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Los costos de la desunión latinoamericana

16 de septiembre de 2020

Predomina una visión centrada en la postura nacional y una tendencia hacia la demolición de las instancias de carácter regional, debilitando aún más los lazos intrarregionales.

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OAS Hall of Heroes
Imagen: OAS/OEA/Juan Manuel Herrera

Con la elección de Mauricio Claver-Carone el sábado pasado como el primer presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) que no proviene de un país de América Latina y el Caribe, se ha dado un paso más en la desorganización entre los gobiernos latinoamericanos. No fue posible lograr una candidatura de consenso: Brasil, Colombia, Uruguay, Paraguay y Ecuador se aliaron con el candidato de Washington. Pero la división latinoamericana se manifestó por igual en las pocas instancias de integración regional que siguen funcionando hasta la fecha: Argentina tuvo un voto diferente en el Mercosur frente a sus tres socios, en la Alianza del Pacífico, Chile y México pidieron la postergación de la elección, mientras Colombia optó por Claver-Carone. De nuevo se hizo patente la ausencia de un mínimo de liderazgo por parte de Brasil y México para unificar posiciones y buscar consensos. Existe un vacío sensible de interés por lograr una voz común en los asuntos hemisféricos, al igual que a nivel global.

Ausencia de solidaridad regional

Tradicionalmente se había visto como eje del debate la relación asimétrica entre EE.UU. y América Latina; hoy más bien aparece como más relevante la extrema fragmentación de la región latinoamericana, la cual no logra fraguar posiciones comunes.

Hoy, América Latina se presenta ideológicamente fragmentada, situación conocida de épocas pasadas, lo cual nunca había impedido el deseo de buscar conciliar los intereses en materia de política internacional. La región no solamente se mantiene al margen; peor, se juega su opción de ser considerada un actor relevante a nivel internacional. Tanto Brasil como México han optado por retirarse por razones ideológicas de la política internacional, cada nación busca su propia suerte para salir de la pandemia. Las dos naciones renuncian de nuevo a su vocación coyuntural de solidaridad regional, también en términos políticos. Esto vale por igual para los grandes temas internacionales como en materia del cambio climático: México ha abandonado el tema y ha optado por la reprimarización de su política energética; Brasil se hunde en su política obstinada y al mismo tiempo desastrosa de la Amazonía. Los demás países se mueven en sus coyunturas nacionales, entre las crisis fiscales, la contracción económica  y la descomposición social. Por el momento no se vislumbran ni liderazgos ni iniciativas por reanimar formatos de cooperación, concertación e integración viables para cerrar esta creciente brecha entre discursos nacionales y nacionalistas y responsabilidad regional/global.

Debilitamiento del régimen interamericano de derechos humanos

Aparte del caso del BID se tiene que mencionar el avance en la destrucción del Sistema Interamericano de Derechos Humanos, especialmente de la Comisión y de la Corte  como partes esenciales de este ejemplar mecanismo de garantías de los derechos humanos. La reciente decisión del secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, de no renovar el mandato del brasileño Paulo Abrao como secretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha hecho sonar campanas de alarma en la región, aunque Almagro aduce quejas por maltrato laboral.

Los mismos gobiernos de la región parecen dispuestos a asumir la tarea de debilitar instancias regionales de reconocida reputación internacional, que han sido ejemplo para otras regiones a nivel mundial, motivados por un extremo afán soberanista. Así se interpretan las mismas acciones del sistema interamericano como "intervención" de agentes externos en los sistemas judiciales nacionales. No hay duda que las sentencias y recomendaciones emanadas de la Corte y de la Comisión son incómodas y se refieren a temas políticamente sensibles, pero en décadas anteriores se habían considerado como un correctivo oportuno y hasta sano para el desarrollo de una veeduría regional en materia de derechos humanos.

Sin embargo, esta apreciación ha cambiado: Ya en abril de 2019, por ejemplo, los jefes de gobierno de Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Paraguay redactaron conjuntamente una carta al presidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en la que expresaban sus reservas sobre una restricción de la jurisdicción nacional. Exigieron que se preservaran la soberanía nacional y la discreción de los Estados y que el sistema interamericano desempeñara un papel puramente subsidiario. Otros Estados como Bolivia y Ecuador, bajo sus presidentes de izquierda, han considerado retirarse del sistema interamericano de derechos humanos; Venezuela ya lo ha implementado.

La reconstrucción de la relación estratégica con Europa

Los escenarios de un estancamiento o hasta declive de la relación birregional – no solamente en el contexto de la pandemia – no se encuentran fuera de la realidad. Se han desarticulado de alguna manera los referentes regionales de la UE en América Latina, las Cumbres de la UE-CELAC no han podido realizarse debido a la crisis venezolana. Sin embargo, Europa sigue siendo el mayor inversionista en América Latina y una contraparte comercial importante, pero el debate sobre las dificultades de la ratificación del Acuerdo UE-Mercosur ensombrece más el panorama. Al mismo tiempo existen temas en los cuales podrían buscarse coincidencias con respecto al tratamiento de China, la autonomía estratégica, etc., que necesitaría de un nuevo clima de debate interregional.