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El Mundo

Triunfo ruso en Siria

Si Moscú decidiera enviar tropas a Siria para apoyar al Gobierno de Bashar al Assad, Rusia asumiría de facto un rol preponderante en la lucha contra Estado Islámico y Occidente tendría pocos argumentos para oponerse.

El ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, y el presidente sirio, Bashar al Assad.

El ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, y el presidente sirio, Bashar al Assad.

Si el teléfono llegara a sonar en el Kremlin y al otro lado de la línea estuviera Walid al Muallim, ministro de Exteriores de Siria, la guerra en ese país del Cercano Oriente podría tomar otro rumbo. Si ese llamado tuviera lugar, el presidente ruso, Vladimir Putin, podría enviar tropas a Siria para que lucharan junto a las fuerzas del régimen de Bashar al Assad contra la organización terrorista Estado Islámico (EI).

Esto puede suceder, pero no pronto. Por ahora no es necesario, ha dicho Al Muallim. Pero todo sería distinto si, en cambio, fuera Moscú quien ofreciera la ayuda directamente. “Si hay una solicitud, entonces, en el marco del diálogo y de los contactos bilaterales, naturalmente se estudiará y debatirá”, declaró el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, a la agencia de noticias Ria Novosti el pasado 18 de septiembre.

Sin embargo, los efectos de una acción militar rusa siguen siendo motivo de controversia. El politólogo Pavel Baev, experto militar sobre Rusia en el Instituto de Investigación PRIO en Oslo, Noruega, dijo a DW que la percepción que existe sobre la fuerza militar rusa es “exagerada”.

Un avión militar ruso aterriza en Latakia, Siria.

Un avión militar ruso aterriza en Latakia, Siria.

Éxito diplomático para Assad

Muchos hablan, en cambio, de que una solicitud de este tipo a Moscú sería una especie de seguro de vida para el régimen de Damasco. Porque, más allá de los efectos de una intervención directa de Rusia, ya el simple anuncio es un éxito para el régimen de Assad, si no en términos militares, al menos a nivel político y diplomático.

El de Assad es, para Occidente, un Gobierno canalla que debería renunciar al poder. Pero, al mismo tiempo, parece imponerse la noción de que la guerra en Siria contra el autoproclamado estado Islámico (EI) sólo se puede ganar con Assad y no contra él. De que hay coincidencia en este punto habla la conversación entre los secretarios de Defensa de Estados Unidos y Rusia, el pasado viernes (18.9.2015).

Las agencias de noticias hicieron alusión a la posibilidad de que ambas potencias empiecen a trabajar juntas en la lucha contra EI. Una coordinación de ese tipo sólo es viable si Assad sigue al mando en Siria, al menos de forma interina. Esa exigencia la ha mantenido Rusia por años. Y parece que los países de Occidente tendrán que renunciar, al menos momentáneamente, a su intención de ver dimitir al mandatario.

El ministro de Exteriores británico, Philip Hammond, dijo a comienzos de semana que su Gobierno estaba dispuesto a asumir compromisos con Rusia de cara a la cuestión siria. En el mismo sentido habló el canciller austríaco, Sebastian Kurz. Una acción conjunta contra las milicias extremistas es, por ahora, prioridad.

“Esto no tendrá éxito sin la participación de potencias como Irán y Rusia, y para ello se necesita acá una solidaridad pragmática y un trabajo conjunto con Assad contra EI”, dijo Kurz. Eso sí, los crímenes del régimen sirio no pueden olvidarse, agregó, aún cuando Assad esté del mismo lado que Occidente en la lucha contra EI .

Poder político ruso

A fines de septiembre, el presidente ruso Vladimir Putin explicará la posición de su país en la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York. Pero desde ya parece claro que Moscú ha conseguido imponer su política para Siria. Putin quiere reconstruir el poder ruso en términos de política exterior, dice el analista militar Aleksei Malashenko en una entrevista con The New York Times.

“Las actividades de Rusia en Siria y en torno a Siria significan que el país desea volver al Medio Oriente. Pero no como una superpotencia, sino como una fuerza que permita equilibrar el poder de Occidente en la región; sobre todo el de Estados Unidos”, dijo el experto. A diferencia de Occidente, Rusia siguió su plan consecuentemente.

Los países occidentales no fueron capaces de instaurar una zona de exclusión aérea en el norte de Siria –lo que habría garantizado, hasta cierto punto, la protección de la población civil– ni tampoco de tomar partido claramente en el conflicto interno de ese país. Por un lado, un grupo terrorista y por el otro, un Gobierno canalla.

Mientras los unos expanden su terror por medio de Internet, los otros atacan no sólo a los insurgentes, sino también, aunque más discretamente, a su propia población. De los bombardeos contra las ciudades llevados a cabo por las tropas de Assad, casi no hay videos en internet. Esto contribuye de forma decisiva al hecho de que las víctimas del régimen –entre 250.000 y 300.000 personas– estén menos presentes en la prensa internacional y en la memoria mundial que las víctimas de EI.

Ruinas de la guerra en Aleppo.

Ruinas de la guerra en Aleppo.

Impotencia occidental

Las cartas están ahora en manos de Rusia y, por extensión, del Gobierno de Assad. “Putin probablemente sabe que Estados Unidos y Europa ya no consideran con especial entusiasmo la posibilidad de sacar a Assad, sino que buscan concentrarse especialmente en Estado Islámico”, dice Ayham Kamel, director del departamento de Medio Oriente de la consultora Eurasia Group.

La política rusa sobre Siria parece haberse dejado influir poco por cuestiones éticas, a diferencia de Occidente, que tiene en la memoria a las miles de víctimas del régimen sirio. En términos prácticos, la política siria tiene cada vez más influencias de Moscú, además de la que ejerce su principal aliado, Irán. La misma política que ahora parecen seguir también los Gobiernos de Occidente.