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Cultura

Picasso más seguro que el oro

Hace rato que los grandes accionistas internacionales descubrieron los mercados del arte como inversiones seguras. Su afán se ha convertido en moda con repercusiones nefastas para los museos.

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Escultura en plata de Picasso. Colección privada.

En pocas ocasiones se subastan Picassos, pero cuando así sucede los precios que se pagan por las obras del maestro español son estratosféricas. ¿Cuánto vale un Picasso? El último cuadro del maestro malagueño subastado en Estocolmo en el mes de noviembre pasado muestra una guitarra y un cuaderno de notas sobre una mesa redonda. Cambió de propietario por 470.000 euros. Una suma significativa, que sin embargo no sorprende tratándose de un Picasso.

Pero estas enormes sumas no sólo se pagan por los clásicos. Las subastas internacionales de arte se caracterizan por los precios récord que están dispuestos a pagar los "nuevos amantes del arte" incluso por autores poco conocidos. Los grandes inversionistas, que hasta hace unos años se concentraban en el mercado de acciones, del oro y la plata, han descubierto el arte y en su afán que responde también a una moda, hacen que los precios alcancen niveles impagables.

El mercado revoluciona

Junto con los accionistas ha cambiado el vocabulario en el mercado del arte. Los comerciantes se expresan ahora en nuevos términos. Así por ejemplo se habla de "emerging artists" o sobre el potencial de "mid career artists". Cuando un cuadro logra romper la barrera del millón de dólares o euros, se califica de "blue chip".

A pesar de estos términos que hacen recordar a la "new economy" es poco probable que en el emergente mercado del arte se pudiera registrar una debacle como la sufrida por la nueva economía. Después de todo un Picasso, un Warhol o un Gerhard Richter jamás perderán valor, muy al contrario.

¿Patrimonio de la humanidad?

Mientras que los jeques árabes, los nuevos ricos rusos y el resto de los millonarios accionistas internacionales se hacen de los mejores cuadros, los museos y el gran público son los perdedores de esta nueva tendencia. Los cuadros y esculturas resultan impagables y jamás formarán parte de las colecciones de los museos. El gran público podrá admirarlos sólo cuando sus dueños estén dispuestos a prestarlos para una exposición.

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