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Opinión

Opinión: La dimisión de Flynn es correcta y golpea a Trump

Michael Flynn, uno de los más importantes asesores de Donald Trump, dimitió solo tres semanas después de haber asumido el cargo. Su ineludible renuncia es una derrota para el presidente, opina Michael Knigge.

USA Michael Flynn in Washington (picture-alliance/abaca/D. Olivier)

Michael Flynn

Desde que el cargo fue creado, en 1953, el asesor de Seguridad Nacional del presidente estadounidense es uno de los más influyentes actores del Gobierno en temas de política exterior y de seguridad. Nombrado directamente por el presidente, determina desde la Casa Blanca las directrices de la política exterior norteamericana.

Asesores nacionales de seguridad tales como Henry Kissinger, Zbigniew Brzezinski, Brent Scowcroft y Condoleezza Rice tuvieron gran influencia sobre el presidente y la política exterior de Estados Unidos. Naturalmente, todos los titulares fueron siempre controvertidos y lo siguen siendo hasta hoy. No obstante, en los sesenta años de historia del cargo, ningún asesor de seguridad debió abandonarlo luego de tan solo 24 días. Para Trump, es una derrota histórica.

Los servicios realizan escuchas

Michael Knigge, redactor de DW.

Michael Knigge.

La dimisión de Flynn no solo es justificada, sino absolutamente ineludible. A más tardar cuando, pocos días después de que Trump asumiera el cargo, se supo que el FBI y otras servicios habían realizado escuchas de conversaciones telefónicas del designado asesor de seguridad con el embajador ruso en Washington, para Flynn, el aire se enrareció.

Flynn había hablado con el embajador ruso justo el día en que Barack Obama, el presidente aún en funciones, impusiera nuevas sanciones contra Moscú. No hay que ser un malpensado para deducir que la llamada tenía seguramente algo que ver con las declaraciones de Trump de eventualmente levantar las sanciones contra Rusia. Flynn dijo al principio no haber hablado con el embajador ruso sobre sanciones. La semana pasada, sin embargo, manifestó a través de un portavoz que no podía excluir haber conversado sobre el tema.

Curiosamente, no fue, sin embargo, esa confesión, la que provocó la dimisión, sino el hecho de que ya casi había arrastrado al abismo también a Mike Pence, el vicepresidente. Este le había creído a Flynn que no había hablado con el embajador sobre sanciones y lo había defendido públicamente. Ahora que todo indica que no fue así, la credibilidad y el prestigio del vicepresidente amenazaban con quedar ensuciados, solo tres semanas después de haber asumido el cargo. La dimisión de Flynn se había transformado en inevitable.

Dura derrota para Trump

La dimisión de Flynn no solo fue necesaria para no dañar aún más el cargo y la administración Trump, sino que debe saludarse también en términos políticos: por su cruda islamofobia, manifestada en público sin ambages, y su insólita cercanía a Rusia, Flynn había sido fuertemente cuestionado ya antes de asumir el cargo, incluso por expertos en relaciones exteriores y seguridad republicanos. Donald Trump lo había nombrado asesor contra todas las recomendaciones y resistencias. Por eso, la dimisión de Flynn es también una dura derrota para el presidente.