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El Mundo

Opinión: Scaramucci era un síntoma, el problema es Trump

Incluso tratándose del gobierno de Trump, el caos de los últimos días en la Casa Blanca no tiene precedentes. Aun cuando la partida de Antony Scaramucci sea un avance, el problema de fondo persiste, opina Michael Knigge.

Quizás la meta secreta de Donald Trump sea efectivamente establecer el récord de los períodos más breves y los más rápidos cambios de personal en la Casa Blanca de toda la historia de Estados Unidos. Si ese fuera el caso, con el sorpresivo despido del director de Comunicaciones Anthony Scaramucci, nombrado apenas pocos días antes, su Gobierno iría "por buen camino" para cumplir tal objetivo.

Pero el relevo del portavoz Sean Spicer, del jefe de Gabinete Reince Priebus, y del recién designado director de Comunicaciones, en tan corto lapso, en realidad es demasiado problemático como para bromear al respecto. Porque las circunstancias en las que todos ellos abandonaron al Casa Blanca son tan dramáticas que ni siquiera habrían tenido cabida en la serie "West Wing" (El ala oeste de la Casa Blanca).

Permanentes disputas en la Casa Blanca

Las inevitables intrigas son una constante en la Casa Blanca de Trump desde su llegada a la presidencia, y hacen que la sede de Gobierno luzca acéfala y caótica, en tiempo de innumerables desafíos nacionales e internacionales. En circunstancias normales, la tarea de la Casa Blanca es elaborar una agenda política consistente para el Gobierno y organizar un trabajo fluido entre los diversos ministerios, reparticiones estatales y el Congreso. En lugar de ello, con Trump, la Casa Blanca está ocupada únicamente de querellas internas y traiciones.

La inexperiencia política y profesional de muchos de los más cercanos asesores de Trump de seguro ha contribuido a esta situación. Pero ese no es el motivo principal de que este centro gubernamental  sea incapaz de hacer avanzar la presidencia de Trump.

Seamos sinceros: el problema principal por el cual esta Casa Blanca no funciona hasta ahora en grandes áreas es el propio presidente. Donald Trump no solo eligió personalmente a la mayor parte de sus colaboradores (a menudo contraviniendo los consejos de observadores con experiencia), sino que cree que una enconada cultura de confrontación entre los diversos individuos y facciones dentro de la Casa Blanca arrojará buenos resultados. No es así.

Falta la cadena de mando

Michael Knigge

Michael Knigge

Tan problemática como el ambiente de trabajo imperante en la Casa Blanca es la incapacidad del presidente de permitir, y menos de exigir, una clara cadena de mano que no lo involucre en cada paso. Scaramucci, que se comportaba como el alter ego de Trump, no solo había predicho la salida de su rival Priebus, sino que también se había jactado de informar directamente al presidente y no al jefe de Gabinete, como es usual. A todas luces Trump disfruta de inmiscuirse en todo y de no ceñirse al protocolo establecido.

A ello se suma la inclinación de Trump a provocar controversias a través de su cuenta de Twitter con su, llamémoslo "poco convencional", punto de vista sobre acontecimientos de actualidad. Como resultado, este comportamiento del presidente redunda en que la Casa Blanca y todo su Gobierno, de facto, sea incapaz de gobernar.

Los límites del poder de John Kelly

El ejemplo más reciente: pocas horas después de la salida de Scaramucci, un tweet de Trump terminaba con las palabras "no hay caos en la Casa Blanca". Ese solo mensaje plantea dos interrogantes: "¿Creerá el propio presidente lo que escribe? Si es así, sería un gran problema, porque un presidente que pierde el sentido de la realidad no puede ser un buen presidente. Por eso, la segunda pregunta es aún más importante: ¿Permitirá Trump a su nuevo jefe de Gabinete, John Kelly, tomar decisiones no solo en el ámbito de la Casa Blanca sino también en el áreas de competencia formal del presidente?

Sobre la base de lo que se ha visto en los pasados seis meses, no cabe apostar eso. Aun cuando sigue siendo imposible prever nada de lo que ocurrirá en este Gobierno, si fracasa también este intento de poner orden en la Casa Blanca, sería un claro indicio de que la presidencia de Trump está condenada al fracaso.

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