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Europa

La hora de la sociedad civil griega

La improvisación ha sido la norma en el abastecimiento de los refugiados en Grecia. Ahora Atenas intenta estructurar la ayuda con la colaboración de miles de voluntarios.

El ministerio de Interior griego publica casi diariamente una tabla con el número de refugiados e inmigrantes en los campos de acogida. Junto a los cuatro grandes recintos de las islas de Lesbos, Samos, Chios y Leros, donde se registran los datos de los recién llegados, hay otros 30 campamentos en la península. Curiosamente, en esa lista también está incluida la plaza Viktoria de Atenas, un lugar que hasta hace días era el punto de encuentro con los traficantes para organizar salida hacia Macedonia, hasta que las autoridades griegas prohibieron acampar y ordenaron realojar a los refugiados.

Mucha improvisación

Una vez bloqueada la Ruta de los Balcanes, en Grecia ya nadie puede hacer la vista gorda. En edificios públicos, recintos militares o incluso al aire libre, los campos de refugiados crecen desde hace semanas a toda velocidad. Por ejemplo, cerca de la ciudad de Volos, donde se realojaron a 249 refugiados procedentes de Atenas. Después de comprobar que el área se había convertido en un barrizal, los desplazados se negaron a permanecer allí y fueron devueltos a la capital tras largas negociaciones con las autoridades.

Campamento en el antiguo aeropuerto de Ellinikon

Campamento en el antiguo aeropuerto de Ellinikon

Casos como este no son hechos aislados. En el antiguo aeropuerto de Ellinikon, reconvertido en estadios para los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, la improvisación es aún mayor. Primero se instaló un campamento en el estadio de hockey, después en el campo de beisbol y hace poco en el hall del aeropuerto. En total, un recinto con capacidad para 4.000 personas. Según Hara Stangos, directora del campo del aeropuerto, la mayoría procede de Afganistán. Sin embargo, de todos los que llegan por el mar Egeo no son muchos los que permanecen en Ellinikon. Una vez en el continente, la mayoría trata de llegar a Idomeni con la esperanza de poder cruzar la frontera.

A fuerza de voluntarios

Actualmente, en el hall del aeropuerto se alojan unas 1.400 personas. Junto a los directores de los otros dos recintos, Hara Stango es uno de las pocos empleados por el ministerio de Migración. Junto a ella trabajan unos 200 voluntarios. Por ejemplo, Franco, informático español que llega cada día a las seis de la tarde para ayudar donde se necesite. También colabora su novia María, que trabaja todo el día en el campo. En el almacén, una dependencia llena de artículos de higiene, alimentos y cubiertas, tres mujeres llenan bolsas de frutos secos para repartir entre los refugiados. “Antes no me preocupaba por la comida, pero he aprendido a valorar cada bocado”, explica una de ellas, empleada de banca ya jubilada.

Hara Stangos habla visiblemente orgullosa sobre las donaciones para el aprovisionamiento de los refugiados. La mayoría de los alimentos proceden del pueblo griego y los voluntarios cocinan diariamente para los refugiados. En el campamento, un profesional de Médicos sin Fronteras atiende los siete días dela semana. Stangos asegura que está bajo la autoridad del ministerio de Sanidad, un intento de subrayar el papel de un Estado cuya presencia es, hasta ahora, anecdótica. Sin embargo, es la gran hora de la sociedad civil griega, puesto que sin los miles de voluntarios, el Estado no sería capaz administrar adecuadamente los campamentos de refugiados.

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