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América Latina

Colombia aprende la paz

Ahora que se vislumbra un acuerdo con la guerrilla, multitud de colombianos intentan, a través de pequeños proyectos, allanar el camino de la pacificación. Por Tobias Käufer desde Quibdó.

Una víctima de los desplazamientos de campesinos cuenta su caso en Medellín. En Quibdó, José Luis Dogirama Sanapi apenas quiere hablar de lo que vivió como guerrillero.

Una víctima de los desplazamientos de campesinos cuenta su caso en Medellín. En Quibdó, José Luis Dogirama Sanapi apenas quiere hablar de lo que vivió como guerrillero.

Siempre que José Luis Dogirama Sanapi habla de su época en la guerrilla de las FARC, baja la mirada y se le entrecorta la voz. Fue hace más de veinte años, cuando era adolescente: se alistó cegado por las falsas promesas de los rebeldes. El comandante le encargó una misión tan brutal como cínica para el ingreso en su unidad: debía poner a prueba su lealtad matando a su padre, su madre o cualquier otro familiar. "Les dije que era huérfano y que no tenía familia", cuenta. Con ese ardid hizo que el militar desistiera. Huir, sin embargo, hubiera puesto en peligro su vida: los desertores eran buscados y eliminados.

De lo que vivió después como guerrillero, no quiere hablar. Tan grande es el dolor y la tristeza que le provoca, dice a sus 40 años Dogirama, que ahora trabaja en la diócesis de Quibdó, en la provincia de Choco. La guerra ha quedado grabada a fuego en su alma. Menudo y delgado, disfruta todavía hoy de la protección especial del programa de la Iglesia para guerrilleros arrepentidos. Ahora dedica su vida a Dios y a tratar de que los niños de la región no caigan, como él, en manos de la guerrilla o los paramilitares, contándoles la verdad sobre ellos.

José Luis Dogirama Sanapi debía poner a prueba su lealtad matando a su padre, su madre o cualquier otro familiar.

José Luis Dogirama Sanapi, exguerrillero, debía poner a prueba su lealtad matando a su padre, su madre o cualquier otro familiar.

Centenares de miles de víctimas

Más de doscientas mil muertes se ha cobrado el conflicto armado entre la guerrilla, los paramilitares y el Estado. Según las últimas estimaciones, más de siete millones de personas han sido expulsadas ​​de sus tierras durante el último medio siglo. La situación parece empezar a mejorar. El gobierno del presidente colombiano Juan Manuel Santos y los representantes de las FARC están ultimando un acuerdo de paz, que se firmará en marzo. Sin embargo, otros grupos guerrilleros continúan reclutando jóvenes, sobre todo en las zonas rurales pobres. A menudo, en contra de su voluntad.

José Luis Dogirama proviene de la pequeña aldea de Bojayá, conocida por una cruel masacre. Rebeldes de las FARC lanzaron en mayo de 2002 explosivos contra fuerzas paramilitares atrincheradas detrás de una iglesia. Pero la bomba no golpeó al enemigo, sino a civiles que habían buscado refugio en el edificio. Un centenar de personas murieron entonces. En unos días, en el lugar de la tragedia, las FARC escenificarán una especie de reconciliación pública con los supervivientes.

Iglesia de Bojayá, destruida por un ataque guerrillero en 2002. Ojalá algún día seamos perdonados, ha dicho el jefe negociador de las FARC, Pastor Alape.

Iglesia de Bojayá, destruida por un ataque guerrillero en 2002. "Ojalá algún día seamos perdonados", ha dicho el jefe negociador de las FARC, Pastor Alape.

Mientras tanto, Dogirama está haciendo su modesta contribución al proceso de paz. Al igual que muchas otras personas, organizaciones y voluntarios, que lo hacen por su cuenta. Al menos su empleador, la Diócesis de Quibdó, recibe apoyo de Alemania. La organización católica de socorro Misereor alienta esta diócesis y refuerza muchas de las actividades de pacificación en Colombia. El país sudamericano comienza lentamente a aprender lo que significa en realidad la paz.

Es un proceso interesante, en el que ya no se habla sólo acerca de la guerra y sus atrocidades, sino también de sus causas, como la injusticia social. En casi ningún otro país la brecha social es tan grande como en Colombia. Entre los distritos nobles de Bogotá y la capital provincial de Quibdó, donde vive Dogirama, hay sólo unos 45 minutos de vuelo. Y, sin embargo, parecen dos mundos distintos.

No euforia, sino realismo

Entre Quibdó, capital de la provincia de Choco, y Bogotá hay apenas 45 minutos de vuelo.

Entre Quibdó, capital de la provincia de Choco, y Bogotá hay apenas 45 minutos de vuelo. Y, sin embargo, parecen dos mundos distintos.

Colombia está muy lejos de vivir en una euforia provocada por las perspectivas de paz. Más bien, domina el realismo. Y perdura el temor a que los diversos grupos paramilitares se extiendan a las regiones que aún dominan las FARC. "Un acuerdo con uno de los actores no es suficiente para concluir con el conflicto armado", advierte el experto en Colombia Eckhard Sinister, de Misereor, para quien el tema del paramilitarismo debe abordarse con mayor intensidad.

El indígena José Luis Dogirama tiene todavía demandas de largo alcance. Su pueblo es uno de los que está en el lado de las víctimas desde hace siglos. Una verdadera paz sólo será posible cuando se resuelvan los graves problemas de Colombia. La injusticia social, el paramilitarismo, los desplazados, la falta de acceso a la educación y el trabajo: "Los indígenas decimos siempre que para nosotros no hay paz, pues en realidad vivimos desde hace 517 años en un estado de guerra", dice Dogirama; desde que Colón descubrió América.

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