El calor que nos está matando | El Mundo | DW | 20.07.2018
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El Mundo

El calor que nos está matando

Una ola de calor en Europa Central y Escandinavia está causando estragos. Mientras los unos disfrutan el sol, y lo aprovechan para broncearse, las consecuencias para la naturaleza son fatales.

Un helado, delicia reconfortante en medio del calor.

Un helado, delicia reconfortante en medio del calor.

Las temperaturas más altas han alcanzado un nivel preocupante en todo el mundo. Las consecuencias son incendios forestales, cultivos arruinados y la muerte de muchas personas. 2016 fue el año con las temperaturas más altas desde que se miden, debido a una combinación del fenómeno climático El Niño y el calentamiento global.

Aunque 2018 es el turno de La Niña, lo que debiera bajar las temperaturas, este junio fue uno de los más calurosos jamás registrados. Una ola de calor se da cuando las temperaturas promedio se exceden en cinco grados durante al menos cinco días consecutivos. Días extremadamente calurosos, pero aislados, no pueden atribuirse a una ola de calor o al calentamiento global.  De todos modos, "como consecuencia del calentamiento global, la tendencia apunta a más olas de calor”, dice Clare Nullis, portavoz de la Organización Mundial de Meteorología.

El calor cobra sus víctimas

Para los habitantes del sur de Europa 30 grados en verano no son nada especial. Pero para una persona en el Reino Unido o Irlanda, estas temperaturas son más que extraordinarias. Regiones en las que las temperaturas en junio, por lo general, no superan los 20 grados. El 28 de junio, los termómetros en Glasgow treparon a los 31.9 grados Celsius. En Shannon, Irlanda, se midieron 32 grados. Un nuevo récord.

Los alemanes han disfrutado, o sufrido, temperaturas por encima de los 30 grados durante gran parte de mayo y junio. En Georgia, sin embargo, se midió un máximo histórico de 40,5 grados en junio. En la canadiense Montreal se registraron las temperaturas más altas en 147 años, que a principios de este mes le causaron la muerte a 70 personas, principalmente por enfermedades circulatorias.

En Ouargla, una ciudad de Argelia en el Sahara, las temperaturas alcanzaron los 51,3 grados. "En tiempos del cambio climático, en la segunda mitad del siglo XXI las olas de calor van a tener lugar cada dos años", pronostica Vladimir Kendrovski, de la filial europea de la Organización Mundial de la Salud (OMS),  a cargo del Departamento de Cambio Climático y Salud.

¿Tendremos tiempo suficiente para adaptarnos?

El calor está reventando las autopistas en Alemania, aquí en la A10 de Niederlehme.

El calor está reventando las autopistas en Alemania, aquí en la A10 de Niederlehme.

Kendrovski explica que "las olas de calor de las últimas décadas en Europa han cobrado más vidas que cualquier otra catástrofe natural". Una razón: las altas temperaturas generan, bajo ciertas condiciones climáticas, smog de verano que causa dificultades circulatorias y respiratorias, mientras que el polen desencadena más casos de asma, informa la OMS. Además, las altas temperaturas afectan el sueño. El organismo no puede entonces recuperarse de las tensiones.

"Los bebés y los ancianos son los que más sufren", dice Simone Sandholz, del Instituto Universitario para el Medio Ambiente y la Seguridad Humana, perteneciente a la ONU. Según Sandholz, "la mayoría de las víctimas de las olas de calor vive en ciudades densamente pobladas con poca ventilación".

Y peor en verano, es que, bajo el calor, el cerebro no funciona como debería. Las altas temperaturas reducen la capacidad de pensar hasta un 10 por ciento, según un estudio reciente. Otro estudio en escuelas de Nueva York sugiere que 90.000 estudiantes reprobaron los exámenes, debido al calor que reinaba durante las pruebas.

Un ciclo complejo

En Alemania, los agricultores ya se han resignado a que la cosecha de granos 2018 será mucho menos exitosa que en los últimos años. "Volveremos a tener una producción de cultivos muy inferior a la media", informó Joachim Rukwied, presidente de la Asociación Alemana de Agricultores (DVB). 

Por último, Simone Sandholz, pide reformas de los sistemas de salud, y aboga por una mejor planificación urbana en la lucha contra el calor. El impacto del calor en los barrios podría reducirse a través de parques o corredores de viento, porque, como dice, "no debemos subestimar el calor”.

Irene Baños Ruiz (jov/er)

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