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Europa

Opinión: Límites y contingentes de refugiados

El debate en torno a la política de refugiados se agudiza en Alemania. ¿Cuántos pueden ser atendidos? Es necesaria una respuesta integral, opina Felix Steiner.

En Berlín se recurre con gusto a las cortinas de humo cada vez que llega la hora de buscar soluciones concretas para la cuestión de los refugiados en Alemania. ¿Se acuerdan de las “zonas de tránsito”, una propuesta que hace un mes atizó la indignación nacional y de la que hoy no se oye hablar para nada? Ahora, las palabras mágicas parecen ser “admisión por contingentes”. Aunque los socialdemócratas acaban de introducir ese término en el debate, la idea implícita no es nueva. La noción de “contingente” se viene aplicando desde 2013.

Pero, en este instante, con ella sólo se pretende aludir a la cifra irrisoria de 20.000 refugiados sirios. Se supone que la flamante moción del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) es su respuesta al “límite máximo de admisión de refugiados” exigido desde hace dos meses por la Unión Social Cristiana de Baviera (CSU), liderada por Horst Seehofer, y desde hace poco por la Unión Joven, el grupo que reúne a la generación de relevo de la CSU y de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), el partido de Angela Merkel.

La formulación “admisión por contingentes” está más a tono con la visión de mundo de los socialdemócratas porque esas palabras se antojan más humanas que las escenas registradas durante el verano en el mar Egeo o en la ruta hacia el bloque comunitario que atraviesa los Balcanes o que las imágenes que están por verse: parece previsible que muchas personas morirán de frío en una u otra tierra de nadie, entre dos países europeos. Y es que el número de desesperados que migra hacia el Viejo Continente no está descendiendo.

Las presuntas soluciones para la cuestión de los refugiados

Felix Steiner, comentarista de Deutsche Welle.

Felix Steiner, comentarista de Deutsche Welle.

El flujo de refugiados hacia Europa no se ha reducido ante la inminencia del invierno, sino que ha aumentado, contra todas las expectativas. De cara a esa tendencia, qué bonito sería contar con una política de contingentes que mereciera ese nombre. Eso implicaría entregarle “tickets de entrada” a Alemania a una cantidad definida de personas que hacen cola en las puertas de la Unión Europea; en los campamentos de refugiados de Turquía, Líbano y Jordania. Con su dinero podrían costearse un boleto de avión, en lugar de abordar precarias barcazas.

En otras palabras, muchos refugiados podrían tomar caminos seguros hacia Europa en lugar de financiar al autoproclamado Estado Islámico a través de los traficantes de personas que reciben dinero de quienes huyen de la violencia en el Cercano Oriente. Además, como expedidor de esos “tickets de entrada” a su territorio, Alemania tendría la oportunidad de identificar a priori quiénes son los refugiados con necesidades más urgentes; es decir: ante todo mujeres y niños, y no hombres jóvenes.

Pero al igual que el principio de “límite máximo de admisión de refugiados”, el de “admisión por contingentes” presenta dos fallas fundamentales. El primero queda en evidencia al preguntar: ¿qué pasa cuando se alcanza el límite máximo de admisión o cuando se copa el contingente? ¿Se envía de regreso a todos los demás refugiados? ¿Y cree alguien que algún refugiado se va a dejar enviar de regreso al penoso lugar de donde vino? El segundo error radica en que las soluciones nacionales ya no sirven para un problema de orden global.

Por sí solo, cada uno de los Estados enfrentados con la cuestión de los refugiados verá anulada su capacidad de respuesta. Eso salta a la vista desde hace tiempo en el caso de Alemania. La Unión Europea aspira a aplicar estándares comunitarios ante este desafío y a encargarse de tareas que trascienden la erección de una carpa o el servicio de comidas para los recién llegados; pero, en esta materia, los socios del bloque exhiben diferencias aparentemente irreconciliables. Ningún vecino de Alemania quiere seguir el ejemplo dado por Angela Merkel.

Alemania debe recuperar la confianza de sus socios

Alemania se quedó sola con su política de recibir un número ilimitado de refugiados. Y de momento no se atisba luz alguna al final del túnel. Desde la perspectiva germana, un primer paso para salir de esta crisis es la recuperación del control sobre las fronteras comunitarias para evitar la pérdida de la estatalidad de los países europeos. Sin estatalidad, nadie se tomará en serio a esos Estados; ni sus ciudadanos ni los refugiados que buscan protección en él. Pero recobrar la potestad sobre las fronteras comunitarias no significa cerrarlas.

Una medida para recuperar el control sobre los márgenes de la Unión Europea es sólo permitir el ingreso de personas con documentos de identidad no falsificados. Ese es un requisito mínimo que no atenta ni contra los derechos humanos ni contra las convenciones que velan por el bienestar de los refugiados porque Alemania no colinda con Estados en guerra o en crisis. Los refugiados que llegan a sus fronteras –incluso los que se deshicieron de sus documentos para que sus solicitudes de asilo se prolonguen– se encuentran en países seguros.

Sólo un Estado que resguarda sus fronteras puede gozar de credibilidad cuando le dice a sus vecinos que los márgenes comunes de la Unión Europea deben ser protegidos por los propios socios del bloque comunitario. ¿Por qué tendría Turquía que asumir esa responsabilidad y cumplirla? ¡Por supuesto que es posible vigilar las fronteras marítimas europeas en el mar Egeo! Quien lo niegue está poniendo en ridículo a la OTAN, una alianza integrada tanto por los Estados comunitarios como por Turquía.

Pero proteger las fronteras de la Unión Europea también contempla devolver a los botes de refugiados a sus puertos de origen. Sí, eso va a generar imágenes perturbadoras; imágenes de personas que lloran y gritan y se defienden. Pero quien no esté dispuesto a dar este paso debe abstenerse de pensar en frases como “admisión por contingentes” o “límite máximo de admisión de refugiados”.

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