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Europa

40 años de la OSCE: misión imposible

Proteger los derechos humanos, mediar entre Estados en discordia y prevenir conflictos. Esas son las metas de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) desde que se fundó en Helsinki en 1975.

A la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), que cumple cuarenta años de fundada este sábado (1.8.2015), no siempre se le dio la importancia que hoy se le atribuye. “La OSCE es una gerente de disputas. Puede que, por sí sola, sea una institución relativamente débil; pero, adicionalmente, sus propios miembros la descuidaron mucho”, señala Wolfgang Zellner, del Centro para la Investigación de la Seguridad y la Cooperación en Europa, adscrito a la Universidad de Hamburgo. Fue sobre todo tras el estallido de la crisis ruso-ucraniana que esta instancia dejó de ser percibida como un tigre de papel.

La historia de la OSCE comienza en 1973, en plena Guerra Fría, con la creación de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (CSCE). Esa iniciativa, impulsada por quienes firmaron el Pacto de Varsovia, buscaba atenuar las tensiones entre Occidente y el bloque soviético. El 1 de agosto de 1975, 35 jefes de Estado y de Gobierno firmaron su acta de fundación en Helsinki, Finlandia, comprometiéndose a resolver querellas pacíficamente y a proteger los derechos humanos.

Entre Rusia y los Estados occidentales crece una brecha desde hace más de una década.

Entre Rusia y los Estados occidentales crece una brecha desde hace más de una década.

El dilema ruso de la OSCE

A principios de los noventa, la CSCE contribuyó con el proceso democratizador de los Estados que habían formado parte de la Unión Soviética o surgido tras la disolución del Bloque Oriental; muchos todavía recuerdan sus misiones de observadores electorales. En 1995, la CSCE cambió su nombre a Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), que actualmente tiene su sede en Viena, Austria, y cuenta con 57 miembros. No todos sus socios son europeos: EE. UU. es uno de los fundadores y Mongolia se les unió en 2012.

El hecho de que las decisiones de la OSCE se tomen por consenso y no sean vinculantes nunca paralizó a esta organización. Lo que sí ha comprometido su funcionamiento es la creciente brecha que Zellner y otros expertos vienen percibiendo entre Rusia y los Estados occidentales desde hace más de una década. Moscú acusa a la OSCE de inmiscuirse en sus asuntos internos y de predicar una doble moral en materia de derechos humanos. El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, llegó al punto de amenazar con que su país abandonaría sus filas.

El peligro de la irrelevancia

Alegando que Moscú le había puesto condiciones imposibles de cumplir, la OSCE decidió no enviar observadores a Rusia durante los procesos electorales de 2007, 2008 y 2011. Las fricciones alcanzaron un punto sin precedentes hace algunas semanas, cuando Finlandia le negó la entrada a su territorio al presidente de la Duma y a otros cinco diplomáticos moscovitas, atendiendo a las sanciones que la UE le impuso a Rusia. Muchos se preguntan si la OSCE terminará expulsando al gigante euroasiático, que fue uno de sus fundadores.

El experto en política internacional Olexander Suschko sostiene que el Gobierno de Kiev no está interesado en que Rusia sea suspendida –como lo fue Yugoslavia entre 1992 y 2000– porque es precisamente su pertenencia a la OSCE lo que hace viable el envío de misiones especiales de observadores al este de Ucrania. Y, en este momento, Ucrania es el único ámbito en el que la OSCE brilla por su eficiencia. En el resto del espacio postsoviético, el balance de la organización es más bien desalentador: la OSCE no ha podido resolver conflictos viejos como el del Alto Karabaj ni evitar enfrentamientos como los que surgieron en Georgia en 2008.