar con el tráfico de drogas, en desterrar el terrorismo, en exportar su petróleo y en que la Fuerza Pública respete los Derechos Humanos. La tensión, entonces, no está en los fines sino en el peso que se de a cada uno; más aún, a su peso respecto de otros objetivos propios de Colombia, así como en los efectos laterales de los medios que se empleen para alcanzar esos fines. Y es aquí donde caben las reservas sobre la ayuda militar y judicial o la estrategia de lucha contra la droga.

¿Y Europa qué?

Europa pudiera hacer contrapeso a las exageraciones norteamericanas. Este es el deseo - ya convertido en clamor - de muchos colombianos. Las relaciones colombo-europeas son más que todo comerciales y varían con el país pero, en general, puede decirse que los Estados europeos promueven la opción no militar para Colombia. Sus representantes en Bogotá velan por los derechos humanos, suministran ayuda humanitaria, prestan buenos oficios para aproximar a las partes en conflicto y consultan sus programas de cooperación con la sociedad civil colombiana. En un mundo unipolar, sin embargo, y separada por la inmensidad del Atlántico, Europa tiene harto menos interés y menos influencia que Estados Unidos en Colombia. Por eso se abstiene de adoptar iniciativas ambiciosas que pudieran contrarrestar los efectos - sino evitar - los daños colaterales que provoca Washington, además de ampliar sustancialmente el campo humanitario, llevar las partes a una mesa de negociación o acelerar a fondo el desarrollo humano. Sin olvidar, Colombia espera un trato comercial sincero con una pueblo que lucha por vivir de los productos honrados.

Pero la mayor parte de la culpa del desinterés europeo por Colombia la tiene Colombia misma. El desconocimiento de las sociedades europeas y sus reglas de juego en la ensimismada sociedad colombiana es abrumador y desventajoso. La diplomacia colombiana es bastante inconsistente en el manejo del conflicto armado. La separación, casi divorcio, entre el manejo de la guerra y la paz es simbólico. La guerra se concierta con Estados Unidos y la paz se conversa con Europa.

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