Vladimir Ashkenazi: ″Hacer música siempre es un misterio″ | Música | DW | 27.04.2012
  1. Inhalt
  2. Navigation
  3. Weitere Inhalte
  4. Metanavigation
  5. Suche
  6. Choose from 30 Languages

Música

Vladimir Ashkenazi: "Hacer música siempre es un misterio"

El director Vladimir Ashkenazi dirige los conciertos que la Orquesta Sinfónica Alemana de Berlín dará en Sudamérica. Debido a esta ocasión especial, habló para Deutsche Welle sobre su carrera y sus gustos musicales.

Wladimir Ashkenazy, russischer Dirigent und Pianist, aufgenommen am 15.1.1998 bei seinem Debütkonzert an der Tschechischen Philharmonie in Prag. Der seit 1963 im Westen lebende Musiker ist Chefdirigent des Deutschen Symphonie-Orchesters in Berlin und seit dem 1.1.1998 auch künstlerischer Leiter der Tschechischen Philharmonie in Prag.

Wladimir Ashkenazy

El director Vladimir Ashkenazi lidera la gira que la Orquesta Sinfónica Alemana de Berlín (DSO) realiza en mayo por Brasil y Argentina. Nacido en la Unión Soviética y nacionalizado islandés, Ashkenazi fue internacionalmente conocido primero como pianista y después encauzó su carrera hacia la batuta.

Vladimir Ashkenazy dirigirá obras de Strauss y Mahler en el Teatro Colón de Buenos Aires y en el Teatro Municipal de São Paulo

Vladimir Ashkenazi dirigirá obras de Strauss y Mahler en el Teatro Colón de Buenos Aires y en el Teatro Municipal de São Paulo

Durante 10 años fue titular de la DSO, formación a la que conoce bien y a la que le gusta volver como invitado. En en esta ocasión dirigirá sus pasos por una singular gira por Sudamérica sobre escenarios míticos, como el Teatro Colón de Buenos Aires. Una de las citas más especiales será el concierto al aire libre que dará junto a jóvenes músicos brasileños en São Paulo.

DW: Ha dirigido usted orquestas de todo el mundo, ¿existe ya un sonido orquestal global o cada formación sigue teniendo su sonido específico? En ese sentido, ¿cuál sería el de la DSO?

VA: Todas las orquestas tienen un sonido específico, porque los miembros que las conforman tienen bagajes distintos, evolucionan de maneras diferentes, etc…Un buen director tiene que adaptarse a las peculiaridades de cada formación. Podríamos decir que la DSO tiene básicamente un sonido alemán, pero con matices. La última vez que estuve con ellos, toqué algo de repertorio francés y no parecía una orquesta de Berlín….Todo depende de la habilidad de los músicos para seguir las indicaciones del director. Si la orquesta no quiere, entonces no es posible. A veces, no se puede trabajar con la mejor orquesta del mundo, ¿quién sabe por qué? Es un misterio. En realidad, hacer música es siempre un misterio. Cuando se tiene en la cabeza cómo debe sonar una obra, hay que tratar de perseguir ese objetivo. A veces se logra y a veces no.

DW: En Brasil la DSO se unirá a músicos de la Joven Orquesta de São Paulo para interpretar algunas piezas en un concierto al aire libre. ¿Cómo se las arreglará para conjugar las energías más reposadas de músicos profesionales con los bríos de las nuevas generaciones?

VA: Eso no es problema: los jóvenes seguirán a los profesionales. No tengo que hacer nada especial para conseguirlo, estoy seguro de que lo harán. Los jóvenes traen muchos bríos, ¡pero la DSO es una orquesta muy energética!

DW: ¿Cómo surgió la idea de colocar juntas obras tan distintas como la Sexta de Beethoven y la Décima de Shostakovich en el Municipal de São Paulo y en el Teatro Círculo de Rosario?

VA: Se pueden colocar juntas tras la pausa, no hay problema. La única conexión entre ellas es que ambos compositores son grandes y ambas obras son grandes.

DW: Quisiera que me hablara sobre las circunstancias de creación de la Décima Sinfonía de Shostakovich.

VA: La Décima Sinfonía, hasta la última parte, es una especie de reflexión de su vida y de la atmósfera que se vivía en aquel momento en el país. Es un reflejo de ello. Los tres primeros movimientos son bastante deprimentes. Pero el último terminó de componerlo cuando Stalin murió. Entonces sintió –igual que muchos otros sentimos- que, quizá, a partir de entonces, comenzaría una nueva era. El Finale es hasta cierto punto optimista. Pero –y esto es muy interesante- en los últimos compases, cita las notas correspondientes a su apellido: DSCH. Es una especie de danza con la multitud. No es del todo optimista, pero sí tiene este cierto carácter. Recuerdo cuando murió Stalin. Todo Moscú enmudeció, estaba muerto. No funcionaba el transporte, las tiendas cerraron y yo atravesé el desértico Moscú para recibir mi lección de piano. Caminé durante media hora hasta el apartamento de mi profesora. Cuando llegué le pregunté qué sucedería a partir de entonces que Stalin había muerto. Entonces ella susurró, sin atreverse a hablar en voz alta en su propia casa: “Todo irá mejor desde ahora”. Esa es la vida que teníamos: no era divertida.

