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Sociedad

Jürgen Habermas: “El derecho al asilo es un derecho humano”

DW habló con el sociólogo alemán Jürgen Habermas, quien acaba de recibir el premio John W. Kluge, y le planteó cinco preguntas sobre las políticas de asilo, cultura, religión e intervenciones militares.

El sociólogo alemán Jürgen Habermas y el investigador canadiense Charles Taylor recibieron el premio John W. Kluge en Washington el pasado martes (29.9.2015). El galardón es percibido como el máximo reconocimiento posible para la obra de un filósofo y viene dotado con 1,3 millones de euros. En la Biblioteca del Congreso estadounidense, Deutsche Welle aprovechó la oportunidad de entrevistarlo para plantearle cinco preguntas sobre migración, asilo, cultura, religión e intervenciones militares.

Deutsche Welle: Profesor Habermas, el mundo moderno se enfrenta constantemente a rupturas y nuevos desafíos. Como muestra, un botón: las migraciones desde el Cercano Oriente, África y el oeste de los Balcanes hacia Europa. Desde el punto de vista de la filosofía, ¿cómo se debe reaccionar ante este fenómeno?

Jürgen Habermas: El derecho al asilo es un derecho humano y todo aquel que pida asilo político debe ser tratado justamente y, dado el caso, ser acogido, con todas las consecuencias que eso trae. Esa es la respuesta básica, pero en situaciones como ésta no es especialmente interesante.

El sociólogo alemán Jürgen Habermas y el investigador canadiense Charles Taylor tras recibir el premio John W. Kluge 2015 en Washington.

El sociólogo alemán Jürgen Habermas y el investigador canadiense Charles Taylor tras recibir el premio John W. Kluge 2015 en Washington.

La llamada ‘crisis de los refugiados’ ha hecho que la Unión Europea esté más dividida que nunca. ¿Cree usted que el bloque comunitario esté amenazado por la erosión de los valores y las convicciones que también usted asocia con la Unión Europea?

Lo que estamos viendo es el divorcio entre Gran Bretaña y algunos Estados de Europa Oriental, por un lado, y el núcleo de la unión monetaria, por otro. Este conflicto era de esperarse. Este conflicto tiene que ver con las fechas de ingreso de ciertos países al bloque comunitario. Muchos de los Estados del este de Europa que se integraron a sus filas en el pasado reciente no tuvieron tiempo suficiente para emprender el largo proceso de adaptación político-mental que Alemania emprendió durante cuarenta años, desde 1949 hasta 1989. Y ni siquiera hablemos de las grandes diferencias económicas que todavía existen entre unos países comunitarios y otros…

¡Alemania y Francia, que se vieron obligadas hace mucho tiempo a poner en marcha una política europea mucho más activa, están llamadas a desarrollar esa política europea, dejando claro que ellas esperan cooperación para responder a la cuestión de los refugiados! Nos quedamos dormidos mientras la crisis tomaba forma. Y, sin embargo, debo decir una cosa: yo tenía muchos años sin sentirme tan satisfecho con el Gobierno alemán como me sentí a finales de septiembre. La señora Merkel articuló una frase que me sorprendió y que yo hallo respetable; ella dijo: ‘Si ahora tenemos que disculparnos aquí por mostrarle una cara amigable a quienes necesitan nuestra ayuda, este ya no es mi país’.

Después de que cientos de miles de personas con diferentes perspectivas religiosas y culturales llegan a un país, el siguiente paso por dar es el esfuerzo de integrarlos. ¿Hay alguna clave filosófica para que el proceso de integración por venir funcione?

Hay una base común sobre la cual debe tener lugar la integración y esa base común es la Constitución. Sus preceptos son principios que deben ser discutidos en un debate amplio y democrático, no cincelados en piedra. De todos aquellos que acojamos debemos esperar que respeten nuestras leyes y aprendan nuestro idioma. Y también debemos esperar que los principios de nuestra cultura política queden anclados con talante normativo en la segunda generación, entre sus hijos e hijas.

En 1999, usted defendió la controvertida intervención de la OTAN en la Guerra de Kosovo. ¿Apoyaría usted también una misión militar de fuerzas occidentales que luche contra el régimen de Bashar al Assad en Siria o contra el autoproclamado Estado Islámico?

Esa es una pregunta difícil; no es una que pueda responder con un simple ‘sí’ o ‘no’. La Guerra de Irak, que yo critiqué desde el primer día, y también los conflictos armados en Afganistán, Mali y Libia, nos hicieron tomar consciencia de que las potencias que intervinieron no estaban preparadas para asumir las responsabilidades derivadas de esas intervenciones. Cuando hablo de deberes me refiero al compromiso de fomentar durante décadas la construcción de las estructuras estatales de los países intervenidos. Gracias a esas experiencias sabemos ahora que, en la mayoría de los casos, las intervenciones militares empeoran las circunstancias en los países afectados. En 1999, yo apoyé la intervención de la OTAN en la Guerra de Kosovo con muchas reservas; eso es algo que se olvida con el tiempo. Pero para decir si yo respaldaría esa misión de nuevo necesitaría pensarlo con más tiempo.

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en suelo estadounidense, el periodista franco-alemán Peter Scholl-Latour pronosticó que los grandes conflictos del futuro serían de índole religiosa. La historia parece darle la razón, considerando el auge de las corrientes más extremistas del Islam. ¿Qué hacer frente a ese fenómeno?

Pero es que, en esencia, el fenómeno al que usted alude no es un conflicto religioso. Estamos frente a conflictos políticos definidos como si fueran religiosos. El fundamentalismo religioso es una reacción a fenómenos de desarraigo que se vieron catalizados en la Modernidad por el colonialismo y las políticas post-coloniales. Por eso creo que es ingenuo describir los actuales como conflictos religiosos.

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