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Europa

Un proyecto de derribo que divide a Moscú

Inquietud en la capital rusa. Un macroproyecto de derribo de antiguas viviendas ha desatado protestas que ponen en jaque a las autoridades municipales de Moscú. La presión puede llegar a afectar a Putin.

"Yo puse en casa auténtico parqué de roble que me salió muy caro”, dice Marina Georgievna. "Cada vez que lo limpio, me pregunto quién me va a compensar por ello si me tengo que trasladar de vivienda”. Ese es el motivo por el que esta pensionista está en contra del gran proyecto de derribo de antiguas viviendas soviéticas en Moscú. El pasado 14 de mayo salió a las calles para manifestarlo. Junto a ella, otros más de 17.000 ciudadanos protestaron contra los planes del gobierno municipal. Este domingo, 28 de mayo de 2017, se prevé una concentración de similar magnitud.

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Adiós a la herencia de Nikita Kruschev

El ambicioso plan comenzó a ponerse en marcha el pasado mes de febrero, cuando el alcalde de Moscú, Serguéi Sobjanin, recibió luz verde del presidente, Vladimir Putin. Durante la Unión Soviética, estas viviendas, construidas en la década de los 50 y 60 por orden de Nikita Kruschev, eran conocidas como "kruschevski”. Se trata en su mayoría de edificios de cinco plantas sin ascensor, con departamentos pequeños y paredes sin aislamiento acústico. La gente tiene una relación de amor odio con estas casas. Por un lado, muchos cumplieron en su día el sueño de poseer cuatro paredes, pero, por otro, la calidad de las construcciones es paupérrima.

Según el alcalde de Moscú, Serguéi Sobjanin, muchas de estas viviendas se encuentran en un estado muy deteriorado, por lo que está previsto su derribo para construir bloques nuevos y mejores. Ya desde hace una década está en marcha un plan de renovación urbanística de Moscú, pero ahora será ampliado sustancialmente. De acuerdo con las cifras oficiales, más de un millón y medio de moscovitas se verá afectado por él en los próximos años. 

Esperanza e incertidumbre

Lo que a primera vista parece sensato, resulta en realidad polémico. La gente piensa que hay gato encerrado. Muchos moscovistas temen que al final tendrán que trasladarse a un barrio peor y creen que el proyecto afectará también a casas bien conservadas, con el fin de hacer hueco a edificios nuevos y caros. Sin embargo, también hay moscovitas que ven en este proyecto la ocasión de escapar de viviendas miserables. Por ejemplo, la familia Semzov, del barrio de Ismailov. Siete personas conviven en 50 metros cuadrados: Valeria Semzova junto a su marido e hijos, sus padres y familiares de su hermano. La cocina es tan pequeña, que en ella solo pueden comer de uno en uno. Por eso tienen esperanza en poderse mudar a una casa más moderna. El Instituto ruso de Análisis de Opinión, cercano al Gobierno, aseguró el pasado mes de abril que más de dos tercios de los moscovitas apoyan el proyecto de reurbanización.

Russland Häuser zum Abriss in Moskau (DW/W. Ryabko)

Edificios moscovitas candidatos a la demolición.

Hasta finales de junio, los inquilinos pueden votar si están a favor o en contra de que sus viviendas sean incluidas en el plan. Pero muchos critican que la votación no se realiza de forma transparente. Las protestas han obligado a las autoridades a hacer cambios en el proyecto. Por ejemplo, han alargado el período para el desalojo de la antigua vivienda de 60 a 90 e incluso a 120 días. Además están previstas nuevas modificaciones antes de la aprobación definitiva de la ley. Pero el gobierno municipal ha dejado claro que el proyecto se va a implementar, aunque los expertos vaticinan que durará más de los diez años previstos. 

Protesta previa a las presidenciales

Lo singular de la protesta contra los planes de derribo es que la gente no quiere que los políticos se inmiscuyan con sus discursos en ella. El bloguero y opositor Alexéi Nawalny acudió el pasado día 14, pero, según testigos, fue conducido fuera antes de que llegara la policía. A otro opositor, Dimitri Gudkov, se le dio, de manera excepcional, la posibilidad de hablar, pero la rechazó por solidaridad con Nawalny.

 Aunque la protesta continúe al margen de la política, puede llegar a afectarla. Desde que se desencadenó la fuerte ola de protestas contra los fraudes electorales y la vuelta de Putin en el invierno de 2011, los moscovitas apenas han salido masivamente a las calles. En 2018 habrá presidenciales. Es casi seguro que Putin será otra vez candidato. Un movimiento de protesta social en la ciudad más poblada e influyente de Rusia no pondrá en peligro su reelección, pero arrojará una sombra sobre ella.

Autores: Roman Goncharenko y Julia Vishnevskaya (MS/MN)

 

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