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Europa

Refugiados en Macedonia, camino al norte

Miles de refugiados abarrotan la estación ferroviaria de Gevgelija, en Macedonia. Lo que las autoridades exigen de ellos, muchas veces en los peores tonos, parece claro: que sigan viaje a Serbia.

“Malditos terroristas”, grita un policía macedonio, mientras empuña su linterna e intenta descubrir refugiados ocultos tras los vagones. Entre los que huyen, la lucha diaria por una buena posición de arrancada empieza cada noche, cuando el tren de Tesalónica a Belgrado cruza la frontera entre Grecia y Macedonia y se detiene en la localidad de Gevgelija.

Unas dos mil personas esperan en la pequeña estación, con su pasaje comprado. Máximo doscientas de ellas podrán abordar el tren. “Terroristas. ¿Qué otra cosa podrían ser? Vienen todos de Siria”, prosigue alterado el policía. Sus colegas parecen más calmados. Aunque andan todos ataviados como para una batalla campal −con cascos, escudos y chalecos antibalas−, la mayoría fuma y conversa sonriente.

Tres días de gracia

Sin embargo, desde el viernes, se suceden aquí escenas que no dan la menor gracia. Personas que provienen de zonas en conflicto de todo el mundo luchan por alcanzar puesto en estos trenes repletos. Los niños son metidos y sacados por las ventanas, en dependencia de si los padres logran unírseles o no.

Algunos han probado a abrirse paso hasta con cuchillos en la mano. Hubo muchos heridos. Ahora las autoridades macedonias les entregan un documento en la estación, que les permite moverse libremente por el país con medios de transporte público. Pero esa libertad dura solo 72 horas. Pasado ese tiempo, los inmigrantes deberán haber dejado el país, atravesando los 180 kilómetros que los separan de Serbia, o haber completado su solicitud de asilo –algo que ninguno de los refugiados quiere hacer en Macedonia.

Mohammed ya ha perdido dos de esos días. El paquistaní de 25 años está sentado en el borde del andén, rodeado de coterráneos. Todos han hecho un viaje peligroso, atravesando Irán y Turquía, para llegar finalmente a la costa griega en el bote de un traficante de personas. Ya en Gevgelija, después de todo eso, la falta de una ducha o una cama no le parecen gran cosa a Mohammed: “¿Usted no ha visto la televisión paquistaní? Hace dos meses los talibanes atacaron una escuela y mataron a muchos niños, inocentes de seis, ocho años.” Mohamed no está dispuesto a usar la violencia para subir al tren. La policía prioriza a las familias con niños y él lo encuentra bien: “No tengo ni la más mínima oportunidad aquí”.

Exportar el problema

Gente como Mohammed han sido por estos días los mejores clientes de Angel Stanojkov. El taxista espera paciente, mientras escucha música pop estadounidense. Como casi todos sus colegas, Stanojkov espera que alguno de los refugiados se aburra de esta estación y hurgue hondo en su bolsillo, para tratar de avanzar hacia el norte: "Cobramos 100 euros por el viaje de cuatro personas hasta Tabanovce. Es un precio realista, no exagerado."

Tabanovce es el próximo puerto de la llamada “Ruta de los Balcanes”, un pueblito en el norte de Macedonia, a dos kilómetros de la frontera serbia. “Ofrecemos llevarlos hasta el paso oficial de la frontera, pero ellos se bajan antes y cruzan a pie, otros caminos”, cuenta Stanojkov.

Este empobrecido país balcánico se ha visto totalmente desbordado por la ola de refugiados que llega sin control desde Grecia. Se estima que unos dos mil inmigrantes llegan al país diariamente. El sistema de acogida colapsó hace mucho. En Skopie, la capital, el centro de acogida de Gazi Baba, por ejemplo, quedó cerrado a fines de julio. Llevaba meses repleto y cercado, nadie podía salir o entrar. La organización humanitaria Pro Asyl lo califico como “centro de detención”. Desde entonces, la estrategia macedonia ha sido pragmática: les muestran a los refugiados el camino a Serbia y dejan la frontera sin ninguna vigilancia.

Negociar con el problema

El alcalde de Gevgelija, Ivan Frangov, tiene sus propias ideas. Inspirado por Hungría, propone construir una cerca entre Grecia y Macedonia, para evitar que los refugiados sigan ensuciándola, según ha declarado a la agencia serbia de noticias Tanjug. Pero no todos en Gevgelija le dan la razón. Muchos, por el contrario, intentan aprovechar la situación. Sobre múltiples mesas de plástico, florecen pequeños negocios: por un euro los refugiados pueden conseguir dos plátanos, una bolsa de palomitas de maíz o una botella de agua. Por el mismo precio, pueden recargar su móvil. Todo sin comprobantes, por supuesto. A la policía no parece estorbarle y los improvisados “comerciantes” se rehúsan a hablar con la prensa.

Por un euro los refugiados pueden conseguir dos plátanos, una bolsa de rositas de maíz, una botella de agua, o recargar su móvil.

Por un euro los refugiados pueden conseguir dos plátanos, una bolsa de rositas de maíz, una botella de agua, o recargar su móvil.

En los alrededores de la estación, los habitantes parecen ya habituados a la situación. Aunque unos cientos de metros más allá, dice el taxista Stanojkov, en los bares y la zona de peatones, comienzan a surgir teorías conspirativas. Algunos aseguran que los inmigrantes traerán epidemias consigo, otros, que los tratarán de ocupar. Para Stanojkov, sin embargo, todo esto huele a una conspiración internacional: “Esto tiene que ser cosa de los americanos, o a lo mejor de los europeos. La guerra en Siria no empezó sola”, asegura.

A Mohammed, el refugiado paquistaní, no le interesan esos rumores. Acepta el pacto tácito que proponen las autoridades macedonias: seguir hacia Serbia o Hungría. No tenía noticias de que Hungría pretende terminar de levantar su cerca fronteriza a fines de agosto. “Mucha gente huye a Europa. Y yo los sigo”, dice. En su vocabulario, Europa empieza allí donde se puede solicitar asilo con la esperanza de una vida mejor: “Si tengo suerte, podré llegar a Alemania”. Allí quiere hallar un empleo para trabajar por un mejor futuro, “si tengo suerte”, repite.