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Global Ideas

Combatiendo a las superbacterias

Con cepas bacterianas resistentes a fármacos, que ponen en peligro la vida de cientos de miles de personas, y pocos tratamientos nuevos en el horizonte, los científicos están buscando respuestas en la naturaleza.

Dos manos sostienen un manojo de pequeñas guisantes. (Dr. Cassandra Quave)

Dos manos sostienen un manojo de pequeñas guisantes.

Los científicos la han calificado de "amenaza fundamental” para la salud humana, comparándola con el terrorismo y el cambio climático. El aumento de cepas bacterianas resistentes a los antibióticos ha preocupado a la comunidad médica durante décadas. Ahora un creciente número de bacterias infecciosas se está volviendo inmune a todos los fármacos conocidos y aumenta el temor de que nos estemos adentrando en una era post-antibiótico.

Los expertos en salud estiman que las cepas de bacterias resistentes a los fármacos, como el Estafilococo áureo resistente a la meticilina (MRSA, del inglés Methicilin-resistant Staphylococcus aureus), la tuberculosis y E. coli, son responsables de la muerte de 700.000 personas al año en todo el mundo. De acuerdo con un informe de 2013 publicado por el gobierno británico, si no se controla esa cifra podría aumentar a 10 millones en 2050, lo que supondría, asimismo, un coste de hasta 100 mil millones de dólares para la economía mundial. Las "superbacterias”, como se las conoce, podrían matar incluso a personas sanas que visitan hospitales para procedimientos médicos de rutina o dar a luz.

La prescripción médica abusiva y el uso de antibióticos en la ganadería han sido culpables, en parte. Además, la industria farmacéutica ha desarrollado pocos antibióticos nuevos en los últimos años. No obstante, en la búsqueda de nuevos tratamientos, algunos investigadores recurren a disciplinas científicas como la etnobotánica, que estudia las relaciones entre los grupos humanos y su entorno vegetal, es decir, el aprovechamiento de las plantas en los diferentes espacios culturales y en el tiempo.

Conocimiento tradicional + ciencia = etnobotánica

Cassandra Quave es una de las muchas científicas que busca respuestas en la naturaleza. Su búsqueda es personal. A los tres años padeció una infección de estafilococo que puso en peligro su vida, y tras la cual perdió una pierna. La pérdida, sin embargo, no amortiguó su entusiasmo por las tierras salvajes del centro de Florida, donde creció. Todo lo contrario, un interés permanente por la naturaleza y la curación la llevaron a la universidad.

La investigadora Cassandra Quave posando en su laboratorio (Marco Caputo).

Cassandra Quave en su laboratorio.

Hoy en día, Quave trabaja como etnobotanista en la Universidad de Emory, en el estado americano de Georgia y es una auténtica detective de plantas. Toma notas cuidadosas de remedios populares y recoge muestras, uniendo su interés sobre el conocimiento tradicional con la investigación científica para descifrar los secretos del reino vegetal. A lo largo de su carrera, ha reunido cientos de especies de plantas que podrían conducir al descubrimiento de nuevos fármacos. "Mi doctorado se centró en documentar los usos tradicionales de las plantas silvestres para el tratamiento de enfermedades de la piel”, cuenta.

Gran parte de su trabajo de campo tiene lugar en lugares remotos del sur de Europa, registrando las historias de curanderos de Italia, Sicilia y Albania. "Me gusta ir a lugares aislados porque es donde la gente se involucra más con la naturaleza para su propia supervivencia”, explica. Fue precisamente el conocimiento tradicional de plantas medicinales en la Italia rural lo que la condujo hasta el castaño, Castanea sativa, y su potencial para combatir MRSA.

