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El Mundo

Opinión: El silencio del Kremlin sobre Stalin

Un hombre de Siberia quiere demandar a los asesinos de su bisabuelo: entre ellos, Stalin. Rusia vive una discusión acalorada y el Kremlin no tiene una posición clara. El Gobierno tiene sus razones, opina Juri Rescheto.

¡No prestes atención a ese hombre detrás de la cortina!, dice una frase famosa de la película infantil estadounidense El mago de Oz, lo que traduce: no hagas demasiadas preguntas o podrías descubrir la verdad. Y otra frase clave de la película: "Toto, tengo la sensación de que ya no estamos en Kansas", lo que traduce: estamos en una situación completamente nueva.

La cortina es el muro del Kremlin. Y el hombre detrás... bueno, ya se sabe quién. Ahora guarda silencio sobre un tema que, en este momento, muchas personas en Rusia están discutiendo. Y es que el tema, una vez más, perturba, preocupa y agita.

El terror no ha sido olvidado

La discusión gira entorno a uno de los predecesores de Vladimir Putin en el Kremlin: LósifStalin, por su persona histórica, y por sus crímenes durante el llamado Gran Terror de 1936 a 1938. Los crímenes del régimen soviético fueron tabú durante la era comunista. Después, el tema se convirtió en uno de los favoritos de historiadores rusos, antes de desvanecerse, tras el cambio de milenio, de alguna manera, en la oscuridad. Sin embargo, hoy vuelve a las noticias y descendientes de millones de víctimas del régimen de Stalin se alegran al respecto. Denis Karagodin, de la ciudad siberiana de Tomsk, es uno de ellos. Karagodin descubrió quién fue personalmente responsable del asesinato de su bisabuelo, por lo que ahora pide justica. Y nunca se es tarde para ello: el asesinato no prescribe, no deja de tener valor ante la ley.

Juri Resheto

Juri Rescheto

Por otro lado, los nostálgicos por la Unión Soviética están furiosos. ¿Cuál es el punto de volver arrastrar esta ropa sucia a la luz? ¿De qué sirve a Rusia? Hay cosas más importantes como: ¿Aumentarán las pensiones? ¿Los salarios? ¿El estándar de vida? El hombre de Tomsk se preocupa solo por su venganza, dicen. Toda la polémica ha dividido al país.

No. Aquí el tema no es la venganza. Denis Karagodin, de 34 años, solo quiere llamar a las cosas por su nombre. Descubrir la verdad, procesarla, internalizarla, seguir viviendo con ella. Lo que está causando división entre los rusos no es la discusión sobre su historia, sino el silencio que la rodea, el barrido bajo la alfombra, el no mirar detrás de la cortina, así como en El Mago de Oz.

Publican los nombres de los autores

La organización rusa de Derechos Humanos, Memorial, tomó el caso de Karagodin y publicó la lista de 40.000 miembros de la NKVD (El Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos), que precedieron primero al servicio de inteligencia soviético de la KGB y ahora al FSB (El Servicio Federal de Seguridad de la Federación Rusa). "¡Traición!”, algunos gritan. "Por fin”, dicen los demás. ¿Y qué dice el Kremlin? Nada.

Cuando fue preguntado por periodistas de una emisora de radio rusa, el portavoz de Putin, Dmitri Peskov, no pudo formular una posición coherente del Kremlin con respecto al llamado Gran Terror. No porque no quisiera, sino porque simplemente no hay una. Todavía no.

En 2015, el presidente Putin firmó las "directrices de política estatal para perpetuar la memoria de las víctimas de la represión política". Y de acuerdo con este decreto, se construirá en Moscú un monumento central para las víctimas de la represión, el llamado "muro del dolor". Sin embargo, y al mismo tiempo, los empleados de una de las asociaciones históricas más importantes para hacer frente a todos los aspectos de la represión política –la ONG Memorial– han sido difamados como agentes extranjeros. Ahora, en Rusia, monumentos a Stalin se erigen una vez más. Y con la aprobación tácita del Kremlin.

El propio Putin advirtió de la mano dura

En 1991, Putin, entonces de 39 años, advirtió del peligro del totalitarismo en Rusia. Putin se percató que este peligro estaba latente en la mentalidad rusa: "Todos nosotros, incluido yo mismo, creemos a veces que si se impusiera el orden con una mano de hierro, todos podríamos vivir mejor, más cómodamente y con seguridad. Pero en realidad tal seguridad pronto desaparecería, porque esa misma mano de hierro pronto nos ahogaría a todos".

Y ¿hoy en día? Nunca en la historia de la Rusia moderna había sido tan evidente el anhelo por una mano de hierro, por censura e intervención del Estado.

Todo esto se ve cuando pequeños grupos de fanáticos religiosos logran suspender la ópera Tannhäuser en Novosibirsk debido a que, presuntamente, la puesta en escena insultó sus sentimientos religiosos; cuando las asociaciones de cosacos paramilitares amenazan con llevar a la corte a la banda "Neschastnyj Slutschaj", por extremismo en un videoclip, solo por burlarse satíricamente del patriotismo ruso; y también cuando en Moscú las fotos del fotógrafo estadounidense Jock Sturges son manchadas con orina por los llamados "agentes de Rusia", los autodesignados guardianes de la moral de esta tierra, y la policía no reacciona oportunamente y los organizadores cierren inmediatamente la exposición.

Miedo al pueblo emancipado

Este clima de denuncia y autocensura es ventajoso para la confrontación con Occidente. Y esa es la razón por la cual el Kremlin es inequívocamente renuente a condenar el terror estalinista. En cambio, existe el temor de que todo movimiento que proviene de la base, de la gente, de ciudadanos votantes, y que no sea autorizado desde arriba, pueda constituir en una peligrosa amenaza para la retención del poder.