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Europa

Opinión: Maastricht, ¿más que un sueño europeo?

Hace 25 años se firmó el Tratado de Maastricht, que impulsó la integración y sentó las bases para el euro. En opinión de Christoph Hasselbach, necesitamos un nuevo realismo en lugar de la euforia de aquel entonces.

En 1992 reinaba un ambiente de entusiasmo: Europa había decidido unirse más a nivel económico y político. Incluso se esperaba que el proceso llevaría a la creación de los Estados Unidos de Europa. El euro, la moneda común, sería el símbolo de los europeos, una idea fantástica para aquel entonces.

A fin de hacer realidad la unión monetaria y tranquilizar a los críticos de antaño, se hizo trampa desde el principio. Los criterios de estabilidad fueron infringidos una y otra vez, también por parte de Alemania, sin que hubiera consecuencias. Se volvió norma ignorar las violaciones de las reglas. Y quien criticaba esto era tildado de tener la mente demasiado cuadrada.

25 años después, tras varias rondas de ampliación y una grave crisis financiera y de deuda, todavía tenemos el euro, pero éste está bajo fuerte presión. Nadie puede garantizar que la moneda común sobreviva en su actual forma. Y, a nivel político, ya nada es como antes. El "brexit" es solo la señal más visible de que en toda Europa hay fuerzas que quieren acabar con las ideas de Maastricht. 

En las instituciones europeas, pero también en muchos gobiernos, sobre todo de los viejos países de la UE, sobreviven los reflejos habituales. La respuesta a cada crisis es exigir "más Europa”. Esto se podía escuchar tanto en el apogeo de la crisis de deuda como ahora, tras la elección de Donald Trump, que desprecia a la Unión Europea. Los llamados son cada vez más desesperados.

"Más Europa” no siempre fue un avance

Christoph Hasselbach es redactor de DW.

Christoph Hasselbach es redactor de DW.

¿Por qué muchos europeos ya no les quieren hacer caso? Porque saben muy bien lo que "más Europa" puede significar. Dos ejemplos: desde hace años, los gobiernos de países sobreendeudados como Grecia e Italia piden "más Europa". En principio, esto suena bien, pero significa que personas de países sólidos y no necesariamente ricos deben pagar por la mala gestión de otros. En el caso de Grecia, incluso por un país que jamás debió haber sido aceptado en el club del euro.

También la canciller alemana, Angela Merkel, hizo un llamado por "más Europa" cuando exigió que todos los países de la UE acogieran a inmigrantes, entre ellos países que jamás hubieran dejado entrar a los refugiados. Merkel abusó de la idea europea para alcanzar sus propios objetivos morales. De ahí que no debería sorprender el estrepitoso fracaso de su plan.

Decisiones equivocadas de este tipo han dañado la idea europea que, en sí, no es equivocada. Es obvio que solo unido este pequeño continente, compuesto por tantos países, podrá imponerse en el mundo.

Un nuevo realismo

Hoy día necesitamos un nuevo realismo: en lugar de pedir integración a cualquier precio, debe haber cooperación para solucionar problemas concretos. En cuanto a la moneda común, esto significa tener una nueva disciplina en relación con los criterios de estabilidad. En cierta forma, esto significaría regresar a la idea original de Maastricht.

En lo que respecta a la cuestión de los refugiados, desde hace tiempo una mayoría en Europa aboga por centrarse en la lucha contra la inmigración ilegal. Europa tiene que presentar resultados al respecto si no quiere dejar de ser relevante para los ciudadanos.    

La euforia de Maastricht ha pasado. Cuando se firmó el acuerdo, casi nadie ponía "Europa" en duda. Pero no es equivocado cuestionar lo aparentemente evidente. Solo así obtendremos respuestas fundadas. Ya sea a raíz de un entusiasmo desenfrenado o tras un sobrio análisis, al final llegaremos a la misma conclusión: necesitamos a Europa. 

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