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América Latina

Nicaragua: Todo queda en familia

Daniel Ortega permanecerá en la presidencia de Nicaragua, según los resultados de las elecciones realizadas en ese país. La reelección acentúa la necesidad de una posible reforma democrática, opina Leandro Uría.

Las elecciones de este 6 de noviembre estuvieron hechas a medida de Daniel Ortega. ¿Quién ganó? Daniel Ortega, quien sí se aseguró el resultado, luego de sorpresas del sí al Brexit y el no al Acuerdo de Paz en Colombia.

Pero la realidad es más dura: antes de los comicios un polémico fallo de la Corte Suprema sacó de la contienda a su principal competidor, lo que derivó ayer en un amplio nivel de abstención electoral, que para algunos sectores de la oposición duplica el ya alto 35% admitido por las cifras oficiales. Ahora queda más claro por qué el gobierno no permitió el ingreso de observadores internacionales, a los que el propio Ortega tildó de sinvergüenzas en una de sus contadas apariciones de campaña.

Como si esto fuera poco, el presidente de Nicaragua logró imponer a su esposa como compañera de fórmula, con lo que empezará su cuarto mandato presidencial (tercero consecutivo) con la sucesión dinástica asegurada. Y todo eso en un país que parecía alérgico al nepotismo a fines de los 70 tras sacarse de encima más de 40 años de férrea dictadura de la familia Somoza en una revolución… comandada por el propio Ortega.

Volviendo a Rosario Murillo -ése es el nombre de la mujer de Ortega-, ella es la actual vocera del gobierno, mientras que los hijos de la familia manejan los principales medios de comunicación del país. Así las cosas, y en el colmo del egocentrismo - ella hace declaraciones en los canales televisivos dirigidos por sus hijos sobre lo bien que marchan las cosas en el gobierno de su marido. Todo queda en familia.

Cierto es que muchos nicaragüenses de bajos recursos se sienten acompañados por el "comandante Daniel”, de alto nivel de aceptación en las encuestas, aunque el país siga siendo el más pobre de la región después de Haití. El presidente, de 70 años y salud delicada, también ha manejado de forma razonable la economía y ha proporcionado seguridad ciudadana.

Pero si alguien se pregunta en nombre de qué ideología gobierna este antiguo guerrillero sandinista tendrá muchos problemas para hallar la respuesta. Se podría decir que Ortega es "todo” en el sentido de que se define como socialista, pero tiene alianzas con el gran capital y con algunos miembros de la jerarquía de la Iglesia Católica. También parece hacer un guiño a los cultos new age. No por nada su mujer ha tapizado de excéntricos, luminosos y costosos "árboles de la vida” el trazado urbano de Managua. Y por último, y no por eso menos importante, es un aliado de Caracas, pero también se acerca sorprendentemente a la OEA, donde soplan vientos contrarios al presidente venezolano Nicolás Maduro.

Más allá de eso, se podría decir que a este comandante le falta algo fundamental para ser un buen presidente: aceptar que el debate político es esencial para una agenda verdaderamente democrática. Él no es ni por lejos un estadista o un demócrata sino alguien que solo negocia en posición de fuerza si es que eso es realmente negociar; alguien que, además, exige lealtad sin límites de su propia tropa. Tal y como ocurría cuando era guerrillero.

¿Quiere decir que no había nada en juego en las elecciones que acaban de pasar y que él profundizará aún más su controvertido estilo de gobierno? Esta por verse: el Senado de Estados Unidos podría aprobar la Nica Act, una norma que interrumpirá la ayuda de Washington y podría derivar en el retiro del 60% de los fondos que Ortega usa para obras de infraestructura y provienen del FMI y el Banco Mundial. Para demorar su aprobación, el mandatario se ha acercado a la OEA, confiado en obtener la mediación de su secretario general, el diplomático uruguayo Luis Almagro. Pero todo indica que éste le exigirá profundas reformas democráticas a cambio, que podrían cristalizarse en unas elecciones municipales libres de toda sospecha en 2017.

Leandro Uría