Videla, el verdugo de Argentina | América Latina | DW | 18.05.2013
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América Latina

Videla, el verdugo de Argentina

El dictador argentino Jorge Videla falleció a los 87 años en una cárcel de Buenos Aires. Nunca se arrepintió de sus actos e intentaba justificar las masacres que terminaron con la vida de unas 30.000 personas.

En la noche del 16 de mayo, el exdictador argentino Jorge Videla dijo sentirse indispuesto y no quiso comer. Como el médico que lo examinó no halló la fuente de su malestar, el reo fue acompañado hasta su celda. Lo más probable es que se haya arrodillado para rezar, como lo había hecho todas las noches durante años antes de ir a la cama. Fue allí donde encontraron su cuerpo sin vida a la mañana siguiente, a eso de las ocho y media. Al parecer, Videla murió abatido por su propia vejez tras quedarse dormido.

Las decenas de miles de personas que el militar argentino llevaba en la conciencia no tuvieron una muerte tan plácida como la suya: durante el régimen de terror de Videla, entre los años 1976 y 1981, ellas fueron perseguidas y secuestradas, torturadas en centros de detención secretos, separadas de sus hijos, mutiladas al aire libre, fusiladas en patios traseros y lanzadas al Río de la Plata desde aviones reservados para tan macabra tarea. Cualquiera que estorbara a Videla y a sus generales corría esa suerte.

Sindicalistas, demócratas, izquierdistas, teólogos; nadie estaba a salvo de las inclemencias de Videla, quien ponía el destino de los presos políticos en manos de una comisión especial. Ésta determinaba quién era liberado, quién seguía encarcelado y quién era objeto de la “disposición final”; es decir, eliminado. En unas entrevistas publicadas en forma de libro en el año 2012, el propio Videla describía la expresión “disposición final” como “un término militar que alude al acto de desechar las cosas inútiles”.

La “guerra sucia”

Muchos argentinos aplaudieron la intervención de Videla hasta que éste comenzó la “guerra sucia” contra sus propios compatriotas.

Muchos argentinos aplaudieron la intervención de Videla hasta que éste comenzó la “guerra sucia” contra sus propios compatriotas.

La elección de sus palabras sugiere que, hasta el final de sus días, Jorge Videla no sintió ni un ápice de remordimiento. Lo que él y sus generales hicieron debía hacerse, enfatizaba cada vez que podía. A juicio de Videla, el objetivo del golpe de Estado de 1976 era disciplinar a una “sociedad anárquica”, salir del “populismo demagógico“ imperante e instaurar una “economía de mercado liberal”. Lo que Videla llamaba “Proceso de Reorganización Nacional” se llevó adelante a costa de unas 30.000 víctimas.

Muchos argentinos aplaudieron la intervención política de los militares en 1976. Quienes alegaban que los extremistas –sobre todo la guerrilla izquierdista de los “Montoneros”– habían sembrado el terror durante años, contaban con que Videla y los suyos traerían paz y tranquilidad… hasta que el dictador comenzó a prohibir partidos y anuló el Parlamento. Entonces, ya era demasiado tarde para librarse de él. La “guerra sucia” del tirano contra sus propios compatriotas había comenzado.

Al finalizar su dictadura, Videla fue condenado a cadena perpetua por primera vez; en 1990, el presidente de turno, Carlos Saúl Menem, lo amnistió; y en 2010, el tribunal constitucional de Argentina revocó esa amnistía. Desde entonces tuvieron lugar numerosos procesos judiciales en su contra por sus crímenes contra la humanidad, por el robo sistemático de niños, por asesinatos y secuestros. Cuando se le impusieron largas condenas por estos delitos, Videla pareció reaccionar con indiferencia, como encogiéndose de hombros.

Venció la justicia

Los argentinos se han enfrentado a su historia reciente para procesarla debidamente.

Los argentinos se han enfrentado a su historia reciente para procesarla debidamente.

Videla siguió percibiéndose como un “prisionero político” hasta el final y nunca pidió perdón por sus actos. “Teníamos que eliminar a mucha gente”, repetía el militar una y otra vez. Mientras tanto, sus víctimas y los descendientes de estos se han empeñado en obtener justicia y desagravios. “Videla era un malvado. Él nunca vino a pedir disculpas por lo que hizo”, comenta Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, una organización no gubernamental dedicada a encontrar a quienes desaparecieron durante la dictadura.

A este tipo de grupos y a las políticas de Néstor Kirchner, presidente de Argentina entre 2003 y 2007, se debe que los argentinos se hayan enfrentado a su historia reciente para procesarla debidamente. Videla, en cambio, no contribuyó en nada a este proceso. La diputada Victoria Donda, que nació en un centro de torturas y fue separada de su madre, dice al respecto: “Videla murió después de que un tribunal lo condenara por sus fechorías. La sociedad no permitió que sus actos quedaran impunes”.

El tozudo dictador tuvo que agachar la cabeza frente a la justicia democrática. Esa es una suerte de consuelo para muchos argentinos.

Autor: Marc Koch, desde Buenos Aires / ERC
Editor: Diego Zúñiga

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