El árbol de la vida

La investigación inicial de Quave sobre este árbol fue publicada en 2015 en la revista PLOS One. La investigadora descubrió que un extracto derivado de sus hojas podría dar lugar a un fármaco capaz de bloquear la propagación de MRSA, una enfermedad que puede conducir a una variedad de complicaciones médicas, que van desde erupciones cutáneas leves hasta la muerte. En lugar de matar a la bacteria directamente, el extracto bloquea su capacidad para crear toxinas que causan daño en los tejidos.

"Es como si se hubieran quitado los dientes en una mordedura de perro de antemano. La idea es reducir o eliminar la toxicidad de estas infecciones”, explica Quave a DW. Ahora su equipo está llevando a cabo investigaciones adicionales para probar la eficacia del compuesto. Los resultados se publicarán una vez que hayan sido revisados por expertos.

Foto de un castaño (picture-alliance/dpa).

Las castañas saben muy bien, pero los investigadores están más interesados en las hojas de los árboles.

Castanea sativa es un castaño de hoja ancha con una historia europea que data de 2.000 años, retrocediendo hasta el Imperio Romano. El castaño ha sido apreciado por los agricultores y arbolistas de Europa y Estados Unidos por la gran sombra que ofrece y el valor nutricional de sus nueces, que ahora se consumen como un manjar estacional. No obstante, la población rural también ha utilizado las hojas para elaborar una infusión de uso tópico para aliviar enfermedades de la piel, según cuenta Quave.

Los hechiceros de la naturaleza

Mientras que algunos remedios populares no tienen base científica, la etnobotánica tiene algunas ventajas cuando se trata de identificar las plantas con valor terapéutico. En primer lugar, proporciona una guía de campo rápida con plantas medicinales para el tratamiento de dolencias y enfermedades.

Después de todo, los seres humanos han consumido vegetales por diversas razones médicas y espirituales desde tiempos inmemoriales. A través del ensayo y error, los curanderos tradicionales han perfeccionado el uso de las mismas. "Creo que hay mucho que descubrir y entender de lo que de otro modo sería considerado como folclore”, afirma Quave.

En segundo lugar, la etnobotánica se basa en millones de años de evolución. Las plantas son hechiceros de la naturaleza. Dado que no pueden luchar o huir de los depredadores o vagar en busca de compañeros, producen compuestos químicos diseñados para defenderse de las plagas y atraer a los polinizadores. Cuando el ser humano consume estas plantas, su cuerpo puede reaccionar de varias maneras. Los cócteles químicos que contienen pueden ser inocuos, venenosos, alucinógenos o incluso terapéuticos.

Foto de plantas, que se ponen a secar fuera en el suelo (Dr. Cassandra Quave).

Quave recoge muestras de plantas en el remoto campo en busca de nuevos compuestos medicinales.

"El concepto de la investigación con productos naturales consiste en aprovechar las moléculas de defensa que producen las plantas, los hongos y las bacterias para protegerse, y utilizarlo para protegernos a nosotros mismos", explica Nadja Cech, profesora de química de la Universidad de Carolina del Norte, en Estados Unidos.

A pesar de los avances en la medicina moderna y en la investigación que han conducido a la aparición de fármacos sintéticos, el uso de plantas con fines medicinales prevalece en todo el mundo. Según la Organización Mundial de la Salud, el 80% de la población africana depende de la medicina tradicional para su atención primaria de salud. En China, la medicina herbolaria tradicional representa entre el 30 y el 50% del consumo total de medicamentos.

No sería un precedente si finalmente los hallazgos de Quave sobre las hojas de castaño dan el salto desde el campo italiano al hospital. Aproximadamente el 74% de los fármacos basados  en compuestos vegetales son el resultado de una búsqueda etnobotánica. La quinina, la aspirina y el fármaco contra el cáncer, Taxol, son solo algunos de los medicamentos de uso común derivados de las plantas.

"Ahora mismo hay mucha emoción en este campo porque la gente se da cuenta de que hay un gran potencial en los productos naturales para el descubrimiento de fármacos", señala Cech. "Hasta ahora no lo hemos aprovechado del todo”.

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