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Historia

“Con cada nueva experiencia, vemos el pasado de forma distinta"

La reunificación de Alemania y lo que vino después: esos son los temas que ocupan al escritor Ingo Schulze. En una entrevista con DW-WORLD, el autor habla sobre su impresión personal de la República Democrática Alemana.

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El escritor Ingo Schulze.

El escritor Ingo Schulze nació en Dresde en 1962. Hoy vive en Berlín, desde donde publica sus novelas cargadas de Alemania. Simple Storys, editado en 1998, fue para muchos críticos el “libro de la reunificación alemana”. Adam y Evelyn, su último relato, es una tragicomedia sobre 1989, el año en que cayó el Muro, y ha sido nominado para el Premio Alemán del Libro 2008.

Sobre ésta y aquella Alemania, sobre el presente y el pasado, conversó DW-WORLD con Schulze.

DW-WORLD.DE: Señor Schulze, ¿qué se ve en el resumen en imágenes de su RDA personal?

Ingo Schulze: ¿Qué se ve? Se ven muchos libros, casas viejas y el mucho tiempo pasado en esas casas. Creo que los espacios privados, los apartamentos, las cocinas, pero también los paseos, me marcaron mucho. El hecho de que para visitarse hubiera que planearlo con tanta anticipación. O que, si simplemente se tocaba el timbre, era siempre con la frágil esperanza de que hubiese alguien en casa. Pero, naturalmente, todo esto no son más que generalizaciones estereotipadas.

En la prensa alemana, el recuerdo de la RDA ha vuelto a convertirse en un gran tema. El semanario Die Zeit , por ejemplo, titula uno de sus artículos: „Los alemanes no logran recordar. Mienten, callan o se pelean”, ¿es verdad eso?

Cada nueva experiencia cambia el modo en que se mira al pasado. Y, por supuesto, hay experiencias contradictorias que no encuentran puntos en común. La verdad única no existe. Por eso me parece tan importante el arte: en un cuento, un en poema o en una pieza de teatro pueden convivir dos verdades, la una al lado de la otra. En realidad, yo escribo porque no quiero dar lugar a una generalización más.

Schrift auf ehemaligem Palast der Republik

"Zweifel", "duda", en un luminoso sobre el Palacio de la República, antes de que fuera domolido.

La RDA desapareció como país. Cuando pasea por Dresde, la ciudad de su infancia, ¿qué le recuerda aún al pasado?

Hace dos años viajé a Dresde sin avisar a mis amigos, simplemente para poder caminar solo por la ciudad. Fue una desilusión. Nunca hice donaciones para la Iglesia de Nuestra Señora, pero la silueta del edificio me gustaba. Ahora, parado delante de la iglesia, me preguntaba “Dios mío, ¿éste es el centro de Dresde?“ Pero mucho peor es todo lo que ha surgido a su alrededor, ese Disneylandia para turistas hecho de cemento con una capa de yeso por encima.

De repente, me di cuenta de que todo lo que nunca me gustó, esa mescolanza del barroco de Dresde con estalinismo, era de algún modo arquitectura, permitía reconocer una época determinada. Ahora se intenta convertir el centro de Dresde en un mundo de ensueño pero, en realidad, sólo se trata de turismo y comercio. Todo lo que para mí nunca tuvo valor arquitectónico se revaloriza ahora y adquiere rasgos casi humanos.

Usted ha criticado las muchas demoliciones, el que se intente sepultar el pasado a través de la destrucción física de las cosas. ¿Habría que volver a erigir las antiguas estatuas de Lenin?

Estoy muy contento de que las estatuas de Lenin hayan desaparecido. Pero, por ejemplo, es absurdo demoler el berlinés Palacio de la República. En Berlín percibo un odio hacia todo lo que procede de una época moderna. Uno tiene la impresión de que lo único que importa es saltar del II Imperio germano a la gran República Federal de hoy, por encima del nacionalsocialismo y del periodo de la divisón de Alemania.

Frauenkirche in Dresden

La iglesia de Nuestra Señora de Dresde, tras su reconstrucción.

No pretendo hacer culto de las casas venidas a menos ni de las fachadas con impactos de bala, entiendo que haya que eliminar muchos edificios. Pero lo que sucede tras la demolición es lo que considero peligroso, el hecho de que desaparezcan cada vez más espacios públicos y surjan cada vez más espacios comerciales. Por ejemplo, la plaza de Potsdam en Berlín es un lugar casi exclusivamente para turistas, ningún berlinés se pasea por ahí. Ha dejado de ser un espacio público para ser un espacio empresarial, por así decirlo. Y lo mismo ocurre con otras muchas cosas.

La democracia necesita espacios públicos, ellos le otorgan su significado. En la RDA, estas cuestiones sólo existían bajo un tinte oficioso, pero ahora que tenemos la posibilidad de crear una opinión pública real y un espacio público verdadero, ataca el comercio y degrada a las personas a la categoría de meros consumidores.

Usted dijo una vez que le preocupaba menos la desaparición de la Alemania oriental que la desaparición de la Alemania occidental, ¿qué quiso decir con eso?

Con eso me refería a la subyugación al valor económico de todos los aspectos de la vida. No puedo hablar por experiencia propia de como era la vida en el oeste de Alemania en los años 70 u 80 pero, por lo que me han contado, en aquel entonces los estándares eran otros, existía una conciencia diferente a la actual de lo que significa la justicia social.

Desde 1990, desde que conozco la zona occidental, observo que la política se ha retirado para dejar terreno libre a la economía. Por ejemplo, ¿por qué no se puede hacer del tren un instrumento al servicio de todos los ciudadanos de este país? Se podría reducir el precio del boleto y convertirlo en una verdadera alternativa ecológica. ¿Por qué tiene que privatizarse la empresa ferroviaria y han de colocarse los beneficios en primer lugar? En este desarrollo, hay muchas cosas que no me parecen bien y que me enfurecen.

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