La guerra, el dolor y la ira | Historia | DW | 03.09.2018
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Primera Guerra Mundial

La guerra, el dolor y la ira

El 11 de noviembre de 1918 concluyó la Primera Guerra Mundial, con un poder destructivo sin precedentes. Pero el desastre aún no había concluido para Europa.

Noviembre de 1918, la guerra ha terminado: Matthias Erzberger (centro, izq.) y el mariscal Ferdinand Foch (centro, der.) pactan el armisticio. (picture-alliance/dpa)

Noviembre de 1918, la guerra ha terminado: Matthias Erzberger (centro, izq.) y el mariscal Ferdinand Foch (centro, der.) pactan el armisticio.

"Finie la guerre?", "Ist der Krieg zu Ende?", "¿Terminó la guerra?" El vagón de los negociadores alemanes, que cruzaron la frontera con Francia el 6 de noviembre, procedentes de Bélgica, animó a los soldados franceses. Los ejércitos seguían enfrentados, pero aquella guerra de cuatro años parecía estar llegando a su fin.

Con un poco de suerte, aquellos políticos llegados de Berlín como un anticipo de la paz traerían incluso algunos cigarrillos. "Como no fumador", cuenta en sus memorias Mathias Erzberger, jefe de la delegación alemana, "no pude satisfacer esa expectativa".

Eso sí, él y su homólogo francés, el mariscal Ferdinand Foch, responderían a los anhelos de millones de europeos cuando, un poco más tarde, en la madrugada del 11 de noviembre de 1918, dentro de un vagón de ferrocarril en el bosque de Compiègne, a unos 90 kilómetros al noreste de París, firmaran la tregua recién negociada entre Alemania y las potencias aliadas. Alemania había capitulado. Varios meses después, en el famoso Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, ambas partes firmarían oficialmente el Tratado de Paz.

La última ofensiva alemana

Hasta el mismísimo verano de 1918, el ejército alemán había estado avanzando en el frente occidental. Pese a que sus fuerzas habían disminuido de 5,1 a 4,2 millones de hombres entre marzo y julio, continuaban ganando terreno de forma considerable. Aunque fuese recurriendo a soldados recuperados tras haber sido heridos en combate, habían logrado cerrar sus brechas. Poco a poco, llegaban de refuerzo también los primeros reclutas nacidos en 1900.

Momento decisivo: el presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, declara la guerra a Alemania, en abril de 1917. (AP)

Momento decisivo: el presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, declara la guerra a Alemania, en abril de 1917.

Pero los alemanes se enfrentaron en ese momento a un enemigo totalmente desconocido: “los americanos”, llegados desde el Atlántico, luego de que el presidente estadounidense declarara la guerra a Alemania en abril de 1917.

Unos 10.000 soldados arribarán diariamente a inicios del otoño de 1918. Los jóvenes estadounidenses no cuentan con gran experiencia en el combate, reconoce el historiador John Keegan. "Pero lo decisivo será el efecto que su llegada tiene sobre el enemigo: profundamente deprimente."

Finalmente serán las bien equipadas unidades estadounidenses las que decidirán la guerra a favor de Los Aliados. Ya en otoño, el alto mando del Ejército alemán tiene que admitir que no podrá ganar la guerra, que el completo colapso del frente alemán solo se puede prevenir con una tregua.

"Una ruina tras otra"

Con el alto el fuego del 11 de noviembre, Europa dejaba atrás cuatro largos años de un derramamiento de sangre y una destrucción sin precedentes. Erzberger se había podido formar una imagen de la devastación durante su viaje a través de Bélgica y Francia: "No había una sola casa en pie, una ruina se alineaba tras otra", anotó. "A la luz de la luna, los restos sobresalían fantasmales en el aire, sin que apareciera ningún ser vivo".

Erzberger esbozaba el balance de una guerra tan mortal como ninguna antes. El progreso tecnológico y la industrialización habían posibilitado la creación de un arsenal de armas que superaba en cantidad y calidad a todo lo que había existido hasta entonces: tanques aparentemente indestructibles, barcos de maniobras submarinas, artillería de enorme alcance, gases letales.

6.000 muertos por día de guerra

A partir de 1916, los alemanes emplearon su "Langer Max", cuyas municiones de 300 kilogramos eran arrojadas a través de cañones de 35 metros de largo, con un alcance de hasta casi 48 kilómetros. Con esta pieza de artillería pesada, los alemanes bombardearon París el 23 de marzo de 1918. Algunos proyectiles golperon la iglesia de Saint-Gervais, donde se celebraba un servicio religioso: 88 personas murieron, otras 100 resultaron heridas.

Máquinas de combate de la Primera Guerra Mundial: tanques franceses. (Archives of Renault Company)

Máquinas de combate de la Primera Guerra Mundial: tanques franceses.

