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Global Ideas

Protegiendo el bosque nuboso de Tanzania

A través de proyectos de conservación locales y guiando a los turistas, la población local que vive alrededor de la Reserva Natural de Amani, en Tanzania, está protegiendo la tierra que una vez explotó.

Durante siete años, día y noche, Juma Ayubu Kidy rastreaba a fondo un rincón del bosque nuboso de Tanzania, atrapando camaleones, pájaros, tortugas y otros animales considerados valiosos en el comercio ilegal de mascotas. Un día, un conservacionista local sorprendió a Kidy mientras, agachado en el bosque, llenaba una cesta con ranas vivas. En lugar de una confrontación, ambos mantuvieron una conversación.

"Lo convencí para que dejara de practicar actividades ilegales, y le prometí un trabajo temporal como vigilante durante mi trabajo de campo”, cuenta Víctor Mkongewa, conservacionista de la Reserva Natural de Amani, que también creció en la región, donde continúa viviendo. Kidy ahora trabaja como vigilante y guía turístico en la reserva de 8.000 hectáreas (20.000 acres), utilizando su conocimiento sobre las especies locales para protegerlas en lugar de cazarlas. 

"Se ha convertido en un buen asistente de campo, y disfruta con su trabajo”, añade Mkongewa. El excazador furtivo no es el único que ha cambiado de bando. A través de asociaciones financiadas por el parque en la Reserva de la Biosfera del Este de Usambara, y por otras organizaciones no gubernamentales, nativos como Kidy están aprendiendo a gestionar, en lugar de explotar, el bosque y las tierras de cultivo circundantes, al mismo tiempo que se ganan la vida.

Grandes charcos, donde una vez había árboles.

Debido a la intensa deforestación, partes del bosque en y alrededor de Amani fueron fragmentadas.

La riqueza natural saqueada

La rica biodiversidad de la cordillera Usambara, que incluye especies endémicas y amenazadas, es responsable de que las montañas también sean conocidas como "las Islas Galápagos de Tanzania Oriental”. Situadas a unos 340 kilómetros al noreste de la capital de Dar es-Salam, antes parte de África Oriental alemana, las montañas tienen una larga historia de asentamientos humanos y explotación.

Asimismo, el área ha sufrido graves desafíos ambientales tanto por el impacto de la población local, que está creciendo a una tasa del 4 por ciento – casi el doble del promedio nacional– como de empresas externas e individuos con intereses en el oro, la agricultura, la madera y los reptiles para el comercio ilegal de mascotas.

Según el Programa Forestal Nacional, los bosques de las montañas orientales de Usambara fueron talados a un ritmo de hasta 500.000 hectáreas al año entre 1971 y 1999. A medida que se fragmentaban los hábitats, los corredores de vida silvestre se aislaban y los recursos eran sobreexplotados.

Un camaleón verde.

El triocero de Jackson, una especie de camaleón con tres cuernos, es un reptil endémico de esta región.

Aunque la Reserva Natural de Amani –de unos 84 kilómetros cuadrados– fue establecida en 1997, la agricultura intensiva, la caza furtiva y la minería de oro han continuado dentro de ella.

Iniciativas agrícolas

Teniendo en cuenta los desafíos económicos, los proyectos ambientales dentro del parque no solo enseñan a la población local a restaurar el hábitat y proteger la vida silvestre, sino también a cultivar huertos para su propio consumo y para la venta de excedentes en el mercado local.

A través de un programa de cooperación con Kihime Family Africa, los lugareños ya han plantado más de 30 especies de árboles nativos en tierras abandonadas, que pueden crecer fácilmente junto con otros árboles introducidos para el cultivo comercial, como el clavo y la canela. El cuidado de estos cultivos entre la vegetación nativa mejora la biodiversidad en general, aumentando los "servicios ecosistémicos” esenciales como el ciclo del agua, la polinización y la dispersión de semillas.

"Al mismo tiempo, se beneficia a las comunidades locales, que también pueden utilizar los árboles de cultivo comercial”, explica a DW Norbert Cordeiro en un correo electrónico, nativo de Tanzania de la Universidad Roosevelt de Chicago, que regresa una vez al año a Amani.

Un hombre en un árbol.

Juma habla sobre frutas comestibles y las prueba él mismo.

Un huerto para todos

Los aldeanos también cosechan las semillas de árboles nativos, tales como el Allanblackia stuhlmannii, del que se extrae aceite comestible utilizado para la fabricación de diversos productos, como la margarina y el jabón. "La gente toma esas semillas y las cultiva en sus terrenos agrícolas, así que de alguna manera les está ayudando a aliviar la pobreza”, cuenta a DW Henry Ndangalasi, de la Universidad de Dar es-Salam, que trabajó en el proyecto.

En colaboración con la Reserva Natural de Amani, la población local que vive alrededor del parque ahora también tiene sus propios huertos, colmenas y estanques de peces, vendiendo el exceso de suministros en el mercado y a un número creciente de turistas.

La reserva está bien conectada con pueblos vecinos y comerciantes cercanos, pero las carreteras necesitan ser asfaltadas, un proyecto que podría durar años, pero que, sin embargo, es necesario poner en marcha. No obstante, no es nada nuevo que el progreso sea lento cuando se trata del medio ambiente.

Haciendo frente a los desafíos actuales

Cuando en 2003 fue descubierto oro en Amani, miles de tanzanos se congregaron en la reserva, estableciendo campamentos ilegales, contaminando arroyos y erosionando la vegetación nativa. Si bien la práctica ha disminuido significativamente en los últimos años, todavía sigue presente.

Un hombre plantando árboles.

La población local alrededor de Amani planta árboles en agujeros excavados por mineros.

Las aldeas que rodean al parque tienen su propio comité medioambiental, con dos representantes que patrullan el bosque para evitar actividades ilegales como la tala de árboles y la minería de oro. Ellos conocen bien el terreno y cada vez son mejores en la identificación de sitios, que han sido saqueados por sus recursos. Pero solo el reconocimiento no es suficiente.

En una tarde de martes soleada, a principios de este año, Mkongewa movilizó a 700 personas de las aldeas cercanas para plantar árboles en tierras fangosas que habían sido deforestadas por la minería. "Quiero enseñar a los lugareños a preservar el bosque, porque el bosque lo es todo”, dice Mkongewa. "Se dan cuenta de que conservándolo aseguran su existencia a largo plazo, en lugar de talar los árboles en dos días y esperar 100 años hasta que el bosque se regenere", concluye.

Autor: Rachel Stern (DZC)