Opinión: La política simbólica de Hollywood | Cine | DW | 05.03.2018
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Cine

Opinión: La política simbólica de Hollywood

Ya es costumbre que en la ceremonia de entrega de los premios Óscar se articulen pronunciamientos política y socialmente relevantes. Jochen Kürten se pregunta si esa gala no es sobreestimada como espacio de protesta.

USA Oscar-Verleihung 2018 | Bestes Drehbuch Jordan Peele (Reuters/M. Blake)

Jordan Peele, el primer artista negro en recibir un Oscar en la categoría “Mejor guión original”.

No tiene nada de malo que las figuras más prominentes de la industria cinematográfica suban al escenario del Teatro Dolby de Los Ángeles y llamen la atención hacia los problemas del mundo. Ellas vienen haciéndolo desde hace años. En algún momento denunciaron la presencia militar de Estados Unidos en zonas remotas del planeta y, en otros, las controvertidas políticas de este o aquel presidente. Como la mayoría de los integrantes del establishment hollywoodense se autoproclaman liberales, no es de extrañar que le lancen puntas a los ocupantes de la Casa Blanca cuando éstos son republicanos. Donald Trump ya fue blanco de ellas en la ceremonia de entrega de los premios Óscar en 2017.

En los últimos años ganaron terreno las protestas contra la discriminación de los artistas negros en el negocio del cine. 2018 está marcado por el clamor contra el abuso sexual de las mujeres y la hegemonía de los hombres en la industria, dos fenómenos simbolizados por la figura del productor Harvey Weinstein. Pero quienes daban por sentado que la gala de este año sería convertida en el gran duelo a favor de la igualdad de los sexos deben haber quedado decepcionados. Al contrario de lo que ocurrió en la antesala de la entrega de los Globos de Oro en enero, el desfile sobre la alfombra roja previo al show de los Óscar transcurrió como de costumbre: muchas mujeres prescindieron de los trajes de colores y se vistieron de negro en señal de unidad, solidaridad y desafío para los Globos de Oro; pero, para los Óscar, los trajes oscuros podían contarse con los dedos.

Los símbolos pueden causar efectos indeseados

Kuerten Jochen Kommentarbild App

Jochen KÜrten, comentarista de DW.

Sin pretender desestimar las buenas intenciones de las estrellas, ¿qué clase de protesta fue esa? La directora española Isabel Coixet hizo un comentario tan mordaz como acertado cuando asistió a la Berlinale este año: en lugar de llevar un vestido colorido de 10.000 dólares al evento de los Globos de Oro, las actrices llevaron un vestido negro de 10.000 dólares, observó. Como ejercicio de presión, ese es uno muy fácil. Coixet trajo a colación las arriesgadas protestas de las mujeres en Irán, quienes al quitarse el velo y dejar a la vista sus cabelleras fueron objeto de la ira de los religiosos más conservadores. Ese sí que es un gesto valiente, señaló la creadora española.

Algunas palabras de los presentadores y los galardonados, un par de chistes del anfitrión, Jimmy Kimmel, el discurso de la actriz Frances McDormand al recibir una estatuilla y oportunidades en abundancia para que la élite de Hollywood les manifestara su solidaridad a las víctimas del acoso o la violencia sexual; en términos de protesta, no hubo más que eso en la gala de los Óscar. Por otro lado, quizás es hasta bueno que así haya sido. La tarima del Teatro Dolby no es el lugar más apropiado para los enfrentamientos sociopolíticos. La noche de los Óscar es un encuentro de luminarias, un suceso fastuoso, un acto para entretener al público.

Demasiados sermones le hacen daño al mensaje

La entrada de los Globos de Oro, con su énfasis en la indumentaria, evidencia la rapidez con que un show puede perder el glamour y terminar dando pena ajena. Alguien les recomendó a los organizadores de la Berlinale que sustituyeran la alfombra roja por una negra; pero, por fortuna, esa sugerencia fue enterrada sin contemplaciones. No está mal que se oreen opiniones o manifiestos políticos en los festivales o en las entregas de premios, pero demasiados sermones le hacen daño al mensaje. Sobre todo cuando un evento se presta tanto para el chismorreo como el de los Óscar, donde se habla más sobre la elección de prendas de los artistas que sobre las películas en competencia.

Es bueno que, tras el escándalo alrededor de los abusos cometidos por Harvey Weinstein, todo el mundo esté hablando sobre la necesidad de que haya igualdad en el campo del cine. Y es posible que algo cambie lentamente debido al debate en las escuelas de cine y los gremios que fomentan la producción cinematográfica, en las redacciones de televisión y en las compañías productoras. Es hora de que así sea.

No obstante, el evento de los Óscar no debe ser sobrecargado. De todas maneras, esa gala es sobreestimada. El hecho de que muchos la comenten semanas antes de su consumación no significa que ella sea la vara para medir todas las cosas. La gran mayoría de las películas nominadas -incluidas las que recibieron el Óscar en 2018- ya habían sido descubiertas, vistas y galardonadas en festivales. "La sombra del agua" y "Tres anuncios por un crimen" lo fueron en el Festival de Venecia; "Una mujer fantástica" lo fue hace más de un año en la Berlinale.

Cabe recordar también que el 95 por ciento de las producciones premiadas con el Óscar fueron creadas en el mundo de habla inglesa. Casi todas las obras concebidas en otras lenguas pasan inadvertidas. Como muestra, la categoría "Mejor Filme Extranjero". ¿Extranjero para quiénes? Cinco películas compiten en ese reglón en representación de todo el quehacer cinematográfico global. Eso es absurdo.

El premio Óscar tiene una función comercial

Esos son detalles en los que vale la pena pensar. Si aplicáramos los criterios del Óscar para premiar a los cultores de otras artes, como la literatura, por ejemplo, ¿quiénes figurarían en las categorías "Mejor novela del año" o "Mejor autora"? El mundo del cine, que en términos comerciales es dominado por Hollywood, se mueve al ritmo prescrito por los estrategas de mercadeo de los grandes estudios. Ellos hacen un buen trabajo y se esmeran, año tras año, en que el negocio produzca miles de millones de dólares. Pero, la mayoría de las veces, su labor tiene poco que ver con la cultura y el arte.

Algo bueno ha ocurrido en los últimos años: películas de alto valor artístico han sido reconocidas con el Óscar. Ese no siempre ha sido el caso. Eso hay que tenerlo en mente al considerar la cobertura mediática que se hace de los Óscar y el rango que se le atribuye a ese premio. Por cierto, esa es tarea de los periodistas y de la prensa seria. Eso permitiría darle el contexto apropiado a los discursos y a la bien intencionada política simbólica que se articulan en la tarima del Teatro Dolby.

Jochen Kürten (ERC/VT)

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