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El Mundo

Opinión: Las poderosas lágrimas de Obama

Barack Obama, el hombre más poderoso del mundo, luchando por contener las lágrimas. Puede que con esa imagen pase a la memoria colectiva, dice Inés Pohl. Y tal vez suponga un punto de inflexión en su presidencia.

Es muy posible que este momento configure la forma en la que Barack Obama será recordado. El Presidente llorando. Hace una pausa. Detrás de él, familiares de víctimas de ataques con arma de fuego. Maridos, esposas, hermanas, padres de los niños de las escuelas primarias atacadas. Cerca de 90 personas mueren en los Estados Unidos cada día. Casi tantas como en accidentes de tráfico.

El presidente Obama comienzó su último año en el cargo con un potente gesto. Anunció su intención de establecer un mayor control en la venta de armas mediante decretos presidenciales. Promete emplear más funcionarios para comprobar los antecedentes de los compradores. Quiere destinar cientos de miles de dólares a rastrear las armas robadas. Pretende ocuparse mejor también de quienes adolecen de salud mental y que, en demasiados casos, acaban disparando a sus familiares antes de hacerlo contra sí mismos. Y espera que el Congreso le secunde para prohibir la venta de armas a través de internet. Para él, el lobby armamentístico ha venido impidiendo que se examine más de cerca quién está autorizado a tener armas.

Él les dedica palabras duras. Argumentos contundentes. Pero también suelta un par de chistes en el momento oportuno. No obstante, sus lágrimas con su arma más poderosa.

Obama llora. Y lo hace por los niños inocentes, los jóvenes que fueron acribillados, los profesores que dieron sus vidas para proteger la de sus alumnos. Y probablemente llora también un poco por sí mismo. Por las esperanzas que despertó hace ocho años cuando era candidato electoral, incluso por sus propias aspiraciones personales, que le llevaron a la Casa Blanca. Él, que como trabajador social en Chicago vio morir a tantos jóvenes por arma de fuego.

Obama, durante la presentación de sus medidas, rodeado de familiares de víctimas de armas de fuego.

Obama, durante la presentación de sus medidas, rodeado de familiares de víctimas de armas de fuego.

Yes we can

Todavía le queda un año. Normalmente los presidentes se concentran en la política exterior en su último periodo de mandato. Llegados a ese punto, cuidan de cómo será su inserción en los libros de historia. Y, sobre todo, evitan dejar a su sucesor políticas internas que continuar. A menudo esto no viene exento de un cálculo electoral: para no perjudicar al candidato de su partido durante la campaña.

Hasta ahora habían fracasado todos sus planes para el control de armas. No cabe duda de que ha luchado. Lo ha dicho una y otra vez. Después de cada uno de estos casos, se podía percibir cómo su rabia iba creciendo. Y también su frustración.

Desde el exterior, sus medidas parecen ridículamente insignificantes. Que los compradores de armas sean comprobados. Que los compradores deban contar con una licencia. Parecen una obviedad.

Ines Pohl, corresponsal de DW en Washington.

Ines Pohl, corresponsal de DW en Washington.

Pero cuando se trata de armas, en Estados Unidos todo es diferente. Quien intenta imponer restricciones, choca con un poderoso lobby. Y ataca una concepción de la libertad extraña para los no norteamericanos. El derecho a poseer armas de fuego es un derecho fundamental que, para muchos, es tan relevante como que haya elecciones libres.

Sin embargo, las lágrimas del presidente quizás marquen un punto de inflexión. Obama no tiene otra estrategia política. Tampoco argumentos nuevos. Pero quiere hacer todo lo posible para cumplir esta promesa, al menos. Obama sabe que las lágrimas son una poderosa arma. Especialmente en su país.

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