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América Latina

La bandera de Estados Unidos vuelve al Malecón

Cuando John Kerry ice este 14 de agosto la bandera de Estados Unidos en el Malecón de La Habana, no será sólo un acto simbólico, en opinión de Bernd Wulffen, quien fuera embajador alemán en Cuba de 2001 a 2005.

Más de medio siglo de confrontación entre Estados Unidos y Cuba llegan a su fin y se despeja el camino para el diálogo. El izamiento de la bandera estadounidense en la reabierta embajada de ese país en La Habana despierta recuerdos. En una situación muy diferente, Estados Unidos ya había izado su bandera en Cuba. Fue en 1898, después de que los mambises triunfaron sobre la potencia colonial española, con ayuda del gigante norteamericano. A partir de entonces, Cuba fue un protectorado de Estados Unidos, situación que solo acabó con la victoriosa entrada de los revolucionarios dirigidos por Fidel Castro en La Habana, en enero de 1959.

Raúl Castro, quien en 2008 fue designado sucesor de su hermano Fidel como jefe de Estado, abogó desde entonces por un nuevo comienzo en las relaciones con Estados Unidos. Por lo menos en dos ocasiones manifestó su disposición a sostener conversaciones. En Washington, el presidente Barack Obama pudo hacer lo propio después de haberse llevado a cabo las elecciones del Congreso, sin tener ya nada que perder.

Por lo pronto, ambos países sostuvieron negociaciones sobre “espías”; pero en realidad se trataba de mucho más que eso. Se trataba de poner fin a una enemistad que comenzó poco después del triunfo de la revolución cubana en 1959 y que tuvo sus momentos culminantes en el intento de invasión de Bahía de Cochinos (abril de 1961) y en la Crisis de los Misiles (octubre de 1962). Ya en enero de 1961, Estados Unidos había cortado sus relaciones diplomáticas con Cuba. Numerosas expropiaciones de empresas estadounidenses precedieron ese paso. Washington respondió a la “provocación” cubana con un embargo –endurecido en 1992 y 1996 mediante leyes del Congreso– vigente hasta el día de hoy.

La “profecía” de Fidel

¿Qué llevó a las partes a adoptar una serie de medidas para mejorar sus relaciones bilaterales y restablecer las relaciones diplomáticas?

Histórico apretón de manos.

Histórico apretón de manos.

Raúl Castro sabe que una era llega a su fin. Un elemento angular de su política exterior e interna fue “la amenaza estadounidense”, a la que se recurría continuamente cuando Fidel Castro quería que el pueblo refrendara su política. Pero el Máximo Líder se retiró definitivamente en 2008. Y también Raúl Castro sabe que sus días a la cabeza del Estado están contados. En febrero de 2013 anunció que abandonará la jefatura de Estado en 2018. Y no sería inteligente ni oportuno dejar el complejo tema de la normalización de las relaciones con el poderoso vecino como herencia a su sucesor.

Raúl Castro está consciente de que el presidente Obama también favorece el diálogo y la solución de los problemas con Cuba. Y es incierto si quien lo reemplace en menos de dos años tendrá una actitud similarmente positiva. Por eso hay premura. La presunta profecía de 1973 de su hermano Fidel, según la cual las relaciones bilaterales se normalizarían con un presidente estadounidense negro –y un Papa sudamericano–, podría resultar acertada. Otra razón para el acercamiento a Estados Unidos radica, a mi juicio, en la aún precaria situación económica de la isla.

¿Y qué impulsa a Estados Unidos a mejorar sus relaciones con Cuba? El presidente Obama ha constatado que más de cincuenta años de confrontación y bloqueo no han dado resultado. A diferencia de la Unión Soviética, el “sistema” de Cuba sobrevivió a la caída del Muro de Berlín. Obama está convencido de que el restablecimiento de los vínculos diplomáticos y el consiguiente diálogo servirán más que las sanciones. ¿Acaso no se vio la caída del bloque oriental también precedida del cese de la confrontación y el inicio de un proceso de diálogo?

