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El Mundo

La muerte del mulá Omar: el fin de una era

Cualquiera sea el papel que desempeñen los talibanes tras la muerte del mulá Omar, les faltará una figura central de integración, opina Florian Weigand.

No hay duda de que la muerte del mulá Omar cierra un capítulo de la historia reciente afgana y mundial. Junto con Osama bin Laden, era la personificación del yihadista radical. Contra él y sus huestes libró Occidente una guerra en Afganistán, que devoró muchas vidas humanas y miles de millones de divisas. En el bando de los yihadistas, los comúnmente divididos grupos talibanes orbitaban como los planetas en torno al venerado “emir de los creyentes”. Como un espíritu planeaba sobre sus seguidores, aunque sin aparecer directamente durante muchos años.

Desde el término del régimen talibán, no se lo había visto en público. Solo circulaban fotos y mensajes escritos. Su data es prácticamente imposible de verificar. El último mensaje, con motivo del fin del mes de ayuno, tiene apenas dos semanas. El mulá Omar quedará en la memoria como un hombre tenebroso, barbado y tuerto, la imagen con que presuntamente se mostró hace 14 años, según relatos de testigos presenciales que tampoco han sido confirmados. Lo que se ha dicho desde entonces ha sido probablemente desde hace tiempo una entelequia de relaciones públicas de su más estrecho entorno en el exilio en la localidad pakistaní de Quetta.

Está por verse si los talibanes se desmembrarán por completo. Pero, con certeza no habrá una reedición del régimen de los años 90 del siglo pasado. Incluso si el actual gobierno de Kabul fuera defenestrado, ya no serían las mismas fuerzas las que tomarían el timón. Con la muerte de su simbólica figura, los talibanes se han debilitado ostensiblemente. Y el Estado Islámico (EI) actúa de forma cada vez más ofensiva en Afganistán.

Florian Weigand.

Florian Weigand.

Cualquiera sea la fecha en que realmente murió el mulá Omar, el anuncio de su deceso se produce en un momento delicado. En realidad, estaba previsto que este viernes se reanudaran las conversaciones de paz con el gobierno de Kabul, pero han sido aplazadas. Es posible que los talibanes estén aún ocupados con la lucha por la sucesión. Pero quizás el asunto ya haya estado resuelto desde hace tiempo. Al fin y al cabo, los rumores sobre la muerte del mulá Omar circulaban desde hace años por los medios de comunicación.

En ambos casos se plantea la pregunta de por qué se da a conocer el deceso ahora. En el fondo, eso solo puede beneficiar a las fuerzas que quieren torpedear el proceso de paz. Solo ellas tienen interés en que no exista ya una autoridad central, que pueda dar su venia tras bambalinas a los eventuales resultados de tales negociaciones o en cuyo nombre se pueda negociar.

Ahora cabe temer que algunos grupos talibanes desdeñen las conversaciones y se vuelquen hacia otra figura fantasmal del ámbito terrorista islámico: Al Bagdadi, líder del autodenominado “Estado Islámico”. Tampoco él ha aparecido desde hace tiempo en público.

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