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América Latina

El sí o no de la guerra civil en Venezuela

Quienes refutan la probabilidad de una guerra civil en Venezuela alegan que el oficialismo tiene todas las armas en su poder. ¿Qué otros factores imposibilitan o propician una conflagración fratricida en ese país?

Aunque la situación política de Venezuela es escrutada con mayor exhaustividad desde finales de 2015, los diagnósticos que la prensa mundial hace de su crisis institucional siguen exhibiendo desbalances llamativos. Por un lado, el exceso de cautela que la sigue inhibiendo de afirmar que el de Nicolás Maduro se ha convertido en un régimen dictatorial, independientemente de que el chavista haya llegado al poder a través de los votos. Por otra parte, la recurrencia con que augura una inminente conflagración fratricida. Esa tendencia obliga a preguntar:

¿No es irrefutable, a estas alturas, que el sucesor de Hugo Chávez es un déspota? ¿Qué tendría que pasar realmente para que en Venezuela se desatara una guerra civil? ¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra?

Hechos y palabras

Tomando como referencia la noción de “democracia mínima”, Javier Corrales, profesor de Ciencias Políticas en el Amherst College de Massachusetts, alega sin titubeos que la Revolución Bolivariana ha trocado en una dictadura. “En un país hay democracia cuando tienen lugar elecciones libres y justas, y todos los partidos políticos pueden participar en ellas sin cortapisas. Aun si nos remitimos a esa acepción de democracia –la más elemental de todas– cabe afirmar que ésta dejó de existir en Venezuela”, asegura el experto.

Víctor Mijares, profesor de Relaciones Internacionales en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, coincide con Corrales. “Llamemos al régimen de Maduro como queramos: tiranía, autocracia, autoritarismo competitivo, régimen burocrático-autoritario… Lo problemático es negar el hecho de que en Venezuela no hay una democracia, de que el sistema político imperante en ese país no respeta el Estado de derecho”, subraya el politólogo y alude al éxito con que el establishment chavista persuade a los periodistas de autocensurarse.

Dictadura y resistencia

“Me consta que corresponsales extranjeros edulcoran sus reportes para que no se les expulse del país. Al mismo tiempo, muchos consideran que su cobertura truncada del acontecer nacional es el precio a pagar porque Venezuela tenga una ventana hacia el mundo”, señala Mijares, dejando entrever el peso que las palabras pueden tener en la política. Esto trae a la memoria la suerte corrida por el Hermano Líder y Guía de la Revolución Libia, Muamar al Gadafi, cuando comenzó la Primavera Árabe en 2011.

Mandatarios europeos que llegaron al punto de fotografiarse con Gadafi en poses reverenciales terminaron tachándolo de sátrapa. De ahí en adelante, sus días estuvieron contados. ¿En qué forma cambiaría el forcejeo político en Venezuela si jefes de Estado y de Gobierno, secretarios generales de organismos internacionales y periodistas dejaran de referirse al “presidente Maduro” y comenzaran a llamarlo abiertamente “el tirano Nicolás”? ¿No recibiría la oposición antichavista, automáticamente, el rango de “resistencia” y el apoyo externo correspondiente?

Civismo y violencia sistemática

Agotados los esfuerzos para estabilizar la situación del país, ¿qué implicaciones tendrían ese rebautizo y la nueva narrativa? ¿No quedaría el terreno allanado para que Gobiernos puntuales, bloques de países, fabricantes o trafagadores enviaran armamento a Venezuela con miras a apertrechar a la revolución y a la contrarrevolución, como ocurrió en Angola y Nicaragua? Y, si eso sucediera, ¿qué facción del antichavismo se atrevería a prescindir de las bombas molotov artesanales para emprender la lucha con armas de mayor calibre?

“Ese escenario es posible. Hay muchos intereses en juego de cara a Venezuela por ser una nación petrolera. La influencia de Cuba, China, Rusia y Estados Unidos sobre el sistema político venezolano es innegable. En el Consejo de Seguridad de la ONU se discutió sobre la crisis venezolana porque a más de una potencia le conviene que su evolución favorezca a sus propias ambiciones”, dice Mijares. Corrales admite que el riesgo de una guerra civil es real, pero confía en que la oposición seguirá rechazando el uso sistemático de la violencia “para no caer en esa trampa”.

Antichavismo: “radicales y moderados”

“El actual es el cuarto ciclo de protestas antigubernamentales masivas desde 1999 y, como en los anteriores, la oposición ha mostrado civismo. Aunque Maduro busca propiciar enfrentamientos, provocando a ciertos sectores del antichavismo, los episodios de violencia han sido casos aislados. Conservar el carácter pacífico de las manifestaciones opositoras es el gran desafío; eso hará más difícil que el Gobierno las tilde de sublevaciones armadas para justificar medidas coercitivas más extremas que las implementadas hasta ahora”, acota Corrales.