El presidente estadounidense se siente además alentado por el Papa Francisco, que ha intervenido como mediador. Igualmente ofreció sus oficios el Gobierno de Canadá, que siempre siguió con Cuba una política independiente de Washington. Además, Canadá no se sumó en 2003 al coro (europeo) de los que querían aplicar sanciones tras la detención de 75 disidentes cubanos.

Acercamiento europeo

Algunos gobiernos europeos comprendieron hace tiempo que es hora de abandonar el callejón político sin salida en que se habían metido con sus sanciones contra Cuba en 2003. El primer paso lo dieron los Países Bajos con el envío de su ministro de Relaciones Exteriores y el cierre de un acuerdo de cooperación en 2014. Bélgica, al igual que Portugal y Francia, están en esa misma línea. El presidente Hollande visitó Cuba en mayo de 2015 y a mediados de julio lo hizo el ministro alemán de Relaciones Exteriores, Frank-Walter Steinmeier.

También la encargada de la política exterior de la Unión Europea visitó La Habana, a fines de marzo. El objetivo es cerrar un acuerdo de cooperación en el curso de este año. Con la “posición conjunta” de 1996, que condicionaba la cooperación a una mejora de la situación de derechos humanos y una democratización de Cuba, la UE había erigido un obstáculo casi insalvable para normalizar sus vínculos con la isla. Lo mejor sería ahora suprimirla, reemplazarla o simplemente ignorarla para avanzar.

Washington, que en un comienzo observó con escepticismo el nuevo acercamiento europeo a Cuba, comprendió que era ese el camino acertado. Y esta vez no quiso que el “Viejo Continente” se le adelantara.

Difíciles negociaciones

Bernd Wulffen, otrora embajador de Alemania en Cuba (2001-2005).

Bernd Wulffen, otrora embajador de Alemania en Cuba (2001-2005).

Tras la solemne reapertura de las embajadas, retornará la vida diplomática cotidiana. Se avecinan complejas conversaciones. A todas luces, el paquete a negociar es más amplio de lo esperado. Las libertades y los derechos humanos –el tema más difícil– han de tener un papel central. Cuba define esos derechos de otra manera que las democracias occidentales. Considera que los derechos sociales son elementos decisivos y cree ser en este punto más avanzada que Occidente. La Habana también reprocha a sus interlocutores occidentales medir con doble vara y sostiene que en los casos de China, Vietnam o Indonesia, no aplican los mismos rígidos baremos. Finalmente, Cuba acusa al propio Estados Unidos de violaciones de derechos humanos, por ejemplo en Afganistán o Irak. Y también el trato dado a los prisioneros de Guantánamo podría ser tema de las discusiones. La devolución de la base de Guantánamo es exigida desde hace tiempo por Cuba.

Otro punto central son las sanciones aplicadas por Estados Unidos desde 1961 contra Cuba, en parte por ley. ¿Derogará el Congreso, dominado por los republicanos, tales leyes? ¿Exigirá Cuba una indemnización por los perjuicios ocasionados por las sanciones? ¿Se los puede cuantificar? ¿Pedirá Estados Unidos compensaciones por las expropiaciones que sufrieron cubanos en el exilio y que en parte han adquirido la ciudadanía estadounidense?

También queda por ver qué efecto tendrá la mejora de las relaciones con Estados Unidos en la política interna cubana. Para el aparato represivo será más difícil amenazar y hostigar a los opositores. La economía cubana, que aún está al inicio de un proceso de recuperación, saludará la llegada de suministros y quizá hasta de créditos estadounidenses. Por último, el sector del turismo probablemente se beneficiará notablemente de las visitas norteamericanas.

Pero hasta entonces queda todavía un largo camino que recorrer. Las demandas y expectativas recíprocas son grandes.

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