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América Latina

Opinión: Poca esperanza para Venezuela

El Gobierno fijó la fecha de las elecciones, y la oposición ha dado por terminada su huelga de hambre. Lo que puede ser un punto de inflexión para Venezuela. Pero ser optimista en este país es difícil, opina Uta Thofern.

La fecha tiene un valor simbólico. El 6 de diciembre de 1998, Hugo Chávez fue elegido por primera vez presidente de Venezuela y, a partir de ese momento, comenzó el avance triunfal de la Revolución Bolivariana. El Consejo Electoral de Venezuela ha decidido celebrar las elecciones el próximo 6 de diciembre, medio año antes de lo previsto en el marco de los plazos constitucionalmente establecidos. A pesar de que coincide con el aniversario chavista, la oposición celebra la fecha elegida. Y es que en las últimas semanas, la convocatoria anticipada de elecciones había sido una de las principales demandas exigidas durante las protestas. El líder opositor encarcelado, Leopoldo López, ha puesto fin a su huelga de hambre y el político de la oposición, Henrique Capriles, ya ha proclamado el 6 de diciembre como “la fecha del cambio”. Incluso Estados Unidos considera la fijación de la cita como un paso positivo.

Entonces, ¿vuelta a la normalidad? No. La absurda concentración del debate político en torno a algo tan normal como la convocatoria de la fecha de las elecciones demuestra la situación en la que está sumida Venezuela. Al parecer, la oposición que encabeza López buscaba desesperadamente una manera de atraer la atención internacional. Y lo ha conseguido gracias a una huelga de hambre. Pero un gobierno que se distingue por su rechazo al “imperialismo occidental” no se deja influir fácilmente por Estados Unidos o Europa. Sus vecinos latinoamericanos, por el contrario, han reaccionado mandado mensajes de solidaridad al gobierno de Maduro o, simplemente, demostrando una elegante moderación. Con todo, la presión para fijar una fecha ha servido para poner fin a una huelga de hambre de final incierto.

Uta Thofern dirige la redacción de DW para América Latina

Uta Thofern dirige la redacción de DW para América Latina

Pero Leopoldo López sigue en la cárcel, y con él muchos otros líderes opositores, entre ellos el alcalde electo de Caracas, quien se encuentra bajo arresto domiciliario. En Venezuela, cualquier acción de protesta es susceptible de ser denunciada como incitación a la rebelión y puede ser motivo suficiente para acabar detenido. Aún así, parece que la libertad de prensa sigue garantizada, aunque en la práctica se vea obstaculizada y cada vez más restringida, ya sea por demandas contra periodistas o por falta de papel, algo que, curiosamente, sólo sufren los periódicos opositores. Nadie entiende que uno de los países más ricos de Latinoamérica, en lugar de poner en práctica una política económica diferente, siga negando lo evidente y castigue a unos ciudadanos que día a día sufren escasez y las consecuencias de la falta de suministros.

Y aún así, la oposición sigue sin ponerse de acuerdo. Por un lado, el tranquilo Capriles confía en un cambio democrático y trata de convencer políticamente a antiguos partidarios de la revolución bolivariana. Por otro, el carismático López quien, con sus acciones de relumbrón hace un llamamiento a la solidaridad internacional, pero sin conseguir con ello un mayor margen de maniobra. Y entre ambos, representantes de una élite rica y acomodada a la cual muchos ciudadanos venezolanos siguen catalogando de arrogantes y egoístas.

El 6 de diciembre se irá a votar. La Organización de Estados Americanos se ha ofrecido a enviar observadores electorales. Algo para lo que la Unión Europea también estaría lista. Pero Venezuela sólo permitirá un seguimiento de los comicios para parte de algún gobierno perteneciente a la Unasur. A pesar de las encuestas, el presidente Maduro está seguro del triunfo. Y no olvidemos que, en caso de que la oposición reclame para sí la victoria en las elecciones, es posible que los enfrentamientos sociales y las protestas masivas acaben como el sangriento Caracazo de 1989.

¿La fecha del cambio? Conseguir un poco más de cultura política ya sería un avance. Y quizá un poco más de atención internacional, sobre todo de los países vecinos.

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