Los historiadores militares estiman que alrededor de 850 millones de proyectiles de artillería fueron disparados durante la Primera Guerra Mundial. Se industrializó la matanza. Unos once millones de soldados cayeron víctimas del fuego de cañones y ametralladoras. En total, casi 56 millones de reclutas fueron llamados al servicio militar por las naciones involucradas en la guerra. Como promedio, cayeron unos 6.000 soldados por día de guerra.

A ellos se sumaron más de 21 millones de soldados heridos, personas que habían perdido la totalidad o parte de sus extremidades, que quedaron paralizadas o postradas, que sufrieron amputaciones, que quedaron ciegas o sordas.

"Uno perdió todo el pecho"

La experiencia en el frente era, por supuesto, devastadora: "Es terrible cuando entra la metralla con esa fuerza en partes blandas", recuerda, por ejemplo, el soldado alemán Karl Bainier, nacido en 1898: "Nuestros dos correos fueron impactados también de noche. Uno perdió todo el pecho; el otro, todo el cuerpo. El del cuerpo murió enseguida. El otro aún gritó".

Él y sus tropas buscaron refugio en un túnel excavado en diagonal en el suelo, cuenta Johannes Götzmann, nacido en 1894: "Estábamos sentados debajo cuando impactaron el garaje. Hubo bastantes heridos. Uno quedó sin piernas. Perdió las dos. Se desangró allí".

Así que, obviamente, los soldados anhelaban el final de la guerra. No es ya "nada inusual", apuntaba el líder militar príncipe Rupprecht de Baviera, en mayo de 1918, que "hasta 20 de cada 100 abandonen ilegalmente, por lo que, si se les encuentra, se les castiga generalmente con dos a cuatro meses de prisión. Pero eso es lo que algunos quieren, porque así escapan de una u otra batalla".

En los meses siguientes, el frente de las potencias centrales se vuelve cada vez más frágil: incontables soldados se niegan a pelear, otros se encaminan a casa por su cuenta. "Estás acostado en la cama y eres una enfermedad. Eres un cráneo fracturado, un disparo en el estómago, una fractura pélvica", describiría Alfred Döblin, en su novela "Noviembre de 1918. Una Revolución Alemana".

En Colonia, una copia de Joseph Beuys de la escultura Padres afligidos, de Käthe Kollwitz. (picture-alliance/akg-images)

En Colonia, una copia de Joseph Beuys de la escultura "Padres afligidos", de Käthe Kollwitz.

El mito de la "puñalada por la espalda"

Las filas alemanas adelgazan. El alto mando del Ejército le va sacando el cuerpo a la responsabilidad. El 19 de septiembre de 1918, el General Erich Ludendorff apunta: "Le he pedido a Su Majestad que traiga ahora también al gobierno a esos círculos a quienes les debemos haber llegado tan lejos. Veremos ahora entrar a los ministerios a esos caballeros. Ellos deberán acordar la paz, que ahora debe ser acordada. Ellos deberán comerse ahora la sopa en que nos han remojado".

Con "esos caballeros" se refería Ludendorff a los políticos que, ya en el verano de 1917, habían abogado en el Reichstag por un acuerdo de paz: socialdemócratas, liberales de izquierda y el católico Partido de Centro.

La teoría de la supuesta traición por parte de la patria cansada de la guerra fue esgrimida también por el mariscal de campo Paul von Hindenburg, el militar de más alto rango del Imperio alemán. Hindenburg citaba una frase "de un general inglés", que probablemente nunca fue pronunciada: "El ejército alemán fue apuñalado por la espalda".

Defensor del mito de la puñalada por la espalda: mariscal de campo Paul von Hindenburg (picture-alliance/empics).

Defensor del mito de la "puñalada por la espalda": mariscal de campo Paul von Hindenburg.

El general citado, Frederick Maurice, negó siempre vehementemente haberse expresado así. Pero su aclaración serviría de poco: había nacido la leyenda de "la puñalada por la espalda", la afirmación de que la guerra se había perdido únicamente por "traición" interna. Tal mito contribuiría luego significativamente al fracaso de la República de Weimar.

"Ira, ira, ira..."

Pero primero, el 11 de noviembre de 1918 traerá el fin de aquella guerra, anhelado por millones. No obstante, el sufrimiento aún no ha concluido para Europa. Las privaciones, las necesidades y el dolor seguirán castigando a las personas. Y a ello se agrega esa sensación de haber combatido y sufrido en vano.

"La falta de sentido, tras haber alcanzado su punto máximo, es ira, ira, ira, y sigue sin tener el más mínimo sentido", describe el escritor Walter Serner, resumiendo el sentimiento de sus compatriotas. Especialmente a los alemanes los embarga esa venenosa sensación, que a la larga se convertiría en caldo de cultivo para el ascenso político del exsoldado Adolf Hitler.

Autor: Kersten Knipp (rml/ers)

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