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El Mundo

Tsipras en Moscú: arando en el mar

En su visita a Putin, el primer ministro griego, Alexis Tsipras, quiso usar como rehenes a la Unión Europea y a Ucrania. Lo apostó todo y perdió, opina Barbara Wesel.

En lo que respecta a la relación de su país con la Unión Europea, al primer ministro griego, Alexis Tsipras, hasta el momento le ha faltado demostrar algo: que es capaz de aprender. Desde que tomó el poder, en enero, Tsipras muestra la misma mezcla de volubilidad, negación de la realidad y agresión dirigida a sus acreedores. Quizá su visita a Vladimir Putin, en Moscú, le sirva de ayuda para reconocerse a sí mismo. En ella, el mandatario griego llevó las de perder. Puso todas sus cartas políticas sobre la mesa y, al final, regresó a casa con las manos vacías. Tsipras estaba dispuesto a poner en juego su voto a favor de la prolongación de las sanciones contra Rusia, y con ello, la solidaridad en la Unión Europea, con tal de ganar un nuevo amigo y salvador en la capital rusa. Quería demostrarle a los europeos que contaba con otras opciones además de la dolorosa negociación con Bruselas acerca de reformas y condiciones para poner fin a la aguda carencia de fondos en Grecia. Quizá Angela Merkel debió aclararle a Tsipras, durante su pasada visita a Berlín, que quien quiera comer con Putin deberá llevar consigo un largo cucharón.

Putin fue más listo

Alexis Tsipras parecía empeñarse en cometer todos los errores él mismo, y al detalle. Así, y según los usos de la Grecia antigua, rompió todos los platos de una tienda completa: irritó con su inoportuna visita a Moscú al presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, al presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, y a todos sus socios europeos, solo para obtener a cambio de este audaz movimiento cálidas palabras y vagas promesas de parte de Putin. Ni siquiera bastó como para que el primer ministro griego regresara a su país y anunciara triunfalmente en Atenas, ante los productores de melocotón, el levantamiento al boicot ruso a sus productos.

Ni los sentimientos primaverales de Moscú, ni el anuncio de un año cultural griego-ruso, ni la exaltación de las raíces religiosas comunes servirán para que el gobierno heleno pague el próximo vencimiento de 500 millones de euros al Fondo Monetario Internacional, y tampoco la amenazadora suma de 2.400 millones de dólares de los préstamos a corto plazo que Grecia debe cubrir en los mercados financieros.

De manera inteligente, Putin paró a tiempo y de manera inteligente los avances griegos en lo que se refiere a las sanciones de la UE. Dijo comprender por qué Grecia se vio obligada a sumarse a la resolución europea, pero subrayó que no podía hacerse ninguna excepción para un solo país europeo en cuanto a las sanciones con las que respondió Rusia. Es posible que se incremente la cooperación agropecuaria mediante la formación de empresas ruso-griegas, pero esto es, en el mejor de los casos, una promesa poco concreta.

Lo mismo puede decirse del anunciado rol de Atenas en el futuro suministro de gas ruso a Europa. Una posible incorporación griega a la construcción del oleoducto turco Stream Pipeline es un asunto muy a futuro: el proyecto tardará años, y para entonces mucho es lo que podría cambiar desde el punto de vista político.

Lo que los griegos necesitan son planes concretos para resucitar su economía. Y ahora, no dentro de cinco años. Están urgidos de mucho dinero y en poco tiempo.

Apuesta perdida

Alexis Tsipras apostó todo y perdió, aun cuando desde Bruselas se baje el tono de la retórica iracunda de los últimos días. El jefe del gobierno griego deberá sentarse a la mesa de negociaciones justo con aquellos a los cuales puso al rojo vivo con su viaje moscovita. En Bruselas y en Berlín, Tsipras fue recibido con solidaridad y comprensión. El mandatario griego respondió con una especie de arrogancia juvenil. Por el momento, debe restablecerse la confianza entre Bruselas y Tsipras, pues Tsipras se mostró voluble y poco digno de confianza.

Los miles de millones que Atenas necesita deben, sin embargo, provenir de socios europeos. Como se esperaba, Vladimir Putin dejó en claro que no regalará nada, y que no tomará la responsabilidad por una Grecia candidata a la quiebra.

El primer ministro griego no sacó nada de su viaje a la primavera moscovita además de la breve satisfacción de ser recibido como visitante distinguido en el Kremlin y la sensación de ser importante por espacio de media hora. Citando a Talleyrand, puede decirse que el viaje “fue peor que un error. Fue una tontería”.

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