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Cultura

Un año sin el Gabo

A un año de la desaparición física del escritor colombiano Gabriel García Márquez puede decirse que su muerte fue sólo el paso final hacia la eternidad que ya había ganado con su singular estilo periodístico y literario.

El 17 de abril de 2014 el mundo asistió a una noticia que conmovió a millones de amantes de la lectura y de la cultura a escala universal: fallecía en México Gabriel García Márquez, “Gabo” para sus amigos, quien es considerado el más traducido y leído de todos los escritores latinoamericanos, e incluso muchos aseguran que luego de la mítica El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, es Cien años de soledad la más leída de las novelas en lengua española y una de las más conocidas en todas las lenguas y culturas.

Como algunos, muy sabiamente, vaticinaron, cada día se habla más de sus obras y menos de la compleja personalidad del colombiano, especialmente su relación personal con Fidel Castro, que le valiera tantas críticas. Su legado literario, de ese modo, se consolida libre ya de las contaminaciones que estas críticas le impregnaban y su presencia entra así en la categoría de clásicos eternos de la lengua española.

En Cuba, quizás el país del mundo donde su activa vida como periodista e intelectual dejara huellas más fuertes, se le sigue recordando en los escenarios de la Casa de las Américas, institución a la que llamaba “mi Casa”; en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, donde muchos escritores y colegas periodistas cubanos y latinoamericanos tuvimos la suerte y el privilegio de recibir sus talleres de guión, y verlo impartir clases o compartirnos sus experiencia como creador junto al también mítico director argentino Fernando Birri; en las visitas que solía hacer a mediados de los ochenta a las sedes provinciales de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, o en el Festival Internacional de Nuevo Cine Latinoamericano, en cuya última edición de diciembre de 2014 fue todo un homenaje en su memoria.

El "lío" cubano

En lo personal, recuerdo nuestras conversaciones en La Habana o en México, en las que siempre salía a relucir su usual mirada sobre lo que él llamaba “ese lío de ustedes, los cubanos”: García Márquez creía firmemente que Cuba había sido colocada en ese lugar del mapa latinoamericano por una fuerza ancestral que había decidido convertirla en el centro de ese universo, y que sólo así se explicaba que América fuera “descubierta” cuando Colón pusiera un pie en Cuba, allá en 1492, comenzando así la conquista que permitió la expansión de España por todo el cono sur. Sólo así podía entenderse, seguía diciendo, que el puerto de La Habana fuera un punto clave para la expansión de la colonización y, posteriormente, para el desarrollo del comercio del Viejo Continente con América. Y lo recuerdo decir orondo que el protagonismo de Cuba no había terminado con el triunfo de una Revolución que todo el mundo necesitaba y esperaba, sino que “habrá Cuba para cuatro siglos más”.

Amir Valle, durante un homenaje a García Márquez en Berlin, el pasado mes de junio.

Amir Valle, durante un homenaje a García Márquez en Berlin, el pasado mes de junio.

La vitalidad de su obra ha sido recordada a partir de su muerte no sólo por colegas y especialistas de lengua española. Escritores árabes, judíos, asiáticos, de lengua eslava, e incluso de lenguas tan raras como el bengalí, en diversos eventos celebrados en todo el mundo durante 2014 y lo que va de este 2015, han referido el impacto en sus literaturas nacionales o en sus idiomas de novelas como Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, o de los cuentos de Los funerales de la Mamá Grande; un impacto que, según referiría el novelista y poeta iraquí Muhsim Al'Ramly, uno de los nombres imprescindibles de la narrativa actual en Iraq, “daría un vuelco a la novela y el cuento en nuestro país y, por extensión, en aquellas otras naciones árabes que seguían muy de cerca la alta calidad de nuestros novelistas”.

Gabo y su legado

El director de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, Jaime Abello, ha anunciado recientemente que se compilará un volumen con la historia oral y la memoria de los pasos que llevaron al narrador y periodista colombiano a crear la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano; que en los próximos años esa institución –encabezada por Mercedes Barcha, viuda de García Márquez– participará en el cuidado de algunos proyectos de largo plazo que el gobierno colombiano impulsará mediante una ley aprobada por el congreso de Colombia el 24 de diciembre de 2014 para rendir homenaje al escritor nacido en Aracataca, entre ellos la creación del Centro Internacional Gabriel García Márquez que conservará el legado del autor colombiano, una magna exposición interactiva sobre su obra, la instauración de una Escuela Internacional de Periodismo y un programa permanente de investigación y recopilación sobre el autor de El amor en los tiempos del cólera.

Pero más allá de esos actos de recuperación y preservación de su memoria, su mejor legado está en sus libros, esos que siguen vendiéndose por miles en todas las librerías del mundo, aunque ya su autor no esté para volver a decirnos que “El mundo habrá acabado de joderse el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga”.

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