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Hay que frenar al coronavirus, pero no a cualquier precio

25 de marzo de 2020

Por supuesto que el menor número posible de personas debe morir por coronavirus. Pero ¿es necesaria una catástrofe económica para lograrlo? Bernd Riegert opina que no es necesario aislar a todo el mundo.

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Imagen: picture-alliance/Geisler/C. Hardt

El presidente estadounidense Donald Trump dijo en una rueda de prensa que el tratamiento no debe tener peores consecuencias que la propia enfermedad. El errático Trump no es el autor de esta frase, por supuesto, ya el filósofo británico Francis Bacon había escrito hacia 1.600 que la cura no puede ser peor que la enfermedad, al referirse a las consecuencias de las rebeliones políticas. Lo que quería decir es que las medidas contra un mal deben ser proporcionadas y que hay que meditar bien sus efectos.

En Europa, parece que la protección de los grupos de riesgo durante la epidemia de coronavirus tiene absoluta prioridad. El "remedio" supone una paralización de la actividad económica y de la vida social que nos cuesta muchos miles de millones de euros al día. El rendimiento económico diario de la UE es de 45 mil millones de euros como promedio.

Un terremoto global

Tengo mis dudas sobre si este remedio no será peor que la propia epidemia. La prohibición de la actividad económica, el cierre de fronteras, la restricción de movimientos de las personas y la extraña competición de ver quién impone las medidas más duras conducen a una gigantesca recesión, de proporciones hasta ahora desconocidas. Un derrumbe económico que impactará negativamente nuestro bienestar y conducirá a los Estados a la bancarrota. El colapso del orden hasta ahora conocido está muy cerca, porque esta paralización de la vida empresarial supone un terremoto global.

Nadie sabe cuánto durará esta situación. ¿Serán semanas o meses? Realmente no creo que ningún Estado, por más rico que sea, pueda sustituir durante mucho tiempo los ingresos de sus habitantes ni salvar de la bancarrota a cientos de miles de empresas. Por eso, las promesas de que se hará todo lo posible y a cualquier precio para lograrlo son vacías. Los 150 mil millones que el Gobierno alemán quiere asumir como deuda este año podrían servir para sustituir el rendimiento económico alemán durante 16 días. Lo que está pensado como medida preventiva y de cura se puede convertir cada vez más en el problema.

Bernd Riegert, corresponsal de DW en Europa
Bernd Riegert, corresponsal de DW en Europa

Si se quiere proteger de la epidemia a los grupos de riesgo, debería aislarse solo a estos, pero no obligar a toda la sociedad a un estado de parálisis. Si los ancianos y las personas con patologías previas, como enfermedades pulmonares, diabetes, problemas hepáticos y adicción a la nicotina son realmente más vulnerables ante el COVID-19, deben permanecer dos meses aisladas en cuarentena. Claro, solo en Alemania estaríamos hablando de unos 30 millones de personas, pero, aun así, es una cifra alejada de los 83 millones que ahora se ven obligadas a guardar "distancia social”.

¿Estado de excepción durante meses?

Si se trata de que los sistemas sanitarios no se saturen, una mirada a las cifras de camas hospitalarias y tasas de infección demuestra que esto solo es posible si la pandemia se extiende durante muchos meses. Pero aplanar la curva de infección tiene un precio tan elevado que es una política que no se puede mantener a largo plazo. El caso de Italia demuestra que, incluso tomando medidas draconianas, es inevitable una sobrecarga del sistema. Esto tampoco podrá evitarse en Alemania ni en otros países. Debemos darnos cuenta de que esta pandemia se cobrará muchas víctimas mortales y que nuestros sistemas sanitarios no son suficientes para contenerla. Es una catástrofe natural que no se puede impedir.

Si faltan camas de hospital y aparatos médicos respiratorios, los gobiernos deberían utilizar los muchos miles de millones que prometen para apoyar a la economía para erigir hospitales de campaña y formar lo antes posible a personal sanitario. Eso tendría más sentido que cerrar universidades, permitir que trabajadores pierdan su empleo y dejar que la gente salga de casa solo para hacer deporte.

Es imposible impedir la propagación

El llamado "distanciamiento social" solo ralentizará la propagación del virus, pero no la impedirá. Los virólogos y hasta la propia canciller alemana Angela Merkel dicen que al final se contagiará entre el 60 y el 70 por ciento de la población. No todo el mundo se enfermará. Tenemos que hacernos a la idea de que, según el actual estado de conocimiento de la enfermedad, un porcentaje de los enfermos morirá a lo largo del proceso masivo de contagio.

Por supuesto, hay que hacer lo humanamente posible para salvar a los pacientes que sufren COVID-19. Pero las "curas" deben tener unos límites para no conducir a toda la sociedad a una crisis desconocida que deje pequeñas las consecuencias de la enfermedad original. No todos los países reaccionan con el pánico y la desproporción de la mayoría de Europa. En Suecia, por ejemplo, hay llamados a tener comportamientos sensatos, pero al gobierno no se le ocurre paralizar la vida económica.

Desproporción

Queda abierta la cuestión de por qué el coronavirus ha generado una reacción nunca vista. En Alemania y en Italia, por ejemplo, mueren anualmente más de 3.000 personas en accidentes de tránsito, lo que es malo y lamentable, pero ¿a alguien se le ocurriría prohibir conducir? Eso sería igual de desproporcionado que restringir durante semanas los movimientos de la población y paralizar la vida económica y social europea debido al coronavirus.

(ms/rr)

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