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El Mundo

Opinión: Una guerra que nadie quiere

Alemania envía soldados a Siria para destruir al Estado Islámico. Marcel Fürstenau opina que el Gobierno alemán no lo hace por convicción propia, sino por presiones externas.

La canciller alemana y la ministra de Defensa.

La canciller alemana y la ministra de Defensa.

El 13 de noviembre de 2015 supone para Francia lo que el 11 de septiembre de 2001 para Estados Unidos. Hacer este paralelismo es obvio y legítimo. Entonces, como ahora, Alemania prometió solidaridad a su aliado, que había sido atacado por islamistas fanáticos. Es un gesto comprensible, humana y políticamente, pero ¿implica necesariamente esa promesa involucrar toda la participación militar posible? La respuesta es “no”, porque la solidaridad sin condiciones puede conducir a la obediencia ciega.

El ejemplo más llamativo de esta forma de irreflexivo seguimiento lo encontramos en la guerra de Irak, en 2003, en la que Alemania, por suerte, no participó. Las dudas del Gobierno de coalición, conformado entonces por socialdemócratas y verdes, se impusieron a los aventurados argumentos de EE.UU. de que el régimen de Saddam Hussein disponía de incontables arsenales de armas de destrucción masiva. Mentira descarada, como se demostró después. No se puede decir lo mismo en este caso: la amenaza del Estado Islámico es concreta y palpable.

¿Por qué va a funcionar en Siria lo que ya fracasó en Afganistán?

Nadie niega el carácter asesino y profundamente inhumano de este grupo terrorista. Para el Estado Islámico, nada es sagrado. Tampoco la vida de los demás la suya propia, que se sacrifica sin escrúpulos para lograr objetivos presuntamente más elevados. Los ataques suicidas como los de París son una de las armas más peligrosas de los “guerreros de Dios”, como ellos mismos se denominan. Por eso son tan imprevisibles. Pueden atacar en cualquier parte y en cualquier momento, eso lo sabe todo el mundo. A pesar de ello, el Gobierno alemán se hace la ilusión de que se puede vencer al Estado Islámico con bombardeos aéreos. En ese punto, parecen sucumbir a una especie de autoengaño. Hace meses que americanos y franceses bombardean posiciones enemigas. Desde hace menos tiempo, lo hacen rusos y británicos. A pesar de ello, ni la esfera de dominio ni la influencia del Estado Islámico parecen haber disminuido significativamente.

¿Qué va a cambiar el hecho de que 1.200 soldados alemanes intervengan en la acción con un par de aviones de reconocimiento tipo Tornado? Voces expertas de los ámbitos político y militar independientes del Gobierno tienen grandes de dudas de que eso vaya a funcionar. A ello hay que añadir consideraciones sobre derecho internacional, que en absoluto quedan disipadas. Incluso aunque las estructuras de las milicias terroristas fueran destruidas, eso no sería garantía de paz para la región. La lista de misiones militares fracasadas allí en esta aún joven centuria es larga: Afganistán, Irak y Libia son Estados fallidos, en cuyos suelos brota y florece el terrorismo. Por no hablar de Siria, donde ahora se rubrican alianzas militares que hace pocas semanas a las propias partes les parecían indecentes.

La voluble relación con Assad es esclarecedora

¿Quién hubiera pensado que Occidente iba entrar en tratos de nuevo con un asesino como Assad? Solo este cambio de rumbo da una idea del desconcierto y la desesperación en el proceder occidental y, por ende, también en el alemán. El Gobierno alemán se ha metido en un callejón sin salida. Sabe que la misión de guerra que ha aprobado está ligada a un riesgo muy alto, tanto para los soldados en el exterior como para la población local, porque, por supuesto, aumenta el peligro de ataques terroristas en suelo alemán. Estas milicias asesinas y sus potenciales guerreros viven entre nosotros. El ejemplo cruel lo tenemos en los ataques de París, donde fueron principalmente terroristas franceses de origen musulmán los artífices de los atentados.

Alemania no se involucra solo por bienintencionada y honesta solidaridad en esta guerra, para la que no hay argumentos políticos y militares convincentes. El Gobierno y el Parlamento que han aprobado la misión en Siria no quieren parecer cobardes. Bajo esta decisión, difícil para todos, subyace una tragedia humana: la conciencia de que se trata de una situación de emergencia debió de ser más grande para los defensores de la misión alemana en Siria que para los detractores. Para estos últimos, no debió de ser fácil su decisión, pues tampoco tienen alternativas convincentes que ofrecer.