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Europa

Diez años de los atentados del metro de Londres

Hace diez años, el 7 de julio de 2005, Londres se despertó en una pesadilla con los cuatro atentados terroristas más trágicos de la historia reciente del país.

Aquel día, el cocinero Alex Marshall fue a trabajar a Tavistock Square. Mientras estaba en la cocina, las noticias reportaron un fallo eléctrico en el metro. Su jefe le dio libre, pero pronto supo que era un atentado. Antes de las 10, hubo una explosión más cerca y Marshall fue derribado por la onda expansiva. El joven de Leeds Hasib Husain se había inmolado en un autobús con 21 pasajeros.

Cuatro explosiones en metros y autobuses.

Cuatro explosiones en metros y autobuses.

“Cuando me levanté había partes de cuerpos alrededor”, dice Marshall. Sabía de primeros auxilios, cogió guantes quirúrgicos que usaban para la comida y trajo mesas para improvisar camillas. Durante un año, apenas durmió obsesionado con las noticias. Aun así, sigue trabajando en Tavistock. “Nunca quise dejar Londres. Si dejas de hacer lo que haces, ellos (los terroristas) consiguen lo que quieren”, dice Marshall. “Mejor no tener miedo, no cambiar y seguir viviendo”, continúa.

Mayor vigilancia

Lo que sí cambió fue la retórica política sobre el extremismo. Así lo dio a entender David Cameron, premier británico, ante el Consejo de Seguridad Nacional: “Durante demasiado tiempo, hemos sido una sociedad pasiva tolerante, diciéndole a nuestros ciudadanos: si obedece la ley, vivirá tranquilo. Se entiende que nos hemos mantenido neutrales entre diferentes valores. Y eso ayudó a fomentar una narrativa de extremismo y agravio. Este Gobierno acabará de manera concluyente con este enfoque fracasado”, afirmó Cameron.

Londres: ¿una ciudad más segura?

Londres: ¿una ciudad más segura?

Gus Hosein, de Privacy International, no cree que incrementar el control conlleve una mejora de la seguridad. "Casi todos los atentados se usan para encontrar una justificación política y ejercer mayor control sobre personas que ya estaban bajo vigilancia”, aclara. Por el contrario, el policía John Corr, que vivió los atentados en Russel Square, sí cree que Londres goza de mayor seguridad. “La gente mira. Si ven entrar a un indigente en el metro con una mochila lo observan. Al final, cuidan más los unos de los otros”, dice el agente. Corr cree que la privacidad es un precio necesario para estar más seguro. “Sé que la gente dice: mientras no lean mis emails o cosas así... Si así se salvan vidas, tiene sentido para mí. No quiero volver a vivir aquel día”, continúa.

Acción positiva

Sajda Mughal, de origen ugandés, tomó aquel día el tren de Picadilly en el que murieron 26 personas. Ella sobrevivió y desde entonces se dedica a alejar a jóvenes musulmanes de la radicalización en internet. Ella es musulmana y critica la representación mediática del islam tras los atentados porque, según dice, a veces avivan la islamofobia. Hoy Mughal es responsable del único programa que aborda la radicalización en internet, ofreciendo asesoramiento y consejos prácticos a madres para cambiar las pautas de sus hijos. “El programa es un éxito y muchas madres nos agradecen haber salvado a sus hijos”, aclara.

Con los últimos ataques de Susa, en Túnez, donde murieron 30 británicos, es inevitable que los políticos sientan la necesidad de tomar medidas. Curiosamente, algunos supervivientes de aquel 7 de julio son los más moderados, pese a ser los que más argumentos tienen para el miedo y la indignación.

La culpa del superviviente

Otro superviviente, Georg Roskilly, sufrió el atentado a 1,5 metros de la explosión. “Pensé que había chocado el tren. Luego todo se puso negro y había gente gritando. Pensé que era el final y esperé hasta que se escuchó una voz que indicaba como salir”, aclara. Roskilly reconoce que estuvo mucho tiempo atormentado por haber sobrevivido. “Tenía 62 años y esa gente era más joven, estaban comenzando su vida y los mataron. Me preguntaba por qué sobreviví yo y ellos no, y pensaba que no era justo”, explica. Tras recibir tratamiento, consiguió superar el trauma e insiste en que Londres ha mejorado desde entonces. “La etiqueta es la de no hablar ni mirar a nadie en el metro. Pero ese día, conocí a gente de todo tipo y religión que no hubiese conocido de otra forma. Y al final ganamos porque no cambiamos nuestra forma de vivir. ¡Ganamos!”, concluye.