César Aira: La política no sirve para nada | Cultura | DW | 09.09.2016
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Cultura

César Aira: La política no sirve para nada

El novelista César Aira, autor de referencia en las letras argentinas, vuelve a ser noticia en el Festival Internacional de Literatura de Berlín, por su irreverencia y sus polémicos criterios sobre el papel del escritor.

Hace mucho tiempo decidió no hablar nunca de política ni de fútbol. Se considera un escritor elitista. En sus entrevistas insiste en que el papel de los escritores es sobrevalorado y considera que sus más de 80 libros son instrumentos para operar sobre una realidad llena de condicionamientos sociales que impiden su natural desarrollo.

Por esas razones, había expectativa sobre cuáles serían sus palabras en la apertura del Festival Internacional de Literatura de Berlín. Y aunque su discurso cautivó a todos los asistentes a la gala inaugural, por su humor y su originalidad, para muchos resultaría impactante el hecho de que, otra vez, se pronunciara contrario al credo de que la literatura y el escritor deberían ocupar protagonismo en la lucha por un mundo más justo y humano, en un evento que lleva años defendiendo la necesidad de que las letras y los creadores literarios sean parte activa de los intentos por llevar al mundo por senderos de mayor tolerancia y entendimiento.

"Creo que la política no sirve para nada. Lo que cambia la vida de la gente es la historia y la política lo que más hace es impedir el curso de la historia. Lo mismo sucede en literatura. Los escritores tampoco servimos para nada, no se debería tomarnos tan en serio. Para mí lo más importante en el mundo literario es la invención, no el activismo, y es lo que menos se hace hoy día en la literatura. Hay mucha expresión de la vida real tal como es. En mi discurso aquí dije lo que considero un credo: mis mundos están relacionados con el juego, con la fantasía, con la invención de universos, y aunque mis libros están llenos de temas raros y personajes raros, jamás me propongo abordar temas o construir personajes raros. Son realidades que surgen, que llegan y mayormente esas, mis realidades narradas, son ajenas a lo político".

DW: Pero en América Latina la realidad parece estar marcada por lo político. ¿Se puede escapar de ello?

Hay muchos escritores que lo estamos intentando. América Latina no es una sola cosa, son muchas cosas distintas. Los argentinos, por ejemplo, quizás seamos un poco más intelectuales, tenemos ese sello borgeano, algo que Borges intentó explicar diciendo que como no tenemos una larga tradición cultural, ni siquiera tenemos una cultura indígena fuerte, estamos abiertos a todas las tradiciones, somos un poco más cosmopolitas. Cada país tiene su historia, su composición humana... Por ejemplo, ahora yo vi en Bolivia la importancia que pueden tener las lenguas, el quechua y el aimara, y si yo fuera un escritor boliviano ahí encontraría una fuente de inspiración, de trabajo, que no es el caso de los argentinos, que no es un país bilingüe como Paraguay. Somos un mosaico cultural de gente hermana que nos entendemos muy bien. Y ese entendimiento en las diferencias, esa multiplicidad cultural es un espacio para la creación lejos de la política pura que puede servir mucho a la creación literaria.

DW: Pero, escribir alejado de lo netamente social, lo netamente político, ¿no lo convierte en un autor de elite?

Yo me considero un escritor elitista, soy muy elitista. En el mundo actual hay dos elites: una es la que odia el pueblo, es la de la gente refinada que lee a Proust y escucha a Stravinsky; y después está la otra elite, a la que el pueblo ama, que es la de los que veranean en Miami, se compran un Ferrari, y tanto aman a esa elite que se gastan el sueldo en esas revistas de papel lustroso donde esta elite muestra sus mansiones, sus ropas de Versace... Yo pertenezco a la primera elite y ya estoy resignado a que el pueblo me odie y a que sólo unos pocos me lean. El refinamiento es un camino de ida: una vez que uno apreció a Debussy, ya no puede apreciar la cumbia o el reguetón...

DW: Pese a esa negativa a reconocer un papel social en la literatura, sus libros abordan temas y personajes que entran en conflicto con la realidad social.

Toda la literatura, todo el arte, tiene resabios de operaciones mágicas, de crear ese libro que sirva para transformar la realidad. Pero, en general, los que nos dedicamos al arte lo hacemos por alguna insatisfacción con nuestra vida real, algo que trasforme nuestras vidas, que transforme el mundo, que lo haga más vivible para nosotros. Pero no creo que haya que escribir para cambiar nada. Yo empecé escribiendo novelas con el grosor que complacía a los editores, pero después, de modo natural, mis historias se fueron encogiendo a cien o poco más de cien páginas, y allí metí a mis personajes. No es que yo busque rarezas humanas, los personajes para mí son sólo funcionales a la trama, no tienen nada que comunicar: el gordo tonto, un flaco inteligente, un enano, un ciego... Fui adquiriendo cierto respeto y los grandes editores aceptan mis libritos, pero si ellos no quisieran, siempre estarían mis amigos, los editores independientes, que es donde más publico.

DW: La obsesión de escribir... hoy parece casi una epidemia.

Así es. En Argentina, y en todas partes creo, hay una proliferación de pequeñas editoriales independientes. Hoy se ha hecho muy fácil "voy a hacer un libro". Se está publicando mucho sin filtro, sin hablar de lo que se publica en la web, casi demasiado, hay como una marea de libros. Tampoco hay que hacerles caso a los periodistas culturales, que están descubriendo un genio cada semana; porque los escritores realmente buenos nacen tres o cuatro por siglo, y para que surja uno bueno hay que esperar treinta o cuarenta años. Hay mucha industria editorial y poca historia que contar.

Lo bueno del escritor es que no tiene ningún papel. La literatura no cumple ningún papel real en la sociedad, incluso debería ser mal vista. Yo no entiendo esas campañas de promoción de la lectura que se hacen desde el Estado, porque que la hagan los editores o los escritores está bien, porque es nuestro negocio, pero que la haga el Estado me llena de perplejidad pues un país necesita gente que trabaje, que produzca riquezas y no gente que esté encerrada en sus casas leyendo novelas.

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