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Europa

Opinión: “No es poder, sino responsabilidad”

Hans-Dietrich Genscher fue un auspiciante de la reunificación alemana. Hoy, el exministro germano de Exteriores clama por una Alemania europea y por un bloque comunitario que sea la encarnación de un orden justo.

Alemania encontró su puesto en el lugar al que siempre perteneció: en el corazón de Europa. El poeta y diplomático francés Paul Claudel dijo en el verano de 1945: ustedes los alemanes deben abstenerse de querer dominar Europa. Ustedes –el pueblo del centro, el pueblo con más vecinos– deben conseguir que los pueblos a su alrededor se entiendan entre ellos y comprendan que sólo juntos tendrán un futuro. Esa es la Alemania europea.

En principio, la República Federal de Alemania (RFA) –la parte occidental de Alemania– reconoció esa responsabilidad histórica poco después de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial y del régimen nacionalsocialista, y actuó en consecuencia. Con su decisión temprana de integrarse al bloque de los países occidentales, la RFA definió su posición en nombre de todos sus habitantes: ella se radicó en la comunidad de las democracias occidentales. De la misma manera, la nación dividida, la nación vencida debe encaminarse por la vereda que conduzca al equilibrio y al entendimiento entre el Oeste y el Este.

Hans-Dietrich Genscher fue ministro de Exteriores y Vicecanciller de la República Federal de Alemania entre 1974 y 1992

Hans-Dietrich Genscher fue ministro de Exteriores y Vicecanciller de la República Federal de Alemania entre 1974 y 1992

Superar las barreras en lugar de arrimarlas

La política alemana de acercamiento a la Unión Soviética y a los Estados de Europa Oriental abrió oportunidades para fijar un nuevo punto de partida para las relaciones entre Occidente y Oriente. Eso sólo podía ser –¡sólo debía ser!– un esfuerzo conjunto de todos los Estados occidentales y orientales. El foro para esos esfuerzos fue la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (CSCE), que presentó un plan político maestro encarnado en la Declaración de Helsinki de 1975 y avalado desde Vancouver hasta Vladivostok. Valga el énfasis: ese tratado tenía valor para las democracias norteamericanas y para toda la Unión Soviética, incluidos sus bastiones asiáticos. El resultado de ese pacto fue la superación de las barreras que dividían, no solamente a Alemania, sino a toda Europa.

“¿De verdad?”, se preguntará más de uno al ver el paisaje político de hoy. Y la pregunta es pertinente porque algunos parecieran estar menos interesados en superar las barreras que en arrimarlas desde el centro de Europa hacia el Este. ¡Cuidado! Eso sería un error histórico y, por cierto, también una violación de la filosofía fundamental implícita en la Carta de París, suscrita el 21 de noviembre de 1990. Ese documento comprometía a los Estados miembros de la CSCE a replantear la cooperación entre ellos.

Impulso para la unidad de Europa

Así como la Alemania dividida le dio un espaldarazo a la unificación europea, la Alemania reunificada está llamada a darle un nuevo impulso a ese proceso. Y deberá hacerlo en dos direcciones. Primero, buscando la concordia con claridad y pasos decididos. La cuestión por decidir no es si habrá más Europa o menos Europa; la cuestión es si seguiremos construyendo y consolidando a Europa o si regresaremos todos a las trincheras de antaño. Segundo, evitando las tentaciones divisionistas en una Europa donde la unión ha dado tan buenos frutos.

¿El rol de Alemania en este proyecto? Su papel no debe ser el del mandamás, sino el del motor, el del generador de ideas y el de la memoria; es decir, Alemania debe ser quien le recuerde a sus vecinos las advertencias hechas por Claudel en 1945. Ahora, con un nuevo orden mundial en ciernes, la meta es convertir a Europa en un laboratorio que pueda ser percibido en todas partes como una entidad justa. En otras palabras, la nueva Alemania en la nueva Europa no debe ser sinónimo de mayor poder, sino de mayor responsabilidad.

Alemania debe asumir responsabilidad para conseguir que éste sea un mundo de igualdad, no para ejercer su supremacía en un mundo donde todos tienen claro que a ningún pueblo le irá bien por mucho tiempo mientras a otros les vaya mal. Esa noción es el resultado de la interdependencia global, una condición que une a los pueblos del planeta, no ya en una comunidad de pueblos, sino en una comunidad de supervivencia.

Hans-Dietrich Genscher fue ministro de Exteriores y Vicecanciller de la República Federal de Alemania entre 1974 y 1992. A mediados de septiembre publicó su libro “Mi visión de las cosas”.

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