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El Mundo

"Una última oportunidad para el G7"

Será un evento mediático de primera magnitud, pero la cumbre del G7 debería dejarnos algo más que hermosas imágenes. Henrik Böhme opina que Alemania debería jugar un papel más importante que el de mero anfitrión.

Tras el colapso de Lehmann Brothers que sacudió los mercados financieros, el mundo parecía al borde del abismo y el G8 de aquel entonces pronto se dio cuenta de que no podía resolver el problema solo. Se acordaron del G20, que hasta entonces solo había actuado como foro para los ministros de finanzas y lo utilizaron como grupo de trabajo en la gestión de la crisis. En 2008, se sentaron por primera vez en Washington, DC, los jefes de Estado y de Gobierno.

Como resultado de aquello, el G8 perdió relevancia. En verano de 2010, se trató de llevar a cabo una especie de cumbre doble en Canadá. Primero se reunió el G8 y después el G20. Se determinó que, desde ese momento, la economía global sería debatida en el seno del G20 y el G8 se refundó como foro de política exterior. Sin embargo, fue perdiendo dinamismo por la crisis global. No había mucho que debatir cuando los intereses individuales eran tan sumamente dispares.

Lucha contra la desigualdad

El G8 percibió que había una nueva oportunidad para el grupo si trataban de resolver los problemas del mundo como una "comunidad de valores compartidos". Uno de estos grandes problemas era la desigual distribución de la riqueza. Los documentos finales de varias cumbres del G8 y el G7 redundan en declaraciones sobre la lucha contra la pobreza, el aumento de la tributación del capital, la lucha contra el proteccionismo y las dudosas prácticas fiscales de las grandes corporaciones internacionales.

En general, si había algún resultado de sus propuestas, solía ser nominal en el mejor de los casos. Esto se hace especialmente evidente en lo que se refiere a la distribución de la riqueza. Desde el colapso financiero, el patrimonio de las 80 personas más ricas del mundo se ha incrementado notablemente. De acuerdo con un estudio de la organización británica Oxfam, el club de los más ricos del mundo posee tanta riqueza como la mitad más pobre de la humanidad. Hay otros estudios que abundan en estas conclusiones. La disparidad no se limita a las comparaciones entre norte y sur o entre países ricos y pobres. Si se mira a los Estados Unidos, el salario de los jefes de las grandes empresas supera 250 veces el sueldo medio de los trabajadores.

Los líderes del G7 conocen estos datos, pero no se vislumbran planes para poner freno a los excesos del capitalismo. La mejor oportunidad del ilustre grupo para hacer algo al respecto será sin duda la próxima cumbre de la ONU que se celebrará en septiembre en Nueva York, donde se adoptarán medidas para un desarrollo sostenible más allá de 2015. Antes de esa reunión de la ONU, la cumbre de Elmau es una oportunidad para que los miembros del G7 se comprometan con sus propios objetivos para acabar con la pobreza extrema en todo el mundo hacia 2030. Deben centrarse más de lo que lo han hecho hasta ahora en elaborar medidas fiscales eficaces, pues las empresas que se evaden de estas obligaciones tienen su sede principalmente en los países del G7. Y deben asegurarse, no solo de forma voluntaria, sino vinculante, de que se cumplen las normas ecológicas, sociales y laborales a lo largo de toda la cadena de producción. En ese sentido, la presidencia alemana del G7 ha establecido las prioridades adecuadas. Pero el papel de la cancillería supone ir más allá de ser tan solo un buen anfitrión. Merkel debe demostrar que Alemania está dispuesta a asumir su propia responsabilidad y que está lista para liderar todas estas acciones.

Última oportunidad

La cuestión sigue siendo si el G7 puede conseguir hacer valer sus propios objetivos. El grupo debe reconocer que esta es su última oportunidad para justificar su propia existencia. Solo cuando los siete miembros del grupo se hayan puesto de acuerdo en cuestiones climáticas y estándares sociales y hagan cumplir a las empresas estos objetivos, podrá ganarse el G7 su definición de "comunidad de valores compartidos".

Esa es la única forma de desactivar la bomba de tiempo que supone la desigualdad social. El multimillonario Paul Tudor Jones definió el problema hace un tiempo. Jones dijo que el abismo entre el 1 por ciento de ricos y el resto del mundo no podía continuar demasiado y pronosticaba sobre esta situación: "Acabará en revolución, impuestos más altos o guerra". Esa bien podría ser la máxima del G7. Y si no, quedará cincelada sobre la lápida de su tumba.