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Elecciones Estadounidenses

FBI: un dolor de cabeza llamado Clinton

El director del FBI, James Comey, es blanco de numerosas críticas por su manejo del caso de los mensajes electrónicos de Hillary Clinton. Pero ¿qué otra cosa podría haber hecho?

Probablemente James Comey haya presentido ya el 2 de marzo de 2015 que no se le venía encima nada bueno. Ese día, el New York Times reveló que Hillary Clinton había usado un servidor de email privado durante su período como ministra de Relaciones Exteriores. A más tardar cuando Clinton presentó oficialmente su candidatura presidencial, unas semanas más tarde, a Comey le debe haber quedado claro que el asunto le provocaría dolores de cabeza.

Después de que Clinton admitiera el uso de un servidor privado, las pesquisas tomaron vuelo y en agosto se confirmó oficialmente que el FBI investigaba a la candidata demócrata.

Casi un año más tarde, el 5 de julio de 2016, el director del organismo, James Comey, dio a conocer que se habían cerrado las investigaciones y no veía causal para presentar cargos contra Hillary Clinton. No es común en Estados Unidos que el FBI comunique el término de investigaciones de un modo tan detallado como lo hizo Comey ante la prensa, y menos a pocos meses de unas reñidas elecciones.

Duras críticas

"En esta situación inusual, el director decidió que debía decir algo”, señala a DW Daniel Richman, profesor de derecho de la Universidad de Columbia y exfiscal estadounidense. Conoce a Comey desde hace tres décadas y lo asesora: "Si él se hubiera limitado a decir que las investigaciones habían concluido, el Congreso habría emprendido averiguaciones para descubrir lo que él hubiera omitido”.

De todos modos, Comey fue citado al Congreso. Los republicanos estaban indignados porque el jefe del FBI, su antiguo correligionario, no había querido recomendar  la presentación de cargos contra Hillary Clinton. En cambio los demócratas, aliviados, lo alabaron.

Parecía que allí iba a acabar el asunto. Pero el viernes previo a Halloween, Comey detonó otra bomba política. En una concisa carta a líderes del Congreso comunicó que el FBI había emprendido nuevas investigaciones. Precisó, eso sí, que no podía decir si los nuevos mensajes encontrados tenían alguna relevancia.

"Abuso de poder”

Esta vez las críticas le llovieron críticas desde el bando demócrata. Con su carta, el director del FBI no solo transgredió la regla de evitar, seis semanas antes de una elección, cualquier cosa que pudiera interpretarse como una injerencia política, sino que provocó un vuelco en la campaña electoral, insuflando nueva vitalidad a la de Trump y poniendo a Clinton a la defensiva.

El presidente Barack Obama criticó al FBI, sin mencionar el nombre de Comey, a quien habían nombrado en el cargo. Pero también numerosos republicanos y expertos en derecho reprochan su proceder. "Poner al día a líderes del Congreso sobre investigaciones en curso contra el candidato de un partido es un monstruoso abuso de poder”, dijo a DW Richard Painter, profesor de derecho de la Universidad de Minnesota y, de 2005 al 2007, jefe del equipo jurídico de la Casa Blanca en materias éticas. "Esta no es la forma en que trabaja el FBI, que mantiene las investigaciones en secreto”, apuntó.

William Snyder, ex vicefiscal de Pensilvania y Washington, replica que Comey se encontraba en una situación excepcional cuando envió la carta: "Ya había declarado ante el Congreso que el FBI había concluido las investigaciones sobre los mensajes de Clinton. Creo que en el momento en que supo que había más material para examinar y el caso no estaba cerrado, se sintió obligado a complementar la declaración que había hecho bajo juramento”.

¿Quién tiene la culpa?

Painter y otros no consideran válido ese argumento. "El mismo se puso en esa situación. Hizo al Congreso una promesa que jamás debió hacer: que le informaría si había novedades en el caso”, opina el jurista. Snyder, en cambio, le atribuye la culpa al Congreso: "La situación no se habría producido si el Congreso no hubiera citado a Comey. Pienso que él quería hacer lo correcto”.

A juicio de Richman, el director del FBI llevaba las de perder desde el comienzo. Si no decía nada, tarde o temprano las investigaciones sabrían salido a la luz pública y se lo habría criticado por callar. Si hablaba, se le criticaría por ejercer influencia política. "Su propósito es proteger la integridad y credibilidad del FBI”, afirma Richman, y apunta: "Es un extremo acto de equilibrismo”.

Michael Knigge

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