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Tirar sopa de tomates sobre obras de arte causa impacto

Alistair Walsh
27 de octubre de 2022

Las protestas en museos revivieron el debate sobre el cambio climático. Sus métodos pueden ser desagradables, pero el espectáculo irrumpe en medio de la fatiga generalizada sobre el apocalipsis, opina Alistair Walsh.

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Momento del ataque al cuadro de Monet por parte de activistas, en Potsdam
Activistas por el clima lanzan sopa de papas contra el cuadro "Los Almiares", de Claude Monet. (23.10.2022).Imagen: twitter.com/AufstandLastGen

Uno puede estar profundamente en desacuerdo con la táctica de las protestas contra el cambio climático, de lanzar sopa de tomates o puré de papas o sobre las pinturas.Pero ya solo el hecho de que usted esté leyendo esto prueba que esa táctica funciona.

Esos actos sensacionalistas -y delictivos- han irrumpido en medio de la fatiga reinante en la opinión pública en lo tocante a las protestas para frenar el cambio climático, atizando con éxito arrasador el debate público sobre el tema.

Casi todas las conversaciones que he oído sobre estas protestas -y han sido un montón- comenzaban con: "Por supuesto que tenemos que hacer algo contra el cambio climático, pero esta no es forma de protestar”.

Pero ¿cuál es la forma correcta de protestar? Medidas como huelgas de hambre, marchas pacifistas dirigidas contra la industria de los combustibles fósiles y otros esfuerzos tienen lugar todas las semanas. Probablemente sean efectivas a su manera, pero ya han dejado de ocupar los titulares o de viralizarse en las redes sociales. Las miramos, pero no las vemos.

Se necesita una amplia variedad de tácticas

Los movimientos de protesta eficaces reúnen invariablemente un amplio espectro de tácticas, desde escribir cartas abiertas hasta cometer actos delictivos. Y cada acción de protesta apunta a una audiencia específica y tiene una meta específica.

En el caso de los manifestantes en las galerías de arte, su objetivo es llegar a una vasta cantidad de personas que están ampliamente de acuerdo con que es necesario actuar de algún modo para frenar el cambio climático, pero que están esperando que otros lo hagan. La meta de esas protestas es reiniciar el diálogo acerca del calentamiento global, e infundir la sensación de que es urgente hacer algo para detenerlo.

Por más que condenemos su táctica, claramente han tenido éxito en reinsertar el cambio climático en los pensamientos de la gente. No olvidemos que el cambio climático es, sin ninguna duda, la mayor amenaza para la humanidad. Y que se necesitan acciones inmediatas y significativas para asegurar la supervivencia de nuestra especie.

Los ataques son simulacros

La falsa indignación de comentaristas de tabloides -los mismos comentaristas que arguyen apasionadamente en contra de la financiación de las artes- ignora un detalle crucial: las pinturas no fueron dañadas en absoluto.

Alistair Walsh, de DW.
Alistair Walsh, de DW.Imagen: Lewis Sanders

Las obras fueron elegidas deliberadamente como objetivo porque están protegidas por cristales o plexiglás, lo que convierte a los ataques en un acto puramente simbólico. El cuadro de Van Gogh volvió a exhibirse poco después del incidente.

La elección de los objetivos puede parecer incongruente. ¿Qué hizo Monet para merecer esto? Pero yo argumentaría que esa elección tiene una cierta belleza poética. Las protestas simulan un ataque contra una obra de arte irreemplazable, del mismo modo que la humanidad está vandalizando nuestro irreemplazable planeta.

El propietario millonario de la pintura de Monet se lamentó diciendo que está protegiendo la obra, de un valor de 100 millones de dólares, para las futuras generaciones. Pero ignora el hecho de que tal vez ya no haya futuras generaciones que puedan apreciar su colección si no se hace nada contra el cambio climático.

No se pueden comparar con movimientos fascistas

Algunas de las críticas más extremas se han rebajado a comparar estos actos con la historia de la opresión fascista del arte.

Ese es un tópico muy sensible en Alemania, naturalmente, donde los nazis "limpiaron” las galerías del "arte degenerado”, y oprimieron a los artistas. Pero comparar las protestas con eso no es legítimo.

Aparte de que estos ataques fueron simulaciones, los motivos de los nazis eran fundamentalmente distintos. Buscaban acabar con la disidencia mientras tomaban el poder, lo que culminó en un genocidio, y en el intento de apoderarse de Europa.

Por el contrario, los manifestantes climáticos son los disidentes que luchan para evitar que los que están en el poder inflijan un sufrimiento masivo.

En realidad, hay una larga historia de protestas democráticas que involucran daños mayores a obras de arte. Las mujeres sufragistas británicas llevaron a cabo una campaña cortando pinturas con cuchillos de carnicero. La Sirenita de Dinamarca es frecuentemente objetivo de ataques con pintura, e incluso de intentos de decapitación. La destrucción del arte se lleva a cabo también como tema de la expresión artística, como en el caso de Robert Rauschenberg, al borrar un dibujo de Willem de Kooning, o en el de Banksy, triturando su propia obra. Esos son algunos de los precedentes.

En el pasado, los flancos radicales de varios movimientos de protesta han acelerado el cambio, simplemente logrando que los manifestantes de los movimientos mayoritarios parecieran razonables en comparación con ellos, y aumentando así la presión.

Puede que no usted no esté de acuerdo con las tácticas de los manifestantes climáticos, pero ellos han logrado causar impacto.

(cp/ers)