El peligroso juego de Bruselas | Europa | DW | 21.05.2014
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Europa

El peligroso juego de Bruselas

Por primera vez se presentan en las elecciones europeas candidatos para el cargo de presidente de la Comisión Europea. Pero la campaña electoral podría conducir a un callejón sin salida, opina Christian F. Trippe.

A primera vista, mayo promete convertirse en un mes de bonanza para la democracia europea. Los ciudadanos de la UE han sido convocados a elegir un nuevo Parlamento (el 25.05.2014). Por primera vez, los grupos de partidos europeos presentan candidatos para el poderoso cargo de presidente de la Comisión Europea (CE). El candidato de la bancada más fuerte ha de dirigir la administración comunitaria en Bruselas, con el respaldo del Parlamento.

Tal como están las cosas, solo los candidatos de dos partidos pueden hacerse ilusiones: el socialdemócrata alemán Martin Schulz, todavía presidente del Parlamento Europeo, y el cristianodemócrata luxemburgués Jean-Claude Juncker, durante muchos años primer ministro de su país y ex-jefe del eurogrupo.

Ambos son políticos sólidos y apasionados europeístas, ambos dominan los tres idiomas oficiales de la Unión. En debates televisados en alemán, francés e inglés se enfrentaron como rivales de similar calibre. Por lo demás, las encuestas ven a los socialistas y conservadores en una carrera muy estrecha a nivel europeo. Se trata pues de un escenario electoral común y corriente. Los estrategas electorales y los publicistas, y desde luego Schulz y Juncker, quieren dar precisamente esa impresión. Pero allí surge un gran malentendido, quizás incluso peligroso.

Peculiaridades europeas

La Unión Europea no es, a fin de cuentas, un sistema parlamentario. La carta fundamental de la UE, el Tratado de Lisboa, dice en forma concisa pero desgraciadamente no clara: los jefes de Estado y de gobierno nombran al presidente de la Comisión, “a la luz de los resultados” de las elecciones europeas. Por lo menos en el tratado no se menciona a los candidatos cabeza de lista.

Christian F. Trippe.

Christian F. Trippe.

También en lo político, el Parlamento tiene poca influencia en las decisiones de los muchos caballeros y pocas damas que trazan los destinos de la Unión en sus cumbres regulares. Porque en el Parlamento Europeo rigen reglas de juego muy distintas a las de los escenarios locales: a veces lo decisivo para los eurodiputados es su filiación político-partidista, a veces lo es su procedencia nacional. No es casual que en las capitales de los países miembros de la UE se considere bastante poco previsible al Parlamento, ni que su afán de mayor integración sea visto como un prototipo de la “bruselización”.

En síntesis, Angela Merkel, Francois Hollande, Davis Cameron y compañía sienten poca inclinación a dejar que el Parlamento imponga al hombre que ha de ocupar el cargo más importante de la UE.

Creciente abstención electoral

La idea era que los candidatos tuvieran un efecto positivo: dar un rostro a la abstracta y lejana política de Bruselas; darle realce a las elecciones europeas, ligándolas a un cargo de poder. Todo ello con el objetivo de volver a atraer más ciudadanos a las urnas. Desde 1979, cuando tuvo lugar la primera elección directa del Parlamento Europeo, la participación baja constantemente. La última vez, hace cinco años, se cifró en un vergonzoso 43 por ciento.

Según los estrategas de Bruselas y Estrasburgo, los candidatos cabeza de lista podrían revertir esa tendencia negativa. Muchos creen aún que se ha encontrado también un remedio eficaz contra el notorio déficit de democracia en la UE.

¿Pero si la medicina no surte efecto? A quien plantee esta pregunta, se le responde actualmente en Bruselas encogiendo los hombros. Todos saben que el juego de los candidatos es arriesgado. La campaña electoral de Martin Schulz, Jean-Claude Juncker y otros líderes de partidos más pequeños podría acabar en un callejón político sin salida.

Es posible que los jefes de Estado y de Gobierno elijan como presidente de la Comisión Europea a otra persona que ni siquiera haya sido candidata. En ese caso, se corre el peligro de un bloqueo de las instituciones europeas y cada vez más ciudadanos darían probablemente la espalda a la UE. Sería un desastre para la democracia europea.

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