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El Mundo

Opinión: Pekín debe frustrar los cálculos de Kim Jong-un

Con el supuesto ensayo de una bomba de hidrógeno, Corea del Norte pretende reforzar su posición negociadora. Ahora le toca a Pekín demostrar con hechos las ambiciones de su nueva política exterior, dice Alexander Freund.

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Alexander Freund, jefe del programa para Asia de DW.

Como si no hubiera suficientes problemas en el mundo, ahora un déspota impredecible detona una bomba de hidrógeno. Al menos eso dice. La preocupación de los vecinos de Corea del Norte y las encendidas reacciones internacionales están justificadas. Aunque el anuncio no fue, desde luego, una sorpresa. Se preveía que el miembro más joven de la dictadura hereditaria de los Kim, tarde o temprano, querría hacerse notar.

Sus primeros años en el poder los ha dedicado a afianzar despiadadamente su posición interna. Eso, obviamente, no era suficiente. También tenía que mostrar su poderío frente a su propio ejército y a los ejércitos extranjeros. El presunto ensayo de una bomba de hidrógeno es un intento de regresar a la mesa de negociaciones con más fuerza. Eso significa desempolvar el comunismo trasnochado de Corea del Norte al tiempo que se eleva "como potencia nuclear al siguiente nivel".

Kim podría tener éxito

Tardaremos en saber si Corea del Norte realmente ha conseguido detonar una Bomba H. Cuando por primera vez, en 2006, anunció que disponía de la bomba atómica, no fue tomado en serio. Todavía despertaba dudas tres años después. Pero en 2013 realizó una detonación subterránea mucho más potente que la que destruyó Hiroshima. Y eso no sería nada comparado con el poder destructivo de una bomba de hidrógeno. Sin embargo, se trata de un país que la comunidad internacional considera que lleva décadas de retraso en casi todas las áreas tecnológicas.

Pero quizá tenga éxito Kim Jong un en su burdo intento. Tras la condena de la ONU y el endurecimiento de las sanciones, Estados Unidos demuestra con ejercicios navales su compromiso con Corea del Sur y Japón. A medio plazo es probable que se retomen las conversaciones a seis bandas entre las dos Coreas, Estados Unidos, Rusia, Japón y China. En la última ronda de contactos, tras duras negociaciones, se pudo al menos en parte hacer entrar en razón a Pyongyang. A cambio, Corea del Norte recibió la ayuda económica que desesperadamente necesitaba. Si logra algo así de nuevo, a Kim Jong-un le volverían a salir los cálculos.

Romper el círculo de provocaciones

Pero los tiempos han cambiado. En los Estados Unidos gobierna un presidente vacilante que ni con lágrimas en los ojos puede traer sensatez a los locos por las armas en su propio país. El gobierno nacionalista y conservador de Japón ya no está dispuesto a resolver los conflictos únicamente con su tarjeta de crédito. Corea del Sur se ha acercado a China. También a Japón. Se atisba la distensión.

Y, sobre todo, en Pekín gobierna un mandatario fuerte, decidido a reposicionar a China en la economía mundial y, también, en política exterior. A la nueva superpotencia no le debe gustar que su aliado Corea del Norte juegue de este modo en su patio trasero. Una y otra vez, Corea del Norte ha desairado al anfitrión de las últimas negociaciones a seis bandas. Desde 2009 están en suspenso. El golpe para el prestigio chino fue considerable.

Si Pekín quiere corroborar las ambiciones de su nueva política exterior, debería poner límites a Corea del Norte en vez de construir bases militares en los atolones del Mar del Sur de China. El presidente chino podría utilizar fácilmente su influencia sobre Corea del Norte. Si Pekín suspende su apoyo económico para la dinastía Kim, Corea del Norte tendría que ceder. A las encendidas críticas de Pekín contra el Gobierno de Pyongyang deben seguir ahora hechos.


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