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América Latina

Relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos

Tras décadas de hostilidades, Estados Unidos y Cuba reabren sus respectivas embajadas. La reanudación de las relaciones diplomáticas es un buen comienzo, pero tardío, opina Miodrag Soric.

Cuando dentro de algunas décadas los historiadores den una mirada a la presidencia de Barack Obama, evaluarán este acontecimiento como un resultado importante: el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba, después de más de medio siglo de hostilidad. Al fin y al cabo, los predecesores de Obama deberían haberse acercado ya hace años a La Habana. Porque ningún Estado comunista permanece inalterado cuando sus habitantes experimentan las bondades de la economía de libre mercado. A la corta o a la larga, las dictaduras se ven forzadas a hacer concesiones. Pero Washington permaneció obstinado por mucho tiempo, incluso después del término de la Guerra Fría en Europa.

Sin quererlo, los antecesores de Obama fortalecieron a los comunistas de La Habana, porque durante décadas estos pudieron achacar a los “malvados estadounidenses” la culpa de todo lo que saliera mal: desde la escasez de bienes de consumo hasta la mala infraestructura. Pero esto cambiará con el restablecimiento de las relaciones diplomáticas. El capital estadounidense inundará la isla –por lo menos a mediano plazo– y es de esperar que desplace a los herederos políticos de los hermanos Castro.

¿Por qué demoró tanto Washington en mostrarse más flexible con la isla caribeña? Hasta 1991, el antagonismo cubano-estadounidense era parte de la Guerra Fría. Sin que Fidel Castro lo deseara desde un comienzo, La Habana se convirtió en puesto de avanzada de la Unión Soviética. Cuando se arriaron las banderas rojas de los tejados del Kremlin, también en Cuba se inició un tiempo económicamente difícil. Los presidentes Bush, padre e hijo, y Clinton, esperaban que tarde o temprano el régimen de La Habana se viera superado y desapareciera. Pero los Castro resultaron ser testarudos y simplemente permanecieron. Como dinosauros que no quieren entender que su tiempo ya pasó.

Al mismo tiempo, se ha mantenido la influencia del exilio cubano en Estados Unidos. Su líder es actualmente el senador Marco Rubio, de Florida, que aspira a ser candidato presidencial republicano. Es un vehemente opositor al establecimiento de relaciones diplomáticas con La Habana. Rubio, cuyos padres vienen de Cuba, considera que la decisión de Obama es una traición a las víctimas del régimen castrista.

Miodrag Soric.

Miodrag Soric.

También lo sienten así cientos de miles de cubanos en el exilio. Sobre todo los que tienen 40 años o más. Los más jóvenes, en cambio, están a favor del término de la política de bloqueo. Les gustaría visitar la tierra de sus ancestros. Solo 90 millas separan a la costa estadounidense de la cubana, pero hasta ahora era una distancia difícil o imposible de salvar. Eso cambiará con el restablecimiento de relaciones diplomáticas. Los viajes a la isla se volverán más fáciles y baratos. Habrá vuelos regulares desde Nueva York y otras ciudades a Cuba. Y, a partir del otoño boreal, habrá también transbordadores. El viaje en barco desde Florida toma unas tres horas y media. Costo: 170 dólares. El interés es enorme, según los dueños de embarcaciones.

¿Todo está entonces bien? Todavía no del todo. La apertura de la puerta diplomática llevará luz a la oscuridad política de Cuba. Los habitantes de la isla mirarán su vida cotidiana con otros ojos. Habrá vuelcos. Y serán difíciles. Así lo indica la experiencia de los antiguos países comunistas del este de Europa. A más tardar entonces, los cubanos necesitarán un socio financieramente fuerte, que les ayude a salir airosos de la transición política y económica hacia una sociedad libre. Estados Unidos podría y debería ser ese socio. Pero sólo si aprende de los errores del pasado. Uno de ellos es querer inmiscuirse en el gobierno de otros países. Ser socios implica un trato de igual a igual. El establecimiento de relaciones diplomáticas es un buen comienzo, no más.