La heterogeneidad de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), la alianza electoralista de partidos antichavistas, es un factor clave en este contexto. A finales de abril, el semanario germano Der Spiegel citaba al analista político venezolano Nicmer Evans, portavoz de la formación chavista no oficialista Marea Socialista, y al sociólogo alemán Heinz Dietrich, otrora asesor del difunto Hugo Chávez (1999-2013). Evans denunciaba la aparición de fuerzas “armadas, estructuradas y financiadas” en el seno de la mal llamada “derecha”.

La asimetría de los contendores

Y Dietrich pronosticaba que los círculos opositores dispuestos a sacar a Maduro del poder de manera violenta se impondrían sobre los moderados. Pero si la polarización política se ha reducido y la mayoría de los venezolanos ya no comulga ni con Maduro ni con la MUD, como lo asevera el propio Evans desde que se deslindó del gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), ¿qué tan factible es que en el país estalle un conflicto armado como el de El Salvador o Guatemala? Y si ocurre, ¿qué tan asimétrico sería?

Cada vez que las fricciones políticas han derivado en círculos viciosos de protesta y represión –entre los años 2001 y 2003, en 2007, en 2014 y ahora, en 2017–, la prensa internacional ha alertado sobre la proximidad de una guerra civil. Muchos venezolanos reaccionan exasperados, arguyendo que sólo se puede hablar de una guerra civil cuando hay al menos dos bandos armados y subrayando que los fusiles están todos en manos de instancias policiales, militares y paramilitares leales al autoproclamado socialismo del siglo XXI.

Armamento: oferta y demanda

Pero, ¿es acaso inconcebible que un fenómeno similar a La Violencia colombiana prospere en territorio venezolano? ¿Qué traficante que se precie de serlo ignoraría la potencial demanda de artillería en un país de fronteras tan porosas como extensas?  “Aunque me sorprendería que en este mismo instante no estuviera entrando armamento a Venezuela desde Brasil o Colombia, no puedo imaginarme a los jóvenes de la clase media empuñando escopetas”, sostiene Wolfgang Muno, de la Universidad Johannes Gutenberg de Maguncia.

“Lo que sí está claro es que ni la Unión Europea, ni Estados Unidos, ni Rusia, ni China estarían dispuestos a proveer esas armas”, agrega Muno. Thomas Fischer, director del Instituto Central de Estudios Latinoamericanos (ZILAS), adscrito a la Universidad Católica de Eichstätt-Ingolstadt, lo secunda: “No creo que Estados Unidos decida apoyar militarmente a la oposición venezolana como lo hizo con la siria. Y, al menos durante la gestión del presidente Juan Manuel Santos, tampoco creo que Colombia lo haga”.

Ejército, rebeldía y guerrilla

Fischer advierte, eso sí, que la constelación puede cambiar si el uribismo llega al poder en Colombia. El especialista también trae a colación el peligro de que parte del arsenal de las FARC desaparezca durante su proceso de desarme y reaparezca en el mercado negro venezolano. De momento luce descartable el ruido de sables en Caracas; pero, a juicio de Fernando Mires, profesor emérito de la Universidad de Oldenburg, militares descontentos, fusiles en ristre, podrían unirse a la oposición civil si ésta se mantiene en las calles.

“Si se fortalecen las disidencias dentro de las Fuerzas Armadas, uno podría concebir el surgimiento de una guerrilla en Venezuela. Obviamente no deseo eso, pero frente a una dictadura asumida, existe la posibilidad de que finalmente la resolución de la crisis sea violenta. Hay que trabajar para que ello no ocurra”, decía, por su parte, Michael Reid, columnista de la revista The Economist y autor de obras como El continente olvidado. La batalla por el alma de América Latina, al ser consultado por Mariano de Alba en el sitio web ProDaVinci.com

Profecía autocumplida

“Yo me he abstenido conscientemente de usar el término ‘guerra civil’ en mis publicaciones sobre Venezuela, no sólo porque me parece sensacionalista, sino también porque tiene un halo de profecía autocumplida: hablar de guerra civil es como conjurarla. Lo que vemos en Venezuela es una espiral de violencia ascendente porque, como se intensifica la represión estatal, también se intensifica la respuesta. Las agresiones se han vuelto más cruentas y sus blancos, más definidos”, explica Claudia Zilla, de la Fundación Ciencia y Política (SWP), de Berlín.

“Los ataques no son sólo impulsivos, hay también algunos calculados, como se vio cuando la casa natal de Chávez fue incendiada, por ejemplo. Pero si comenzara un conflicto remotamente parecido a una guerra civil, yo me pregunto si realmente veríamos a dos bandos claramente identificables. ¿Combatirían todos los adversarios de Maduro como un bloque? ¿Estarían del mismo lado y actuarían coordinadamente todos los militares, los policías, las milicias bolivarianas y los paramilitares chavistas? Yo no lo creo”, dice la investigadora.

“Conociendo el caos que impera en la sociedad venezolana actualmente –¡y más específicamente en la jerarquía estatal!–, yo imagino que más bien habría divisiones tanto en las filas oficialistas como en las opositoras. Estoy casi segura de que habría un sector pacifista de la oposición que se retraería y diría: ‘Este no es el camino. Esto no es lo que queremos. Esto va a conducir a que nos matemos todos’ ”, comenta Zilla.

Evan Romero-Castillo

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