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Interrogatorio al ministro alemán de Relaciones Exteriores

Emilia Rojas Sasse25 de abril de 2005

El ministro de Relaciones Exteriores alemán, Joschka Fischer, aceptó su responsabilidad política en el "escándalo de las visas" en una comparecencia de horas ante una comisión parlamentaria y la TV.

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Joschka Fischer, dando explicaciones.Imagen: AP

La oposición habla de una "confesión política". Los políticos de gobierno se muestran, en cambio, satisfechos con la forma en que el ministro de Relaciones Exteriores alemán se defendió en el interrogatorio al que lo sometió la comisión investigadora creada por el parlamento para esclarecer las anomalías en la concesión de visados en el Este de Europa. ¿Y la ciudadanía? Se quedó con la impresión de no haberse enterado de nada nuevo en lo medular, porque cualquiera se pierde entre los numerosos detalles que los miembros de la comisión intentaron sacar a la luz.

Pugilato ante las cámaras

Sabido era que este tipo de comparecencias se asemejan a un pugilato político, en que cada partido trata de sacar puntos de ventaja a sus adversarios, a veces en detrimento del objetivo declarado que es encontrar la verdad. Pero esta audiencia tuvo un par de novedades importantes. En primer lugar, fue la primera ocasión en que se admitió en Alemania la presencia de las cámaras de televisión que llevaron en directo las alternativas del interrogatorio a los hogares germanos, a la usanza estadounidense. Y, en segundo, porque el blanco de los golpes fue nada menos que Joschka Fischer, un peso pesado de la política nacional.

El ministro de Relaciones Exteriores, a quien amigos y detractores reconocen una cierta maestría para ponerse en escena, no defraudó a los televidentes. Comenzó con una larga declaración en la cual, por una parte, asumió la responsabilidad por no haber actuado con la diligencia adecuada para poner freno al abuso en las solicitudes de visa, sobre todo en Ucrania, y, por otra, arremetió contra la oposición, por haber dado al asunto el carácter de "escándalo".

Los argumentos de Fischer

Fischer esgrimió buenos argumentos: la inmigración ilegal, la prostitución forzada y los delitos a los que la falta de rigor en la concesión de visas habría abierto las puertas según los conservadores, no comenzaron en su período. Además, subrayó que ya su antecesor durante el gobierno de Helmut Kohl, Klaus Kinkel, había abogado por un una práctica más liberal en la materia. Según un analista del portal online de Der Spiegel, el gobierno de Kohl aceptó los problemas colaterales porque sabía que "desde la apertura del muro, en 1989, la libertad de viajar y el trabajo ilegal van de la mano en toda Europa". Ejemplos no faltan: "Polacos cosechan tomates en España, ucranianos construyeron estadios en Portugal y centenares de extranjeros trabajan ilegalmente en Bruselas -como niñera, jardineros o empleadas domésticas- a veces incluso en los hogares de funcionarios de la ONU", puntualiza el analista.

Alemania, desde luego, tendrá que acostumbrarse a batírselas con este fenómeno. Y Joschka Fischer no puede hacer más que admitir que no tomó en cuenta, en su debida dimensión, las quejas de las legaciones diplomáticas en Kiev y otros lugares ante la marea de solicitudes de visa. Eso, ciertamente, no es algo de lo que pueda jactarse. Pero ni la oposición ha pedido hasta ahora la renuncia del ministro de Relaciones Exteriores, ni él parece considerar atinado ofrecerla. Al fin y al cabo, su figura ha sufrido mella considerable en las encuestas de popularidad, pero sigue siendo un puntal, no sólo del partido Verde al que pertenece, sino también de la coalición de gobierno en Berlín.