Opinión: Una oscura época para la democracia en Turquía | Política | DW | 09.07.2018
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Política

Opinión: Una oscura época para la democracia en Turquía

Jurando sobre la nueva Constitución presidencialista, Erdogan alcanzó su objetivo. Pero Turquía seguirá dividida y ni Europa ni Alemania deberían abandonarla, opina Gunnar Köhne.

En la década de los 90, cuando era alcalde de Estambul, se comenta que Erdogan dijo: "Para mí la democracia es un tranvía y me bajaré cuando llegue a mi destino”. Ahora, a sus 64 años, llegó por fin a su destino. Con su entronización como presidente con una Constitución propia, podrá gobernar el país sin restricciones. Por decreto.  El Parlamento no desempeñará prácticamente ningún papel en el futuro. A partir de ahora, independientemente de si se trata de jueces, ministros o profesores, Erdogan nombra y Erdogan destituye. Y los 18.000 funcionarios despedidos este fin de semana seguramente no serán los últimos.

En línea con Egipto y Rusia

La republica turca nunca fue una democracia impecable en sus más de 90 años de existencia. Con la enorme pérdida de poder del Parlamento, se coloca finalmente en la misma línea que otros Estados como Egipto o Rusia. Sin embargo, hay una diferencia. La oposición política de Turquía no es un grupo disperso y todavía cuenta con el apoyo de casi la mitad de la población.

Gunnar Koehne, de DW.

Gunnar Koehne, de DW.

Para Erdogán, sería un riesgo creer que ahora podrá gobernar un país con sus partidarios y contra el resto. Está claro que puede poner en la calle a cualquier maestro liberal y enseñar más el islam. También puede degradar al resto de profesores universitarios para convertirlos en súbditos, o desplazar a empresas innovadoras orientadas a Occidente, a cambio de favorecer a sus acólitos con proyectos estatales. Podrá seguir incitando contra Occidente, hacer campaña con sus medios de comunicación y enfrentarse a las demandas de los kurdos de forma aún más violenta. Erdogan puede hacer todo eso, pero entonces no conseguirá el progreso económico y político que prometió a su país. Por el contrario, la caída de la lira turca y una inflación galopante son las primeras señales que apuntan a una grave crisis.

De todos modos, todavía no está claro que el nuevo régimen vaya a funcionar. Erdogan prometió a los turcos que reemplazaría la vieja y engorrosa burocracia por un sistema eficaz. Al mismo tiempo, nombró a docenas de vicepresidentes y consejos asesores, con competencias que todavía no están claras. Y aunque Erdogan quiera controlar todo personalmente, también necesitará colaboradores que puedan hacer algo más que rendirle tributo.

Europa no debe dejar sola a la oposición

Erdogan solo podrá imponer sus planes con mano dura. Si se relaja, el país se volverá ingobernable y el propio Erdogan lo sabe. Aunque mande señales conciliadoras como, por ejemplo, nombrar a un experto independiente como ministro, estas deberían ser entendidas como un mensaje de tranquilidad hacia el exterior y a los inversores extranjeros.

Para los demócratas turcos, ahora comienza una fase oscura. Nunca antes tuvieron que enfrentarse a  un adversario tan poderoso como Erdogan. Pero tras la depresión provocada por la derrota electoral, la oposición turca pronto recordará sus fortalezas. A partir de ahora, Alemania y Europa no deberían dejarla sola. Deberíamos seguir apoyando a los disidentes huidos y aumentar la presión política sobre Ankara. La decisión de la Unión Europea (UE) de terminar las conversaciones sobre la posible ampliación de la unión aduanera hacia Turquía es, por el momento, correcta. Y las conversaciones de adhesión a la UE también pueden darse por finalizadas a partir de ahora. Realmente, ya no tienen ningún sentido.

Autor: Gunnar Köhne (jag/er)

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