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El Mundo

Siria: un piano arde y un músico calla

Un músico quiso sembrar una semilla de esperanza tocando el piano en el campo de refugiados de Yarmuk, en las afueras de Damasco. Pero ahora se ha visto obligado a abandonar Siria.

Cuando la Guerra civil arreciaba en Siria, un joven músico palestino arrastró su piano hasta las calles bombardeadas de Yarmuk para cantar entre el polvo y los escombros en que se había convertido este campo de refugiados de las afueras de Damasco. Rodeado de niños, entonaba tristes baladas y conmovedoras canciones junto con otros residentes. “Quería sembrar esperanza en aquellos que me rodeaban”, relata Ayham Ahmad a Deutsche Welle. “Quería demostrar al mundo que la mayoría de los sirios no deseaba esta guerra”.

Varios videos con imágenes movidas y granuladas subidos a Internet por los residentes locales muestran a Ahmad y a otros grupos de músicos aficionados, muchos de ellos niños, cantando y moviéndose al compás de la música. Según Ahmad, estos conciertos eran una demostración de cómo los sirios y palestinos “aman la vida”, aun enfrentados con la tragedia.

Desesperada situación en Yarmuk

A medida que la sangrienta guerra avanzaba, la vida se fue volviendo más complicada. El campamento de Yarmuk, erigido en la década de los 50 para albergar refugiados palesinos, se convirtió en un símbolo de la difícil situación de la gente en 2013, cuando el Gobierno de Siria impuso lo sometió a un implacable y mortal asedio.

Chris Gunnes, portavoz de la Agencia de la ONU para los refugiados palestinos en Cercano Oriente (UNRWA, por sus siglas en inglés), aseguró el pasado mes de agosto que todavía la situación allí sigue siendo “desesperada” y las condiciones de vida terribles. En abril, milicianos de Estado Islámico atacaron el campamento, pero se retiraron poco después. El frente Al Nusra, filial de Al Qaeda, quedó como la mayor fuerza local. Las luchas continuas en el campamento y sus alrededores y un reciente brote de tifus dejaron a varios miles de residentes, incluidos niños, sin alimentos, agua y suministros médicos.

Los residentes decidieron matar perros y gatos, con el fin de alimentar a los niños. “Lo odiábamos”, die Ahmad. “No queríamos matarlos. Pero, o muere un gato, o muere tu hijo. Es inhumano, pero qué otra cosa podíamos hacer.

Un miliciano del EI quemó el piano

Tras el ataque de Estado Islámico, Ahmad se trasladó con su esposa y sus dos hijos a una zona relativamente segura, fuera de Yarmuk, pero continuó acudiendo al campo todos los días para tocar el piano y ocuparse de su tienda de instrumentos musicales. Pero cuando el frente Al Nusra estableció un régimen de convivencia más duro en el campo, a Ahmad se le prohibió tocar fuera. “Me dijeron que la música estaba prohibida”. Así que trasladó los conciertos a su tienda y llegó a tocar desde su balcón.

Finalmente, a mediados de abril, Ahmad decidió poner a resguardo su piano también. “Amo el piano casi tanto como a mis propios hijos y quería asegurarme de que no le sucediera nada”, dice. Esta decisión fue un error: en el momento de llevarse el instrumento fuera del campo, se tropezó con un miliciano de Estado Islámico, que le gritó que el islam prohibía la música. “Traté de discutir con él, argumentando que los músicos transmitimos un mensaje de esperanza y paz”, relata Ahmad. Pero el hombre le obligó a callarse, roció gasolina sobre el instrumento y le prendió fuego. En ese momento, Ahmad se dio cuenta de que no podía permanecer más tiempo en Siria, que tenía que llevar a su familia a un lugar seguro: “Después de todo, soy padre, tengo que proteger a mis hijos”.

Peligroso viaje hasta Alemania

A principios de agosto, Ahmad y su esposa e hijos emprendieron un arduo viaje a través de Siria. Temeroso de poner en peligro a sus padres, que permanecen en el campo de Yarmuk, no quiere revelar quién le facilitó el viaje. “Se trata de toda una estructura mafiosa”, explica, y agrega que su familia fue pasando de un traficante a otro, sobornando durante todo el camino a través de Siria.

Cuando finalmente su familia llegó a Homs, Ahmad se dio cuenta de que su esposa e hijos tendrían que volver a Damasco, porque no disponía de dinero suficiente para llevarlos a todos hasta Europa: “Pensé que sería mejor si realizaba el peligroso viaje yo solo y, una vez en Alemania, conseguir traérmelos”. Y por eso el joven músico emprendió viaje en solitario, sin su familia y sus amados instrumentos. En las calles de Izmir, en Turquía, donde duerme en las calles, confiesa a DW que se encuentra muy triste. Tampoco logró traerse ningún instrumento consigo. “Pero mi maleta está llena de recuerdos”, dice, “y mi corazón lleno de historias del campo de Yarmouk”. Allí, los instrumentos permanecen callados.