DW: Eso fue en 1953…

VA: Exacto. El 5 de marzo de 1953. Y Prokofiev murió el mismo día que él. Nadie reparó en él. Solo unos días después los periódicos publicaron la noticia.

Algunas de las grabaciones de Vladimir Ashkenazi como pianista son hoy una referencia

Algunas de las grabaciones de Vladimir Ashkenazi como pianista son hoy una referencia

DW: Usted llegó a conocer algo a Shostakovich, ¿no es así?

VA: Cierto. Toqué su Trío delante de él con un par de compañeros y luego me lo encontré en un par de conciertos. Mi profesor de piano estudió con él composición y lo conocía bastante bien. Pero sí, yo también tuve con él algún encuentro. Cuando se interpretó por segunda vez su Sinfonía nº 13 con algunas variantes en los poemas de Jevtuschenko -cambios que le había pedido el Partido que hiciera-, yo estaba en la sala de conciertos, porque durante la primera parte toqué el Primer Concierto para piano de Beethoven. Me quedé durante la segunda parte para oír su música. Me siento un privilegiado por haberle conocido, he tenido suerte.

DW: La suya es una carrera larga...

VA: Empecé a tocar cuando tenía 6 años, pero comencé a ser conocido cuando tenía 17, al ganar el segundo premio en el Concurso Chopin y después al ganar el primer premio en el concurso de Bruselas y después el tercero en el Chaikovski. Ya llevo más de 50 años de carrera.

DW: En el Teatro Colón de Buenos Aires y en el Municipal de Sao Paolo, dirigirá Don Juan de Strauss y la Quinta de Mahler. El programa es contrastante por las obras y porque siempre se ha contrapuesto la figura de un Mahler trágico con la del Strauss vital y optimista.

VA: Bueno, Don Juan muere al final…

DW: Pero hasta ese momento, la música esta llena de fuerza y poder.

VA: Sí, un poder sexual, no espiritual. El interés de Don Juan es el de seducir al mayor número posible de mujeres, en eso consistía su vida. Y la Quinta de Mahler concluye de forma muy optimista. Solo el primer movimiento es una marcha funeral. El Adagietto fue un regalo de amor para Alma, su esposa, y el Finale es muy optimista, lo cual es bastante inusual para ser Mahler. En realidad, toda la sinfonía es una manifestación de amor llena de vida, es asombrosa. Mahler estaba algo obsesionado consigo mismo, con las dificultades de la vida y demás. Eso se deja sentir en muchas de sus sinfonías. La Novena, por ejemplo, es el fin del mundo. Pero entre estas dos piezas, Don Juan y la Quinta Sinfonía, la de Mahler es la optimista. Ambas son grandes obras. Y Strauss admiraba mucho a Mahler…

DW: Eran hasta cierto punto amigos, ¿no es así?

VA: Mucha gente dice que Strauss no tenía tiempo para otros compositores, para los contemporáneos, pero a Mahler concretamente lo respetaba mucho. Cuando murió, Strauss estaba componiendo su Sinfonía Alpina y se sintió muy triste por la pérdida, porque admiraba el gran talento de su colega. Y Strauss es, a su vez, un genio. Adoro su música.

DW: ¿También la de Mahler?

VA: Naturalmente, no puedo dejar de respetarlo, porque era un genio, de eso no hay duda…(hace una pausa). Quisiera que no malinterpretara mis palabras, pero yo no me identifico con Mahler como persona. Sí, por el contrario, con compositores como Beethoven o Schubert. Mahler siempre andaba pensando en sí mismo: en lo triste que era su vida, en lo infeliz que se sintió en tal o cual ocasión...Todo en él es una tragedia. Pero mire a Beethoven. Empezó a volverse sordo hacia la mitad de su vida y sordo del todo en los últimos años. No pudo escuchar su Novena Sinfonía, ni tocar su Cuarto Concierto para piano, porque no podía tocar junto a una orquesta, pero nunca se quejó en su música. ¿Cómo se las arreglaría? ¡Qué hombre tan magnífico! ¡Qué ejemplo para nuestras vidas! En su obra no hay nunca una huella de “¡oh, pobre de mí! ¡qué tragedia!” Escuche sus últimas sonatas para piano, por ejemplo. La opus 109 irradia una paz increíble. En el Finale hay cierto lamento, pero acaba optimista. O la opus 111: hay drama en el primer movimiento, pero mucha paz en el segundo. Verdaderamente, un hombre fantástico.

Autora: María Santacecilia
Editora: José Ospina Valencia

DW recomienda

Publicidad