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Europa

Esperanza para los refugiados en Calais

Miles de migrantes se albergan en la "jungla", un campo de refugiados en la ciudad portuaria de Calais. Una luz de esperanza brilla allí con las actividades de la escuela "Camino de las dunas".

Virginie Tiberghien señala las palabras escritas con tiza sobre la pizarra. "The weather", pronuncia, y traduce al francés: "Le temps". Los alumnos repiten: "Le temps". En este aula de la escuela “Camino de las dunas” hay sobre todo hombres procedentes de Sudán y Eritrea. De pronto entra un grupo de niños junto a una mujer con velo islámico. Se las arreglan para encontrar sillas libres y tomar asiento. Hace dos meses que la escuela abrió sus puertas en el campo de refugiados conocido como “la jungla”, situado en la localidad francesa de Calais, y en sus aulas no cabe ni un alfiler. "Vienen a aprender aquí, porque encuentran un poco de tranquilidad“, explica Virginie Tiberghien, una profesora voluntaria. “En la escuela se reencuentran con su dignidad humana“, dice. En “Camino de las dunas” se imparten materias muy diversas, desde Tai Chi hasta francés e inglés, y se ha convertido en una luz de esperanza y solidaridad en Europa.

Quienes logran llegar al viejo continente se encuentran con respuestas opuestas. Por un lado, la solidaridad que muestra Alemania. Por otro lado, obstáculos, como la valla contra migrantes que erige Hungría. Hollande anunció que Francia acogerá 24.000 refugiados en los próximos dos años, pero la mayoría de los franceses rechaza que se relajen las leyes sobre inmigración. También esta contradicción está presente en Calais, donde ha habido manifestaciones a favor y en contra de los miles de solicitantes de asilo que viven en sus campos. Zimako Jones llegó allí desde Nigeria para fundar “Camino de las dunas”.

Migrantes y héroes

"Seguramente ya habrán visto al hombre de Kosovo“, dice Jones. “Viene a la escuela y se sienta con gente de Sudán“. El hogar de Jones es una limpia y ordenada tienda de campaña situada a dos minutos de las aulas. En 2010, Jones abandonó Lagos, la capital de Nigeria, para dirigirse a Europa. En Niza supo de la existencia de los campos de refugiados de Calais gracias a un reportaje emitido por televisión. “Ahí me decidí a venir hasta aquí, ayudar a los demás y a mí mismo hasta que consiga mis papeles”, relata. Muchos de los migrantes de la “jungla” esperan lograr algún día su sueño: llegar a Gran Bretaña. Pero Waseem Mohammad, por ejemplo, prefiere quedarse en Francia. “Tengo amigos en París y Lille”, aclara este paquistaní, que llegó hace dos meses huyendo de la violencia en su ciudad, Karachi. “Me dijeron que tratarían de buscarme trabajo, por eso quiero aprender francés”.

Zimako Jones emigró de Nigeria en 2010.

Zimako Jones emigró de Nigeria en 2010.

Virginie Tiberghien considera a los refugiados una fuente de inspiración. Tiberghien procede de los alrededores de Calais, es logopeda y trabaja desde hace tiempo en los campos de refugiados. “Los veía en las calles y sentía interés por saber cómo vivían”, cuenta a Deutsche Welle. “Los admiro por haber sido capaces de superar las dificultades de su viaje hasta aquí. Son auténticos héroes por conseguirlo y por no perder la sonrisa en el camino. Y también por su determinación por aprender.“

Desde Gran Bretaña

También han llegado a Calais voluntarios desde Gran Bretaña para echar una mano. Niamh McMahon llegó en ferri con una maleta con alimentos, ropa y material didáctico. “Quise venir para tender un puente entre esta escuela y la mía en Inglaterra“, dice esta maestra de Kent. “Donde yo trabajo hay niños con muchos prejuicios contra los inmigrantes, a pesar de que un 30 por ciento de ellos son, a su vez, hijos de inmigrantes. Creo que estaría muy bien que conocieran las condiciones de vida de otros niños de su edad que viven en este campo de Calais”.

Niamh McMahon, a la izquierda, viene como voluntaria desde Kent, Reino Unido, para participar en las actividades de la escuela.

Niamh McMahon, a la izquierda, es una voluntaria de Reino Unido que participa en las actividades de la escuela.

Zimako Jones distribuye golosinas entre varios pequeños que lo rodean. Otro par de mujeres británicas enseñan una canción a los niños. “Es una vergüenza cómo se trata a esta gente en Europa”, se lamenta Niamh McMahon, mientras observa los juegos de los pequeños. “Han puesto en riesgo sus vidas, han huido de la guerra, de la violencia y de las consecuencias del cambio climático. En muchos casos, la política de Occidente ha conducido a esas situaciones en sus lugares de origen”.

Algo más tarde, Zimako Jones lleva comida y provisiones a una mujer que se acaba de incorporar a "la jungla”. Cerca se alojan solo las mujeres y los niños, pero no hay sitio para todos. De momento, el nigeriano se muestra satisfecho con lo que ha logrado. Pero queda mucho por hacer. Su próximo proyecto es un aula solo para mujeres y niños. Además quiere cambiar el nombre de “jungla” al campo, que ya cuenta con una iglesia, una mezquita y varias tiendas. “La gente ve que los refugiados hacemos cosas positivas, como la escuela”, dice Jones. “Da igual la raza o religión, está abierta para todos. Igual que la escuela francesa”, concluye.