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El Mundo

Cercano Oriente: ¿guerra de religiones?

El atentado perpetrado contra una sinagoga en Jerusalén amenaza con convertir el conflicto del Cercano Oriente en un problema irresoluble a largo plazo, sostiene Loay Mudhoon, comentarista de Deutsche Welle.

Aclaro de antemano: la masacre de fieles indefensos en el seno de una sinagoga es injustificable. Ese es un hecho que debemos condenar de manera inequívoca por ser un acto sencillamente bárbaro, despreciable y sinsentido desde cualquier punto de vista. Este baño de sangre es un hito. La serie de atentados que ha mantenido en vilo a los habitantes de Jerusalén desde hace semanas y que es descrita por algunos observadores como una “intifada individual”, ha alcanzado un punto álgido sin precedentes.

Loay Mudhoon, comentarista de Deutsche Welle.

Loay Mudhoon, comentarista de Deutsche Welle.

Esta “individualización de la lucha” le da al conflicto territorial del Cercano Oriente, aparentemente irresoluble, una nueva dimensión. No sólo en términos de logística para la seguridad –los actos de terror en cuestión hacen prácticamente imposible proteger a la ciudadanía–, sino también porque estos sucesos y sus autores difícilmente pueden ser frenados por las clases políticas de Israel o Palestina. Este estado de cosas puede destruir los cimientos de la coexistencia pacífica palestino-israelí e impedir su reconstrucción durante décadas.

Secuelas duraderas y peligrosas

Aún más peligrosas pueden resultar las secuelas políticas de esta violencia desinhibida. Una de ellas: la sacralización del conflicto en el Cercano Oriente. Eso imposibilitaría a largo plazo el hallazgo de una solución pragmática. Claro está que la tendencia a atribuirle una carga religiosa al enfrentamiento en esa región no es nueva; las confesiones juegan un rol importante en ese rincón del mundo a más tardar desde la Guerra de los Seis Días. Las fuerzas nacionales religiosas han ganado fuerza en Israel en los últimos veinte años.

Y en los territorios palestinos han prosperado los movimientos radicales islamistas, consolidándose como competidores de la secular-nacionalista Organización para la Liberación de Palestina (OLP) debido al fracaso del proceso de paz. Pero el componente religioso del conflicto en el Cercano Oriente adquiere un matiz más intenso con los atentados perpetrados contra las sinagogas de Jerusalén. Y es que, hasta el ataque reciente, pocos templos judíos habían sido blanco de agresiones.

Solución de dos Estados o nada

Aunque no se puede decir que la crisis del Cercano Oriente sea una guerra de religiones, queda poco tiempo para evitar que ese escenario se consume: la insistencia del Gobierno israelí en construir asentamientos judíos en los territorios ocupados obstaculiza cada vez más el camino hacia una solución de dos Estados y, a su vez, eso hace que el fin de la ocupación esté cada vez más lejano. Estas perspectivas debilitan a las fuerzas moderadas de ambos lados; ellas no quieren ni oír hablar de una “guerra santa”.

Al mismo tiempo, no salta a la vista otra salida al conflicto que la solución de los dos Estados. De ahí que la hora sea oportuna para que el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, y el presidente de Palestina, Mahmud Abbas, hagan todo lo que está en su poder para poner fin a la dinámica bárbara que está aflorando. Una guerra de religiones de duración indeterminada no le conviene a ninguna de las partes en discordia.

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