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La vida en una colonia alemana

Jorge Manfuert nos envía un colorido relato de su infancia en una colonia de inmigrantes alemanes en el este de Argentina. Escríbanos contándonos sus experiencias en colonias alemanas o como descendiente de alemanes.

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Miembros del grupo Tirol festejan el Oktoberfest en Córdoba, Argentina.

Si Ud. vivió o vive en un lugar fundado por inmigrantes alemanes, o en los que las costumbres alemanas formen o hayan formado parte de su vida, escríbanos y cuéntenos su experiencia. Envíenos un relato de no más de una carilla (o 2.500 caracteres, aproximadamente), con una foto o fotos que no superen 1 MB. La redacción de DW-WORLD seleccionará los relatos a publicar en esta sección.

Este es el relato de Jorge Manfuert, de Entre Ríos, Argentina.

Mis días en Villa Hasenkamp

Enviado por Jorge Hugo Manfuert

Hace aproximadamente 43 años, mi padre trabajaba en un banco del Interior y, por motivos laborales, tuvimos que irnos de la ciudad de Rosario del Tala, provincia de Entre Ríos, Argentina, hacia un destino en un pueblo desconocido, llamado Villa Hasenkamp, al norte del departamento de Paraná, en el límite con el departamento de La Paz. Hacia allí salimos con mi madre y dos hermanos en colectivo (ómnibus), a la madrugada, por caminos polvorientos de zonas rurales, rodeados de montes bajos de espinillo. Finalmente, llegamos a esa villa de destino, que se constituiría en el hermoso escenario de mi primera infancia.

La vida en la colonia alemana


Villa Hasenkamp era una colonia de laboriosos alemanes dedicados a la agricultura. Una villa de pocas casas bajas. La casa que habitamos daba a una amplia avenida y a las vías del ferrocarril. En ese entonces se usaban las locomotoras a carbón, y era una delicia ver sus maniobras para cambiar de vías y cargar agua, y el sonido de su pitar, transportando cereales y pasajeros que iban de un pueblo a otro. Más allá de la estación sólo había sólo campo y estancias.

La leche la íbamos a buscar los niños a una estancia en frente de casa. Allí esperábamos que sacaran la leche al pie de la vaca, y luego la transportábamos cruzando las vías y el campo por un sendero, en una lecherita enlozada. Al ponerla en el café decíamos que la leche tenía "ojos". Así se llamaba a la gordura de la misma. En el fondo de mi casa había un horno de ladrillos unidos por barro, donde se hacía el pan casero, que era delicioso. Debajo del mismo se colocaban las gallinas que se criaban a campo abierto. También criábamos chivos y chanchos. Y allí también mi padre cultivaba una huerta.

Personajes locales, los sapucays y la temible “solapa”

Era hermoso ver cuando los arrieros, vestidos con ropas típicas y al grito de sapucays (grito típico de los gauchos del nordeste argentino), transportaban ganado de un pueblo a otro. Pero lo más lindo era el llamado de la siesta, sagrada en esos lugares. Según la leyenda, la solapa era una mujer que aparecía en los árboles, sin cabeza, y que se llevaba a los niños que no dormían la siesta. Aparecía cuando cantaban los palomos

Un poco más allá vivía la “matrona” en un rancho. Se ocupaba de curar el empacho y de juntar hierbas sanadoras, como la escoba dura y otras especies para distintas afecciones. Su esposo, "Don Chencho", se dedicaba a las tareas rurales y, cuando llegaba la Navidad o el Año Nuevo, era el baqueano que mataba los corderos o chanchos que habíamos criado allí.

Cooperativa Agrícola: los colonos y su trabajo


Al lado de mi casa estaba la Cooperativa Agrícola de Villa Hasenkamp, un lugar donde veía llegar a los colonos con sus mujeres vestidas generalmente de negro y en carros a los que llamábamos carros rusos, de color rojo y verde generalmente. Los caballos eran percherones y tenían las anteojeras para el sol. Eran dos o cuatro que tiraban del carro con freno en un lateral que se accionaba con el pie.

Allí traían huevos, crema de campo, manteca, quesos, y dulces que ellos mismos elaboraban y luego vendían. También traían bolsas con cereales desde sus parcelas. Yo, allí sentado, miraba con detenimiento y escuchaba. Las mujeres no participaban del negocio. Ellas esperaban a su patrón en el carro, hasta que éste cambiaba o compraba elementos para llevar a su hogar. El idioma que hablaban se percibía como dificilísimo de comprender. Era el alemán, al que luego mi oído se fue acostumbrando. Cuando llegaba el día de los muertos, estas colonias hacían sus viajes hacia los lugares en que se encontraban sus deudos. A veces había tumbas al costado del camino. Venían vestidos con el luto que se respetaba y a lo lejos se sentía el ruido de sus carros en el silencio de la siesta.

(En la página 2 lea más sobre la infancia de Jorge Manfuert en Villa Hasenkamp, en la provincia de Entre Ríos, Argentina)









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